Viajeros del tiempo

Cuanto tiempo puede estar escondido un libro, esperando que un lector lo lea y no digo un lector cualquiera, sino el lector especial para el que el libro pareciese estaba destinado. Suena confuso, pero déjenme explicarme.

Los hechos que desencadenaron esta increíble historia comenzaron cuando revisando objetos en una venta de garaje divise una caja de libros. Lector empedernido los revisé, tratando de encontrar alguno interesante. La mayoría eran best sellers, lectura fácil, frívola; apenas un Tom Sawyer y un Miguel Strogoff salvaban el grupo. Me iba a retirar cuando me llamó la atención un libro negro de forro duro y que tenía el título grabado en letras doradas en el lomo, Viajeros del Tiempo por Ronald Mallet. Comencé a leerlo, no pude detenerme hasta casi terminar el primer capítulo.

–Los de tapa dura se los dejo a dos dólares –me interrumpió la voz melodiosa de una señora.

–Lo llevo –dije al momento, como despertando de un sueño. El magnetismo del libro me había absorbido por completo mientras lo leía.

Mis actividades con mi familia, sumadas a las jornadas de trabajo en la compañía hispana donde trabajo como traductor, profesor de español y redactor de su periódico semanal no evitaban que cada espacio de tiempo libre lo dedicara a la lectura.

Acabé pues el libro, doscientas páginas, y lo repasé varias veces en la semana. Trataba de la historia real de un niño que en 1955 pierde a su padre cuando solo contaba con 11 años y que perturbado abandona el colegio y se dispone a vivir una vida de truhan. Afortunadamente cae en sus manos una copia del libro La Máquina del Tiempo de H. G. Wells y asombrado ve en esa lectura la posibilidad de regresar en el tiempo y avisar a su padre para que no fume y no muera de un ataque cardíaco a tan temprana edad.

El niño siguiendo la ilustración de la portada, construye una rudimentaria estructura que remedaba la máquina del tiempo. Usó para ello las herramientas de su padre que era técnico en televisión. Obviamente la “máquina” no funcionó.

El muchacho se da cuenta que necesita saber mucho de matemáticas y ciencias para tratar de nuevo. Estos son cursos que él odia de todo corazón, pero por el empecinamiento de ver a su padre los toma en la secundaria y luego en la universidad con tanto empeño y ahínco, que logra ser un destacado Físico en el ámbito mundial, como lo fue el ídolo que adopta, Albert Einstein. En esta épica jornada vence tres grandes obstáculos: Su ostracismo, la escasez de recursos económicos y la discriminación racial, pues el ahora famoso Doctor Mallett es afroamericano. 

La historia me conmovió, pues yo también había perdido a mis padres hacía seis años, a una edad más avanzada, pero la pérdida me tocó igual de fuerte. No había regresado al apartamento que rentaban mis viejos desde ese aciago año en que fallecieron, incluso evitaba manejar por las cercanías ya que yo seguí residiendo en la misma ciudad. Justo hacía solo tres meses había tenido una experiencia muy extraña. Por hacer un encargo a un familiar tuve que pasar forzadamente por la casa que fue de mis padres. Vi un letrero de “Se Alquila” plantado en medio de la puerta delantera. Inconscientemente paré mi auto y bajé. Ascendí la pendiente del estacionamiento para entrar por la puerta trasera. En el trayecto todos mis sentidos empezaron a trabajar frenéticamente viendo, escuchando, oliendo, tocando. A cada paso que daba remembraba miles de anécdotas con mis padres, con mis hermanos, mi esposa, mis hijos. Era una oleada de emociones que me golpeaban como una mar embravecida. Empujé la puerta del porche, está abierta, llegué a la puerta trasera, toqué el timbre, como lo había hecho siempre. Cerré los ojos, olí el suave aderezo de los guisos de mi madre, me pareció oír su voz y el tocadiscos que mi padre mantenía siempre encendido. Abrí los ojos no había nadie, pero fueron tan reales esos segundos. Regresé al auto con el corazón saliéndoseme del pecho.

Por eso me interesó el libro, donde se relatan a manera de novela biográfica los trabajos del Doctor Mallett, sus logros, vivencias y sus teorías explicadas en términos científicos acerca de la posibilidad de viajar al pasado. También en el libro encontré algunas coincidencias entre su vida y la mía. Decidido a contarle mi experiencia me animé a pedir una cita para entrevistarlo para mi periódico. El profesor Mallett enseñaba ahora en la Universidad de Connecticut, estado donde yo también vivía. Luego de las presentaciones y la entrevista pasamos a lo informal.

Le conté mi experiencia cuando visité el apartamento en que vivieron mis padres. Le dije que sentí algo tan real como si me iban a abrir de improviso e invitarme a cenar. Le planteé disimuladamente una teoría que me había dado vueltas por la cabeza desde ese día: “Son tan fuertes las vivencias que se acumulan a través del tiempo, en un espacio determinado, que de alguna manera estos deben quedar afectados y que en condiciones muy especiales pueden materializarse, escenas, personas de un tiempo ido, en ese mismo espacio. Las historias sobrenaturales que abundan por doquier podrían explicarse mediante esa interacción. Experiencias tan fuertes que afectan la temporalidad de un espacio dado, la cuestión es que no hemos pensado hasta ahora en asociar estos fenómenos y mucho menos tenemos la manera de medirlos por medio de instrumentos especializados”. 

Al ver su asombro en cuanto le planteaba ciertos términos un poco complejos para un redactor, le expliqué que yo había estudiado Medicina en mi país y Astronomía y Cosmología en Connecticut y que para más coincidencia una de sus alumnas más destacadas, Kristina Larsen, había sido mi profesora. Hablamos un poco más del fascinante tema de viajar a través del tiempo y luego nos despedimos cortésmente.

Para mi sorpresa me llamó a las tres semanas: “Tengo el prototipo de un instrumento, más bien dicho lo he tenido desde hace mucho tiempo, es un giroscopio sumamente sensible regalo de mi amigo Francis Everitt. Este aparato ultrasensible puede detectar cualesquiera perturbaciones del espacio y del tiempo circundante”.

–Donde lo va a probar–le dije anticipándome a lo que ya sabía que iba a decir.

–En mi antiguo departamento en el Bronx, donde todo comenzó. ¿Me acompaña?

No tuvo que preguntármelo dos veces. A los dos días salíamos muy temprano para Nueva York. Llegamos al edificio en la avenida Harrod. Noté cómo el profesor empezaba a sentir los efectos que yo tuve al visitar la casa de mis padres, solo que la intensidad de su aflicción se notaba de lejos mucho mayor que la mía. Subimos al piso 11. Llegamos a la puerta de su apartamento, el 11 D, donde hacía 55 años él había pasado por la traumática experiencia de perder a su padre y que había desencadenado los acontecimientos para que él fuera lo que es ahora. Tocamos la puerta. Notamos que las agujas del medidor comenzaron a oscilar registrando sin duda actividad de cambio en el tiempo y el espacio. ¡Nos abrió la puerta el padre del profesor! Lo reconocí de inmediato por las fotos del libro. El profesor casi se desvanece, entre su padre y yo lo acomodamos en un sofá. Todo el mobiliario era de hacía medio siglo, en la sala estaba un televisor a tubos rodeado de herramientas, aparentemente en el proceso de ser reparado.

Tratando de serenarme dije: “Disculpé, el señor perdió a un familiar que vivía en este apartamento hace ya muchos años. El calor y la emoción de los recuerdos lo han sofocado, ¿por favor nos alcanzaría un vaso de agua?”. El señor Mallet fue por el vaso de agua y aproveché para decirle al profesor: “Piense bien lo que va a decir, estamos no sé cómo aquí, lo que usted haga o diga podría modificar el futuro en nuestro universo o en universos paralelos o podría traer consecuencias catastróficas especialmente para usted ¡podría borrar su identidad en el presente! Hemos probado al menos para nosotros dos, que el tiempo pueden ser alterado en un espacio específico, por personas específicas, en situaciones específicas. ¡Cálmese!, ¡Disfrute del momento! El profesor, científico, ante todo, asintió con la cabeza.

La situación era totalmente paradójica ¡¿Qué le dirías a tu padre al encontrarlo 55 años después de su muerte?! Sin embargo, el profesor hábilmente le preguntó acerca del televisor y a la vez se identificó cómo Físico y recomenzaron una charla acerca de tubos, resistencias, medidores y gases que había quedado inconclusa por más de medio siglo. Los dejé hablar todo lo que quisieran, además, ¡qué podía hacer para evitarlo! Solo me mantuve atento a que el profesor no hablara del futuro.

–No sé, pero usted me recuerda alguien, pero no sé de dónde, es algo extraño que no sé cómo explicarlo –dijo el padre del profesor.

–Tenemos que irnos –dije presintiendo que el profesor no pudiera resistir más y añadí: “El profesor perdió a su padre aquí mismo hace mucho tiempo y el recuerdo de este departamento lo ha afectado mucho”.

–Y se parecía mucho a usted –dijo el profesor intempestivamente-, si me permite abrazarlo, me haría un gran bien.

El señor Mallett padre, se estrechó en un abrazo intemporal con su hijo que le doblaba la edad. No pude evitar que los ojos se me nublaran y un nudo me apretara la garganta. Las agujas del medidor se habían vuelto locas y giraban sin control.

–Gracias por su ayuda –dije arrastrando al profesor, y salimos.

Bajamos hacia la calle, el profesor se apoyaba en mi hombro, sus suspiros me preocupaban. Salimos ¡y vimos que estábamos en nuestro tiempo! De inmediato regresamos asombrados y presurosos al apartamento de su padre. Tocamos y nos atendió ahora una señora hispana con vestimentas de nuestro tiempo. 

–¿En qué los puedo servir? 

–El señor vivió acá en su infancia –improvisé otra vez– y querría revivir momentos felices. Si usted fuera tan amable de ayudarnos.

Nos miró desconfiada, pero al ver las lágrimas que rodaban por las mejillas del profesor y que se apoyaba en mi para no caer, dijo: “¡Seguro, pasen, pasen!”. 

Entramos, el mobiliario era del presente al que regresábamos, miré el giroscopio las agujas estaban inmóviles.

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