Promesa cumplida (segunda parte)

–Amigo –dije– eso lo sé yo muy bien, salí del país a los pocos meses del paquetazo económico, cuando cumplía los treinta años. Han pasado quince años y no me he asimilado del todo al lugar donde resido. Si tuve que salir lo hice pensando en regresar, las circunstancias no se dieron y para no extrañar a la patria, me la llevé enterita dentro de mí. Cuando la nostalgia me quemaba a matar, allí estaban nuestros escritores, nuestra bella música, la deliciosa comida típica, las infaltables reuniones con los compatriotas, los partidos de fútbol.
También fungía de cónsul ad honorem en todo evento de mi comunidad que requiriese una representación peruana, creando una persistencia de la memoria para mis hijos y su herencia cultural. Saben tanto de los héroes norteamericanos como de los peruanos y hablan el español tan bien como el inglés. No escatimé nada para que conocieran su gran legado. Le digo amigo, hay dos cosas a las que un hombre no puede renunciar sin hacerse un desgraciado: sus creencias y su patria.
–Caramba doctor y yo que pensaba darle un jalón de orejas por irse y usted me abruma con esa respuesta, no sé qué decirle.
–Mire amigo, aunque usted no lo crea su conversación en estos momentos es un bálsamo para mí.
–¿Qué penas pasa doctor? Tras una pequeña pausa respondí: “Hace un año perdí a mis padres, gracias a Dios estaban conmigo, los enterré con el alma en la mano. Cuando mal que bien me estaba recuperando, mi tío, con el que teníamos un gran proyecto enfermó y acaba de fallecer. Venía a visitarlo y ahora solo me queda acompañarlo en sus funerales”.
–Mis condolencias doctor. Este discurrir por la vida es como viajar en un navío al que todos abordamos milagrosamente, no sabemos cómo y nos vamos igualmente. Para unos a una vida eterna, según otros a convertirse quizás en un león o una hormiga y para los más científicos en polvo cósmico y algún día ser parte de una estrella o un asteroide. Personalmente creo en un creador, salvador y amigo, y en la continuación de la vida después de la muerte. Mientras estemos navegando en esta vida, hay que hacer nuestro mejor esfuerzo para llevarnos bien con Él y con nuestros semejantes. Estas dos cosas hacen la vida agradable, lamentablemente casi todos tendemos a hacer lo opuesto.
Por la radio se escuchaba ahora una canción de Marisol “… la vida es una tómbola de luz y de color… yo soñaba con tu nombre, esperaba conocerte…”. El taxi acababa de salir de la plaza Dos de Mayo y subía por la Colmena hacia el centro de Lima.
–Amigo –dije– ahora es usted el que me deja sin palabras.
–Es un empate doctor, llegamos al centro ¿adónde lo llevo?
–Al Torreón.
El taxista siguió por el jirón Cuzco. Veía otra vez ese gris fantasmal de Lima, envuelta en brumas como una Londres sudamericana, salvando en la comparación las distancias que nos separan del Primer Mundo. Esa gris opacidad disolvía todos los colores y formas creando un ambiente melancólico. Casi confirmando la leyenda de que los indígenas se vengaron de Pizarro, aconsejándole fundar la capital en el único valle triste de toda la costa peruana. El taxi se detuvo en la esquina con Camaná.
–Llegamos doctor, El Torreón.
Sentí un estremecimiento que me recorrió todo el cuerpo, la nostalgia tanto tiempo empozada se desbordó de mis ojos. Observaba el restaurante que había sido centro de operaciones, cuando con mi tío buscábamos la noticia por la antiguamente Tres veces coronada Ciudad Jardín.
–Cóbrese por favor.
–No doctor, hoy no, tome mi tarjeta, me llamo Miguel Quijana, ahí tiene el número de mi celular. Usted va a estar un tiempo por acá y necesitará transportación diaria.
–Daniel Ordóñez a su servicio, y así será amigo, así será.
La entrada al restaurante no había cambiado mucho, en el mostrador ya no estaba el chino José, sino un joven que al saludar cantando denunció su origen amazónico. Entré por el espacio que dejaban las vitrinas hacia el amplio salón. Ahí seguían las quince mesas y rodeando todo el perímetro los privados con asientos de cuero rojo. Tres de estos estaban ocupados y en una de las mesas centrales dos hombres jóvenes trataban de liquidar su vida rodeados de muchas botellas de cerveza. A lo largo de las paredes los espejos daban una sensación de más profundidad, al salón.
Me senté y pedí un café para espantar el sueño y un lomito saltado, como en los viejos tiempos cuando corría con mi tío tras una primicia. Sonaba en la rocola una canción de Alberto Cortez: “…cuando un amigo se va… queda un espacio vacío…que no lo puede llenar…la llegada de otro amigo”. Recordaba con qué sentimiento escuchaba esta canción en el extranjero, en los primeros años de mi exilio voluntario y que ahora se hacía presente en otro momento muy emotivo de mi existencia.
Estaba concentrado y cuando levanté los ojos, me quedé paralizado. ¡Ahí estaba el tío Francisco! Con su terno azul y su clásica corbata plateada. Como en los mejores tiempos cuando me alentaba en mis estudios, cuando íbamos de paseo a Huampaní, la playa Conchán, los días de pesca en Pucusana. Presente siempre en mis cumpleaños, el padrino de confirmación, el animador de mi boda, el consejero, el amigo.
–Llegaste –me dijo– te estaba esperando. Hizo un gesto como pidiendo permiso para sentarse, aturdido asentí con la cabeza.
–Te acompaño –añadió– y pidió un café ¡entonces el mozo lo veía y escuchaba! Serenándome un poco le dije: “¿¡Cómo es posible esto!?”
–Tú lo has hecho posible, tu fidelidad, tu lealtad, tu fraternidad han sido las llaves que han abierto una puerta infranqueable de regreso.
Decía esto mientras echaba seis cucharaditas de azúcar y no las revolvía en su taza, esa era su firma cada vez que endulzaba su café.
–Estoy aquí para aconsejarte en este momento crucial de tu vida. Sobrino se fiel a tus creencias, a tu patria, a tu familia y se fiel a ti mismo. Continúa con el proyecto, has publicado cuentos, poesías y varios artículos, sé que es importante para ti y te gusta. La recompensa a tu ingenio no vendrá rápido, pero llegará, persiste.
Cuando terminó de aconsejarme, dije: “Tío, hice todo lo humanamente posible para llegar a verlo en el hospital”.
–Es por eso por lo que estoy aquí para verte y agradecerte el gesto; también para decirte que sigas como hasta ahora, un hombre de principios y principios buenos. ¡Eres un trome hijo! Seguimos conversando como lo habíamos hecho siempre, con un respeto mutuo y sintiendo que aprendíamos uno del otro.
Las horas pasaron y me di cuenta de que amanecía por la claridad que entraba por la puerta y se reflejaba en las vidrieras y en los muchos espejos. Volteé a llamar al mozo para pagar y al instante supe que al regresar a mirar a mi tío ya no estaría allí, y así fue. Del fondo de mi alma dije: “Gracias tío, muchas gracias, Dios lo bendiga”.
–No le gustó el lugar a su amigo, veo que ni probó el café –dijo el mozo.

–No es así amigo, mi tío y yo éramos habituéis de este lugar cuando estaba el chino José; venimos desde lejos, después de mucho tiempo.
–¡Ah, regresando a la tierra!
–¡Sí, sí, yo estoy de regreso a la tierra y mi tío también regresó a la Tierra! –. Pedí al mozo que llamara a Miguel, pagué y salí a esperar. Amanecía en la ciudad, los sonidos que provenían de personas y vehículos anunciaban una nueva jornada. El sol primaveral despuntaba despejando las brumas de la ciudad y de mi alma. Podía decir tranquilo: “Tío, promesa cumplida”.

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