Su inolvidable presencia

Nunca soporté que ella me hubiera dejado. Les cuento esta historia que en fin todos o la gran mayoria pasaremos aunque de arranque me digan que no y cuando esta historia gastada por el tiempo retorne a mí, quizás ya no la reconozca, o quizás sí.

Nunca pues me resigné a su abandono, extraño sin medida sus caricias que calmaban siempre mis terribles dudas existenciales. A veces en mis alucinaciones pensaba que nunca se fue y que estaba cerca de mi escondida observándome. Se que no puede ser, pues la busqué inmediatamente que desapareció; días, semanas, meses.

Les cuento esto para que no piensen que me conformé siquiera un solo día con su partida, la busqué incansablemente, incluso empecé a comprar una rosa con la secreta esperanza de dársela cuando al fin la encontrara. Como supondrán la rosa se marchitó y ella no apareció, así que compré otra y luego otra, hasta que siempre tuve una fresca en mi habitación, como un fuego eterno esperando por su llegada.

Les cuento que mis amigos, siempre son así los amigos, me aconsejaron que ya no la buscara, que su partida era inevitable y que ya tenía una vida mejor de la que vivía en este mundo. Les recriminé con fuerza esta actitud. Como comprenderán me quedé sin un solo amigo, cansados de tratar de razonar conmigo todos se fueron desconsolados, diciendo que ella al irse se llevó también mi razón, mi alma.

Me acuerdo de que ella encontraba la forma de levantarme del suelo cuando yo ya había claudicado en mis metas. Poseía la magia de que con su dulce sonrisa se me olvidara toda una mala jornada. Nunca escatimaba esfuerzos para que yo triunfara. Sus predicciones siempre fueron ciertas. Yo sabía que a su lado nunca la pasaría mal.

Si me regalaba una prenda de vestir nunca habia que cambiarla, hasta en estos simples detalles acertaba. Y los platos que preparaba ¡eran deliciosos! Pero no piensen que por esto la extraño más, eran detalles que complementaban la grandeza de su alma y de su amor por mí.

Recuerdo los primeros cinco días que pasaron tras su desaparición, los viví, sin vivirlos, fueron una larga pesadilla de caras que pasaban ante mí, que me aconsejaban, que intentaban calmarme cuando ya casi creía enloquecer. Los días siguieron su discurrir, los amigos y los compañeros de trabajo se resignaron a verme en mi delirio, esperando que regresara de ese mundo que había inventado a la espera de ella. Todos me aseguraban que no regresaría, pero yo les aseguraba que sí, que regresaría pronto, ella me lo había dicho que nunca me abandonaría si de ella dependiera. Y vivía aferrado a esa vaporosa promesa que se desvanecía con los días.

Seguía en mi trabajo de corrector de pruebas, buscando erratas en diversos libros antes de su edición, así me sumergía en enciclopedias de ciencias, en trabajos de contabilidad, obras literarias o en aburridas colecciones de tratados comerciales internacionales. Mi jefe el señor Barceló me mantuvo en mi puesto… “no es mi política meterme en la vida privada de mis empleados, más tratándose de usted Cristóbal, que desde antes e incluso ahora con su tribulación, sigue proporcionando grandes resultados a mi empresa. Así que cuente conmigo en lo que lo pueda ayudar, y a trabajar…”, y yo no dejaba escapar ningún gazapo, siempre que aparecía uno en mi mira apretaba el gatillo de mi teclado y la errata era eliminada. Necesitaba el trabajo, necesitaba el dinero para seguir con mi búsqueda, aunque todos me criticaran yo la seguiría buscando, hasta encontrarla, no importara lo distante que estuviera o cuánto tiempo me demorara en ello.

Como les había dicho la busqué en todos los lugares que habíamos estado juntos. En las playas de Barranco y Agua Dulce donde por tantos años tumbados en la arena apoyaba mi cabeza en su regazo para que ella jugara con mis enmarañados cabellos y antes de regresar observábamos el inmenso astro rey hundirse en el océano, mientras disfrutábamos de un cebiche y unas refrescantes inka colas. En invierno nos escapábamos de la neblina limeña y viajábamos a las estribaciones de la cordillera buscando el sol. Llegábamos así a Huampaní, donde manejábamos los pequeños carritos a motor que pese a ser tan endebles, los hacíamos rugir en encarnizadas carreras en las que siempre me dejaba ganar. Y también en Chosica, donde hacíamos largas caminatas y nos deteníamos cansados ante una laguna para cenar y ella me contaba la magia de tiempos idos. Viajé por las distintas ciudades en que habíamos estado juntos: Ica, Cusco, Iquitos, Huancayo, Chiclayo, Cajamarca. En todos estos lugares solo me encontraba con su inolvidable presencia. Ya no tenía a quien más preguntar, pues en Lima los dos éramos la única familia que teníamos, el uno para el otro, no nos quedaba nadie más.

Contraté varios investigadores, algunos me dijeron de entrada que el caso era difícil… “el mundo es tan amplio” … y otros… “el caso esta definitivamente cerrado”. Lógicamente los mandé a rodar. Y seguí esperando, observando desde la ventana de mi cuarto la rosa roja en el florero, que resaltaba sobre el invernal gris del cielo limeño. Afortunadamente esta semana no necesito ver mucho de ese firmamento tan deprimente, estoy de suerte, me han mandado también a revisar dos pruebas, los Cuentos Completos de Mario Benedetti y las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma.

En los espacios que me dejaba mi agotadora búsqueda, me dedicaba a ver fotos con ella, veía las películas que nos habían emocionado y masoquistamente regresaba a los restaurantes donde habíamos pasado alegres veladas.

Me habían dicho que había enflaquecido mucho, pero yo no lo notaba tanto. Que ya nunca reía, pero no era verdad, cada vez que revisaba una obra maestra como la de don Mario o la de don Ricardo era imposible dejar de sonreír, la ironía de ambos era definitivamente hilarante. Y también que mis ojeras eran demasiado marcadas, pero yo se las atribuía en mayor porcentaje a mi trabajo.

Y así discurría mi vida movida por el combustible de la esperanza, la esperanza de encontrar a ella, ¡qué falta que me hacía!

Hasta que, en ese octubre primaveral, con un sol que destruía la terrible neblina del invierno, llegó la nueva trabajadora social a la empresa, Aurora. Yo la hubiera tratado como el resto de mis compañeros, o sea con indiferencia, sino hubiera sido porque ella me dijo que me ayudaría a encontrarla ¡Al fin alguien que me daba una esperanza! Su convicción me dio un pálpito, supe que de alguna manera esa seguridad en su mirada me llevaría a encontrarla. Pero me pidió una condición, ya que debido al inmenso stress que había sufrido en todo este tiempo de mi búsqueda necesitaba ayuda profesional, necesitaba estar bien física y mentalmente en el caso de que la encontráramos. Acepté de buena gana y no me equivoqué en mi pálpito en solo cuatro semanas me encaminaba con Aurora a verla ¡La había encontrado!

Llegué ante ella. Terminaron tantas cavilaciones, tanta indecisión, sufrimiento, cansancio y espera; comprendí al fin que ella no me había abandonado a propósito. Entonces me arrodillé y deposité la rosa ante la tumba… de mi madre.

rosa

2 thoughts on “Su inolvidable presencia

  1. Que entrañable resulta a mi parecer la descripción de los lugares y las emociones, que nos encausan hacia el incierto desenlace, que sin embargo fue realista. Me encanta este cuento porque es una situación evocadora de nuestras inevitables vivencias porvenir, que de alguna manera negaremos como bien dice el escritor y que en el fondo todos tendremos que afrontar en algún momento.

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