Reencuentro

Los quince hombres avanzaban fatigosamente a través de la jungla amazónica. El calor y la humedad se habían exacerbado más de lo común, los mosquitos y el peligro de ataque de alguna fiera en esa zona casi inexplorada de la frontera peruano-ecuatoriana hacían que la pequeña tropa avanzara con dificultad. Pero nada lograba borrar de su mente su objetivo de conseguir los mejores árboles de caoba para cumplir con un pedido especial.
Seguían el curso del río Tigre desembarcando metódicamente para reconocer el área y ubicar la caoba, que en zonas más cercanas a las ciudades había prácticamente desaparecido al ser muy explotada. Al mando de ellos estaba don Germán, hombre recio y curtido por las inclemencias de más de cincuenta años de recorrer las intrincadas rutas de ríos que cambiaban de curso de año en año o incluso en meses o semanas. Orientarse allí era imposible a menos de haber nacido en el lugar, ningún mapa por más preciso que fuera podría servir de ayuda estando debajo de los gigantescos y coposos árboles que apenas dejaban pasar la luz del sol. 
Era la naturaleza en una lucha tenaz contra la codicia del hombre en su más clara expresión. Allí se habían estrellado siempre los afanes expansivos primero del imperio inca y luego del conquistador español. Y se hubiera tardado mucho más en descubrirse los secretos y riquezas que alberga la región sino hubiera sido por los misioneros que llegaron con los españoles. Ellos a través de una labor silenciosa y de siglos lograron abrir la amazonía para que llegaran los colonos que para bien o mal habían afectado esa zona virgen del planeta. Y aún ahora en pleno siglo veintiuno la selva encierra misterios que esperan ser develados.
Cuando estos quince hombres exploraban ansiosos aún no había llegado a ser presidente del Perú el hombre que tuvo la visión y el ingenio de declarar reserva natural compartida a cierta región de esta frontera. Y al ser esta área motivo de disputa en cada aniversario de la firma del tratado de límites ocurrían escaramuzas entre efectivos militares de los dos países. Habiéndose llegado en ocasiones a verdaderas guerras no declaradas en las que incluso otros países de la región vendían armas sin ningún escrúpulo a los combatientes.

Los madereros lo sabían y trataban de mantenerse en territorio peruano, pero la frontera tan nítidamente delineada en los mapas era nada en medio de la maraña de árboles.
–Don Germán creo que estamos ya muy al norte. 
–Ya lo se Luciano pero no hay señas de caoba, necesitamos cumplir la remesa 
–Si nos topamos con los ecuachos y nos confunden con soldados nos liquidarán sin piedad.
–Tienes razón, movámonos sureste ahora.
– ¡Quietos carajo o se mueren! retumbó la voz en medio de la espesura.
Como espectros salidos de la nada unos soldados camuflados los rodearon y los apuntaban con sus fusiles.
– ¡No disparen somos madereros!–gritó Germán
– ¿De que país? ¡Habla rápido! –replicó la voz autoritaria.
– ¡Peruanos!
– ¡Se mueren carajo, están en territorio ecuatoriano!
– ¡Buscamos caoba, no nos dimos cuenta que cruzamos la frontera, fue un error humano, discúlpenos!
– ¡Espías y encima robando recursos del Estado!
–No somos espías sino…
– ¡Silencio!, en que llegaron hasta acá.
–Tenemos unas lanchas tras la ensenada río abajo.
–Bien andando, vamos a verlas.
Al llegar a las lanchas fueron encapuchados con sus propias camisetas y llevados en sus mismas embarcaciones al interior del territorio ecuatoriano. Por espacio de una hora solo escucharon el rugir de los motores. Fueron desembarcados en un muelle y sin quitarles la capucha conducidos al interior de una cabaña. Fueron alineados en el suelo de tierra sin aplanar, hormigas coloradas empezaron a trepárseles al mismo tiempo que cientos de mosquitos se cebaban en ellos sin compasión. 
– ¿Quién es el líder?
–Yo– dijo Germán con voz fuerte, en su juventud había sido sargento del ejército peruano y no temía tanto por el mismo sino por los muchachos a su cargo.
– ¿Cuáles eran tus órdenes? ¿Querías saber nuestras posiciones? ¡Eh!, habla rápido.
–Le repito teniente que somos madereros y no fue nuestra intención cruzar la frontera, nos extraviamos.
– ¿Ustedes, que son de la zona? Y conocen todos lo recovecos de por aquí, ¿Es que acaso me has visto la cara de cojudo?
–Ni pensarlo teniente, estamos agotados y el plazo para entregar la caoba se nos acababa, le repito que nos disculpe.
–Me has visto cara de cura y quieres que te absuelva, ahora vas a ver que rápido confiesas. Sebastián, ven dale unos masajes a nuestro huésped peruano, está cansado y hay que ser corteses ¿tú que crees?
Sebastián y otro soldado le propinaron una andanada de patadas y puñetes hasta hacerlo caer.
–Ya peruano vas a hablar dijo risueño el teniente.
–Le repito que somos madereros y nos perdimos.
–Vamos a ver que dicen tus compañeros.
– ¡Déjelos carajo, ellos son solo empleados y cumplían mis órdenes!
–Ah carambas respondón y atrevido, Sebas sumérgelo, el agua le refrescara la memoria.
Germán fue sumergido en la corriente del río hasta casi perder el sentido.
–Ahora vas a hablar peruanito o cuelgo uno a uno a tus hombres ¿Cuál es tu nombre?
–Germán Muñiz.
– ¿Ciudad natal?
–Bartra Antiguo, en Loreto.
Un observador agudo hubiera notado el cambio de ira por perplejidad en el semblante del teniente.
–Tu nombre completo.
–German Aurelio Muñiz Cardoso.
–Nombre de tu padre y madre.
–No creo que venga al caso.
– ¡Las órdenes las doy yo carajo, habla rápido!
–Mi padre se llamó Alejandro Muñiz Quijano y mi madre Alejandrina Muñiz Arévalo.
El teniente expresaba una clara excitación en sus palabras.
– ¿Edad?
–Cincuenta y tres años.
– ¿Cuantos hermanos?
– ¿Viene esto al caso?
– ¡Habla o te cuelgo aquí mismo!
–Cuatro hermanos.
– ¿De padre y madre?
–Sí ,y me parece que este interrogatorio no tiene sentido.
Sin prestarle ya atención el teniente replicó: “¿Y cuantos medios hermanos?”.
–Creo que usted está exagerando teniente.
– ¡Medios hermanos, habla ya!
–Que yo sepa solo uno que nació en Ecuador y luego vivió sus primeros años en Perú para regresar a Ecuador con su madre y luego le perdimos el rastro.
– ¿Su nombre?
–Asencio Muñiz Rodríguez.
– ¿Sabes qué edad tendrá?
–Debe tener cuarenta yo le llevaba como diez años.
–Tiene treinta y ocho respondió el teniente llenando de asombro a todos los presentes. Soy el teniente Asencio Rodríguez, mí madre me registró con su nombre de soltera. Hace un año durante la guerra grande en el Falso Paquicha, mi madre me contó la verdad acerca de mi padre y mis hermanos en el Perú, me dijo sus nombres y cuando iba a decirme el lugar murió. La guerra y el odio paralizaron mi búsqueda.
El teniente había ayudado a incorporarse a Germán y un espontáneo abrazo unió a los hermanos ante la mirada ya comprensiva de todos.
– ¿Me hubieras colgado de verdad?– preguntó Germán.
–Quizás sí- respondió el teniente negando luego con la cabeza.
–Yo siempre he considerado estas guerras sin sentido, nuestra raza es una sola, somos hermanos desde hace siglos.
–Creo que todos pensamos eso en el fondo, Germán, solo que se ha exacerbado tanto el odio que ya nos hemos olvidado de quiénes somos, y te digo esto con riesgo, me podrían hacer corte marcial por estas palabras. Pero estos soldados no me venderían, hemos peleado juntos por años, son mi familia a falta de la que perdí,
–Ya la encontraste hermano, dame otro abrazo, pero suave creo que Sebas me ha roto un par de costillas

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