Una foto vale más que mil palabras

Cuantas fotos habrá en el mundo y me estoy refiriendo a las fotos que requerían revelarse, a las de antes del despilfarro alucinante de las fotos digitales de hoy. Había que tomarlas con cuidado pues solo había 36 en el rollo y se buscaba la máxima eficiencia o se quedaba uno con solo un puñado de fotos buenas. Y que no decir de las fotos de la primera mitad del siglo XX había que tener un mínimo de profesionalidad y las fotos eran relativamente caras y escasas.

Estos pensamientos me venían a la mente cuando sentado en mi sofá observaba la foto de mis padres jóvenes, yo ya he cumplido los tres cuartos de siglo así que saquen la cuenta. Como les decía las fotos eran escasas y podían pasar un gran número de años entre una y otra. Mis tres hermanos mayores tenían al menos una de sus años de infancia, yo no tenía ninguna. Me quedaba el consuelo de que la foto que ahora observaba podía ser de cuando mi madre estaba en gestación de mí. Pero no lo podían asegurar, es más muchos decían que era de su décimo quinto aniversario de bodas lo cual me excluía de la foto, pues yo había nacido en el décimo segundo año de su matrimonio.

Yo prefería creer que sí estaba allí y con el paso del tiempo me convencí subliminalmente de ello, quería creerlo. Creo que verse en una foto es comprobar la existencia, el saber que existió un momento dado en el pasado en que existimos, que el tiempo no fue solo una ilusión. Antes de la fotografía esto era solo el privilegio del que podía pagar un pintor que los retratase.

La foto de mis padres era una foto mediana en blanco y negro, enmarcada en un bello cuadro de caoba escrupulosamente barnizado. Una obra de mi hermano Francisco el segundo en mayoría de edad, los cuatro hermanos habíamos pasado por el taller de ebanistería que regentaba mi padre con su hermano, luego en nuestra juventud seguimos caminos diferentes, todos llegamos a ser profesionales gracias al esfuerzo de nuestros padres y al nuestro claro.

Mis tres hermanos mayores habían nacido en Chiclayo a casi 800 kilómetros al norte de Lima, la capital peruana. En los tiempos en que ellos fueron fotografiados de niños la población de Chiclayo no llegaba a las 25,000 habitantes. Yo nací en Lima cuando esta ya se acercaba al millón de habitantes. Y paradójicamente no tengo fotos de mi infancia. Me explicaron que los fotógrafos de provincia estaban siempre en la plaza de armas, lugar obligado de paseo en unas ciudades donde la tranquilidad de vivir en familia daba espacio a tomarse una foto, aunque fuera costosa.

En Lima quizás era menos costosa pero el intenso trajinar diario para una familia de seis recién desembarcada y que constantemente buscaba una mejor ubicación.Por ello fueron postergando la foto, hasta que pasó mi infancia, la primera que tengo ya fue acabando mi secundaria, foto de promoción. Y si dije que mi familia desembarcó, fue porque emigró a Lima en un vapor, en tiempos en que el viaje en auto era una odisea, donde hasta se podían encontrar bandoleros que asaltaban al mejor estilo de un western.

La mejor anécdota que me contaron mis padres de ese viaje la protagonizó mi hermano mayor Pablo, cuando se perdió en cubierta y se tuvo que detener el vapor y la gente comenzó a observar el mar ansiosamente buscando un milagro y mi padre angustiado sostenía a mi madre que casi se desmayaba de la pena. Cuando ya se desfallecía de encontrarlo, apareció un maquinista tiznado de carbón trayendo de la mano a mi hermano que aprovechando un descuido había llegado hasta la sala de máquinas.

Pasaron los años y la foto que les mencioné de mis padres donde él esta sentado y ella de pie siempre estuvo en un lugar preponderante de las casas donde vivimos. Recuerdo en especial nuestra estancia en Lechugal, una quinta en la séptima cuadra del Jirón Huallaga a tres cuadras de la plaza de Armas. Como toda quinta limeña (al igual que la famosa quinta Hereen con su tigre que rugía al amanecer crispando los nervios de los vecinos y el famoso personaje que coleccionaba periódicos hasta que llegó a llenar toda su casa con estos) nuestra quinta tenía a dos personajes de película, el vecino impecablemente vestido que siempre llegaba ebrio y entraba a la quinta con su frase que conservo desde niño: ¡Yo soy Pérez Godoy (un expresidente) y a mí no me pasa nada car…! Y otra vecina que ya le habíamos perdido la cuenta de matrimonios y que en la pelea definitiva expulsaba al esposo de turno tirándole el anillo por la cabeza.

Cada uno de los hermanos formó una familia y un hogar, pero como todas las familias peruanas nos reuníamos casi religiosamente todos los domingos en la casa de los viejos, donde mi madre se esmeraba en cocinar y mi padre en ser anfitrión de sus cuatro nueras y sus quince nietos. Los adultos comíamos en la mesa principal y había dos mesitas para los nietos. Y siempre la foto de mis viejos en el lugar preferencial. Los nietos crecieron y también formaron sus hogares. Un hermano emigró a un país lejano con toda su familia y los otros dos regresaron a establecerse en Chiclayo luego de la muerte de mi padre. Quedé a cargo de mi madre a la que siempre había atendido desde mucho antes y con mayor razón ahora. Mis dos hermanos mayores murieron y fue un duro golpe a mi madre, pero salió adelante con esa fortaleza que siempre la caracterizó, y el cuadro siempre seguía en el lugar preferencial de la casa.

Luego ella falleció cuando ya se acercaba a cumplir un siglo de vida y mi vida se puso en pausa. Una depresión galopante me atacó hasta que uno de sus nietos, un sobrino que estimo mucho me dijo: tío usted hizo lo humanamente posible y mas allá de su deber por mi abuela, debería deprimirse si no hubiera hecho nada. Y fue el remedio, más que medicinas o terapistas y me activé con la fuerza que heredé de mi madre y el cuadro que había seguido ocupando el lugar preferencial fue tomado por alguien de la familia en los momentos que yo no podía pensar bien y así estuvo fuera de mi vista hasta que pidiendo a todos los que estuvieron allí les rogué que el que lo tuviera me lo devolviera por la razón sentimental que me unía a esa foto, aunque ya todos sabíamos que mi madre no estaba embarazada de mi en esa foto. Les dije que para mi era como si estuviera allí, y me devolvieron el cuadro.

La fotografía estaba bien, había resistido embate del tiempo. Pero el marco estaba muy desgastado así que decidí repararlo y barnizarlo. Desmonté el cuadro por partes el marco, el cristal y la parte posterior que estaba amarillenta y decidí cambiarla. Al sacar la foto observe con las lágrimas que afloraban a mis ojos una inscripción de puño y letra de mi hermano Francisco esta foto fue tomada en Setiembre de 1942. Después de 77 años confirmaba que ¡si yo también estaba en esa foto!

Cuando mi hermano hizo el marco y puso la foto era un adolescente y seguro preguntó a alguien por la fecha de la foto que en esos momentos era relativamente reciente. Con el tiempo todos se olvidaron de la fecha exacta y dieron una que no era. Esta línea de mi hermano me reafirmó la existencia, no porque yo no estuviera seguro de mi existencia, si no por que me ligaba a una edad temprana de la vida, a la edad de la inocencia y qué más inocente que un niño por nacer.

6 thoughts on “Una foto vale más que mil palabras

    1. Gracias Gabby, y me da mucho gusto que esta historia la haya motivado a buscar las fotos de los recuerdos familiares donde esta representada la existencia de cada miembro de la familia. Una prueba fehaciente de que una familia bien cimentada es indestructible.

  1. Realice un viaje al pasado.
    Escuche a la abuela narrando la historia del viaje a Lima.
    Esa foto es de un valor sentimental incalculable.
    Exelente narrativa.

    1. Gracias Rossana
      Las familias son la persistencia de la memoria de las sociedades. Hay que tomar en cuenta sus historias, sobre todo hoy en dia en que ya no se le da la importancia fundamental que tiene.

      Yo he podido trazar cinco generaciones en la linea de mi abuela paterna gracias que su hermana, mi tía Leonor, me contó un dia el nombre de sus padres, abuelos y bisabuelos con nombres y apellidos, lugar de nacimiento y fechas .

      Hice el árbol genealógico y son mis antepasados , estan alli existieron no solo porque sé que hubo alguien que hiciera esa linea hasta que nací yo. Sé quienes fueron, donde estuvieron y alguna anecdota. Es fascinante. Y me pongo a pensar y ¿antes? imaginar quienes estaban antes que ellos ,linea por linea, cientos de familias e historias.

      Si Rossana son viajes al pasado, aunque la astrofísica de hoy dice que los viajes al pasado son imposibles y solo funcionarian hacia el futuro, te aseguro que cada vez que leemos una historia de nuestras familias viajamos al pasado.

  2. Bonita historia recuerdo haber visto esa foto cuando yo era un niño, que nostalgia pero orgulloso por ser parte de esa familia.

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