Promesa cumplida (primera parte)

El viaje había sido largo y azaroso. Las ocho horas de vuelo desde Nueva York a Lima. La llegada de madrugada, la neblina cerrada, el aire saturado de agua que recibía a los pasajeros al descender del avión. Las luces intensas en el aeropuerto Jorge Chávez, los guardas atentos y suspicaces. El mar humano de personas que esperaban y los taxistas que prácticamente sitiaban a los recién llegados. Todo esto pasaba ante mí como un desfile que había hecho en sentido contrario, hacía ya muchos años.
Nadie me esperaba, no había anunciado mi llegada, los taxistas casi me levantaban en vilo. Tenía todo mi dinero y documentación en el bolsillo del pecho y los defendía con una pequeña maleta que era todo mi equipaje.
–Doctor, por acá por favor.
–“¡Un taxista con modales y además adivino!”– pensé–. Lo seguí rápido, en medio del tumulto de los otros taxistas que llenaron el aire de imprecaciones al ver que se les escapaba un cliente. “Al centro por favor” –dije–. El solícito taxista no tuvo ni que abrir la maletera y raudamente abandonamos el aeropuerto.
–¿Cómo sabía que soy doctor?– Mientras encendía la radio me dijo mirándome de reojo: “Soy profesor en dos escuelas y muchos de mis antiguos alumnos, hoy doctores, me visitan. No sé si usted será médico, abogado o ingeniero, pero tiene el porte y la manera de desenvolverse, así que tenía más chance de acertar que de fallar”. El taxista, al igual que yo, poseía los rasgos en que las razas inca, negra y española se habían mezclado a través de los siglos, en un mestizaje con características muy propias entre los peruanos.
El taxi avanzaba veloz por la desierta avenida Faucett. La radio emitía música suave del recuerdo, Roberto Carlos: “…el gato que esta triste y azul no va a volver a casa sino estas tú…”.
Observaba las fábricas, los conjuntos habitacionales, las casas asimétricas y los comercios por doquier. La visión de este panorama atrapado en las redes de la nostalgia ocupaba mis pensamientos. En el avión mi mente había estado con los recientes acontecimientos que acababan de decidir mi vida.

Recordaba las palabras de tío Francisco cuatro meses atrás; antes de que regresara al Perú, después de visitar Nueva York, Hartford y Boston: “Hijo ahora son pocos los periódicos que circulan en español, aquí en Hartford, pero vendrán muchos, hay que apurarnos. Es una mina de oro, la publicidad está intacta. Tú te encargas de los trámites burocráticos para las licencias, yo lo edito. Claro tendrás una página donde poner tus cuentos, ensayos y poesías. Nos vamos a ir arriba sobrino”.
Y yo miraba sus ojos que resplandecían con el mismo brillo de antaño. Desde que se recibió de periodista, trabajó en los diarios La Prensa, El Comercio, La Crónica. En las radios Unión, Del Pacifico, 1160 y en el Canal 7 de televisión. Editaba su revista Síntesis y dirigía su agencia de noticias Publidea en el Jirón Abancay. Yo lo acompañaba tras la cacería de la primicia. Le gustaba sobre todo estar ahí donde la noticia ocurría. Tenía un instinto de estar en el lugar preciso a la hora precisa y allí llegábamos a velocidad de vértigo aunque estuviéramos en el otro lado de la ciudad, de día o de noche. Todo esto se grabó en mis años juveniles.

Durante las dictaduras no fue deportado por su independencia, pero sufrió en cambio suspensiones y falta de promoción por no ir contra sus principios. Mientras otros aprovechaban el momento, él rechazaba jugosas propuestas que no iban con sus ideales. Con todos mis tíos me llevaba bien pero en especial con él. Hoy a la distancia que dan los años y los kilómetros reconozco que era por la pasión que había en mí por escribir.

–Sobrino cuando vayas a Lima nos reuniremos en el Torreón para redondear el proyecto ¿me lo prometes? –. En principio no estaba muy entusiasmado. Pero al rebotar los planes para revalidar el título, tener que empezar de cero con dos hijos y las grandes deudas que había adquirido con tanta facilidad le había dicho: “Prometido tío, estaré en Lima en unos cinco meses a más tardar, mientras tanto averiguaré todo lo relacionado con el periódico aquí”.
–Y yo –me dijo– convenceré a César, es muy bueno en la parte gráfica, seremos redactores, editores, reporteros. ¡El periodismo es mi pasión sobrino, es mi vida!

Y había que verlo y oírlo, ya que, pese a sus casi setenta años, llenaba el ambiente de una fuerza juvenil que arrasaba. Cómo iba a saber que al poco tiempo le diagnosticarían un cáncer y que tras un penoso tratamiento de quimioterapia mejoraría. Pero al tener bajas las defensas contraería una neumonía grave.

–Disculpe señor, comprendo que está llamando desde muy lejos, pero el estado de salud de su tío es gravísimo. -Póngamelo en la línea por favor. –No, no le puedo pasar el teléfono, aunque esta consciente por momentos, no puede hablar. –Le podría dar al menos un mensaje. –Sí claro. –Dígale que es de parte de su sobrino Daniel, que en estos momentos estoy terminando los trámites, que viajo mañana a primera hora, que le ponga ganas, que se va a recuperar. –Se lo diré, espere un momento. –Aló. –Sí. –Se lo dije, se emocionó y lloró, pero le repito que todavía no puede hablar. –Muchas gracias, señorita, Dios se lo pague. –De nada señor.

Había pedido un permiso urgente en el trabajo y conseguí un pasaje aéreo a un precio exorbitante, pero no importaba ya estaba listo. Viajé a Nueva York esa noche y dormí a sobresaltos en un hotel cercano al aeropuerto. Así estaría listo para evitar el caótico tráfico de la capital del mundo, a esas horas de la mañana, un jueves.
Desperté cuando el cielo otoñal estaba todavía oscuro. Me duché, me vestí y estuve listo antes de la hora. Reservé mi taxi y me dispuse a esperar telefoneando a Lima.

–Señorita llamo para saber cómo sigue el señor Fernando Ordoñez. – ¿Usted es el sobrino que llamó ayer de los Estados Unidos? –Sí. –Mire señor… mucho valor, valor, me entiende, el señor Francisco falleció hace dos horas… aló, aló señor… está ahí? –Sí señorita. –Su generoso corazón ya descansa, tenga consuelo. –Gracias…muchas gracias.
Colgué aturdido y un vacío inmenso comenzó a sofocarme. Salí a la calle y llené mis pulmones con el frío aire de la gran metrópoli. Tenía una vista del caudaloso río Hudson agitado por fuertes ráfagas de viento y la lluvia que comenzaba en esos momentos. Regresé al hotel, con los versos del poeta mordiéndome el alma: “Me moriré en París con aguacero… tal vez un jueves como es hoy de otoño”.

–¿Mucho tiempo en los yunaites doctor? – dijo el taxista. –Demasiado –le respondí– despertando bruscamente de mi ensueño. –Perdone –añadí– me han pasado tantas cosas y ahora me parece mentira estar de nuevo aquí.
–No se preocupe doctor, que en unos días el espíritu del Cacique Taulichusco se apoderará otra vez de usted.
Sonreí al escuchar esa nueva definición de ser limeño.
–Ya verá –continuó el taxista– unas cuantas salidas con su familia, sus patas del barrio, del colegio, de todos lados lo pondrán al día. Sabe doctor –agregó– nuestra gente es de acero puro, hemos sobrevivido pese a todo lo que han hecho en contra nuestra los gobiernos, los terroristas, los narcos, en fin, todos los que han tenido una forma de poder. Somos de una manera u otra descendientes de una raza indómita, que resiste con orgullo sus malas horas.
Mientras hablaba su rostro se había encendido y su mirada fija en la ruta parecía observar a la distancia lo que acababa de describir… (Continuara).

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