Prisionero

El momento más grave de mi vida fue mi prisión en una cárcel del Perú.César Vallejo, en Poemas Humanos.

La década de los ochenta fue la más violenta y sanguinaria en la historia peruana, fue propiciada por los terroristas comunistas de Sendero Luminoso, que querían imponer su ideología maoista. En declaraciones de su líder, Abimael Guzman, en una entrevista secreta a la prensa decía claramente que no importaban las bajas civiles. Según él los que no estaban con él debían morir, no importaba cuantos fueran, las cifras que él calculaba serían necesarias superaban a las que Pot Pol había causado en Camboya donde había exterminado el 25 % de su población para imponer el maoísmo. El gobierno respondió lo mejor que pudo contra un enemigo camuflado entre la población, un enemigo minúsculo pero que contaba con la ventaja de la invisibilidad. Había toque de queda nocturno y no había garantías totales. Las explosiones por auto bombas y atentados contra personas públicas y privadas eran constantes.

Amanecía uno de los últimos días otoñales en Lima de 1981. Salí de la cama y entré de golpe a la ducha. Abrí la llave: agua fría. La terma estaba malograda hacía tiempo. No había champú, sólo una barra de jabón marchito. Vivificado por el baño, me vestí y preparé el desayuno para mi padre y mi abuela. Desayuné al paso, me despedí de papá que salía más tarde y besé a abuelita.

−No te olvides de rezar las oraciones de las estampitas que te he dado.

−Sí, abuelita, claro, las rezaré.

Bajaba los cuatro pisos que me separaban de la calle cuando divisé que venía el ómnibus. Corrí, lo alcancé y encontré un asiento junto a la ventana. No intenté repasar para el examen de Fisiología. Sabía bien el tema, me gustaba el curso y la carrera.

Dirigí una mirada rápida a los pasajeros en su mayoría eran oficinistas, escolares y estudiantes universitarios, algunos somnolientos. Observé a través de la ventana el amanecer de mi ciudad. Las bodegas abrían y los dueños regaban la entrada de sus negocios con agua de ruda para atraer la buena suerte y a los compradores.

El bus transitaba por una sucesión interminable de viviendas asimétricas en medio de un tráfico caótico. Los panaderos en triciclos hacían sonar su tradicional cornetín y eran abordados por clientes apurados.

Comencé a pensar qué estarían haciendo mi madre y mis tres hermanos a más de 5,000 kilómetros, en los EE. UU., casi en la frontera con Canadá. Un tío les había conseguido las visas y mi padre y yo costeamos los gastos. Luego, el abuelo murió y desde entonces abuelita vivía con nosotros en el departamento.

Al llegar a la Facultad, vi a los estudiantes, profesores y policías afuera del edificio y, adentro, atrincherados y con la puerta encadenada, a los trabajadores no-docentes que habían tomado el local indefinidamente, una vez más, buscando un aumento de sueldo.

−Se jodió la cosa Daniel -dijo Jorge a manera de saludo.

−Y yo que había estudiado de verdad esta vez – añadió Luis.

−Pues no queda más que irnos a jugar unas mesitas de billar, con Daniel ya somos cuatro− terció Javier.

Hacia tiempo que no pisaba el billar, me había refugiado en el estudio cuando mi familia emigró al extranjero. No quería ir, pero a insistencias de mis amigos cedí.

Tomamos un microbús hasta El Colono, billar ubicado junto a la facultad de Medicina Humana y decidimos almorzar luego en la Muerte Lenta, comedor estudiantil que colindaba con la Morgue Central.

−Después del billar nos vamos a comer, tomar unas cervezas y para coronar la noche nos vamos de parranda, conozco unas hembritas que están buenísimas- gritó Javier.

Concentrados en el juego, no vimos a los policías cuando entraron con pistola en mano. Tras pedirnos documentos y comprobar que éramos universitarios, nos llevaron junto a otros jóvenes a la calle. Allí nos recibieron más policías con ametralladoras y fusiles, lo que nos sumergió más en un mar de irrealidad. Fuimos introducidos entre la cabina y el depósito de agua de una tanqueta anti-manifestaciones junto con una docena de detenidos.

El vehículo avanzó, pero a los pocos metros, hubo más detenciones: un anciano, un hombre en ropa deportiva que venía de jugar fútbol, un estudiante que portaba un mandil blanquísimo recién planchado y un mozalbete con cara de adulto. Todos ellos no tenían documentos. Íbamos de pie y sin espacio para movernos. A través de la ventanilla podía ver a los transeúntes, los autos y microbuses. Todo seguía igual, pero para nosotros el mundo había cambiado, ya no éramos libres.

Nos llevaron de una comisaría a otra hasta que se detuvieron en la principal de los Barrios Altos. Estuvimos de pie en un patio por horas. No sentíamos hambre, ni frío, ni sueño, estábamos conmocionados. Luego, comenzó a garuar, esa típica llovizna limeña que humedece sin mojar, no como las lluvias de la sierra o la selva.

El anciano comenzó a toser y tambalearse y Luis, con sus 16 años a sollozar. Los guardias en la oscuridad nos miraban deshumanizados sin dejar de encañonarnos. Serían las ocho de la noche cuando nos subieron a un ómnibus que tras un corto recorrido se detuvo ante un edificio con pocas ventanas.

−Seguridad del Estado −murmuró Jorge −empieza a rezar por nosotros Daniel, que no sabemos y no creemos. Esto es serio, muy serio.

Sólo atiné a decirles: “Digan exactamente lo que pasó, la verdad nos hará libres.”

Los policías estaban de civil y podían pasar por un doctor, un ladrón o un predicador. Un observador atento hubiera notado un brillo analítico en sus miradas, donde no se escapaba el más mínimo detalle. Nos requisaron todas las pertenencias incluso las correas y espejuelos. Luego, nos llevaron a una celda inmensa y sin divisiones en la azotea. En las penumbras vimos por lo menos dos docenas de detenidos que parecían dormir a lo largo de las paredes. Nos juntamos en un espacio vacío junto a una pared. Luis volvió a sollozar, se nos acercó el estudiante del mandil y dijo: “Soy Andrés Hurtado, iba a dar mi examen de Anatomía ¿qué estarán pensando mis profesores, mi familia?”

-Ya nos dejarán salir, se darán cuenta que somos inocentes -dijo Jorge para calmarlo, pero el tono de su voz parecía decir todo lo contrario.

Un preso se nos acercó y dijo: “Escuché que son estudiantes. Soy Juan Peñalver del Centro Federado. Me detuvieron en una marcha hace una semana, ¡tomen!, siéntense en estos cartones y tápense con esta frazada; no se den el lujo de enfermarse y, sobre todo, la moral alta, siempre, en especial cuando comience “el concierto”.”

– ¿Qué concierto? –pregunté.

-Ya lo oirás.

En un salón llenos de escritorios agentes vestidos de paisanos nos interrogaron uno por uno mientras los demás esperábamos parados y con la cara pegada a la pared, nos preguntaban acerca de una explosión cercana al billar. No estaban armados a no ser el agente en la puerta. Yo había leído mucho acerca de lo terrible que resultaban las cárceles peruanas, estaba muy asustado, pero trataba de aparentar serenidad era el de mayor edad de mis amigos

− ¿Quién carajo te dijo que voltearas la cara de la pared? La próxima te vuelo los dientes.

 Buscaban someternos por el miedo.  Regresamos a la celda y al poco tiempo comenzó el concierto: Unas voces lejanas como de alguien que interroga y unos lamentos que se interrumpían bruscamente en un sonido como de agua disturbada. Luego, el alarido del reo sumergido en agua, una y otra vez, sacado tras unos eternos segundos y su grito, boqueando, tratando de recuperar el oxígeno perdido. No pudimos dormir, era imposible.

Al amanecer entro un preso nuevo que parecía tener trastornos mentales e iba de preso en preso buscando conversación mientras se rascaba la cabeza, hablaba muy rápido y se buscaba en todos sus bolsillos.

−Es un agente cuidado no hablen que se comprometen−nos dijo Peñalver al paso.

−Pero si no hemos hecho nada malo.

−De igual manera y peor pues pueden decir cualquier cojudez y ellos lo toman por una pista y ya fueron.

Sería mediodía, sentíamos hambre, ya teníamos más de un día sin comer. Trajeron el rancho, un hombre oriental que vestía un mandil sucio y de color indefinido, nos sirvió en recipientes plásticos. Un arroz con semillas, piedras y gorgojos que resaltaban como granos de pimienta, un pescado que sólo había sido cortado en dos y frito con todas sus escamas. También un refresco opaco que podía ser cualquier cosa. Intenté comer, pero me dieron arcadas.

Peñalver devoró su porción y nos dijo: – ¡Coman, coman!, no saben cuantos días van a estar aquí y el hambre hace pensar y decir cualquier cosa.

Así pasaron tres días más de mala comida que probábamos para no desfallecer, de interrogatorios en el momento menos pensado y de más noches de conciertos.

En una celda pequeña frente a la nuestra había unos chicos con uniforme escolar, quedamos sorprendidos de ver menores en esa cárcel tan atroz.

−No son niños, son revejidos con uniforme y ya cantaron ayer en los conciertos, ya no los molestan−nos dijo Peñalver.  

En un interrogatorio, el detective me mostró las estampitas que abuela me había dado y muy sarcásticamente me dijo: – ¡¿Tú eres devoto de estos santos?!

−Sí, lo soy−dije altaneramente, sin bajarle la mirada, el tono de su pregunta me sublevó, me di cuenta de que había contestado mal y me preparé para una represalia.

El detective sonrió, guardó las imágenes y dijo: “Bien, muy bien”. Otros tres agentes interrogaban a mis tres compañeros al mismo tiempo. A Jorge le había tocado una agente muy joven y bonita.

− ¿Color de ojos? − le preguntó la agente y Jorge enamorador nato perdió la cordura.

−Pardos como los tuyos preciosa.

La agente llamó a un compañero. Este se acercó a Jorge y le dio un fortísimo golpe en el pecho.

− ¡Así que graciosito eh! Y le dio dos golpes más en el pecho que resoban como golpes de tambor, era nuestro amigo y nos hubiera gustado ayudarlo, pero en esas condiciones que podíamos hacer. Luego nos regresaron a la celda a la celda.

Al no aparecer en casa mi padre y un tío que era periodista me buscaron por hospitales, morgues y comisarias inútilmente hasta que dedujeron que estaba incomunicado. Mi tío, usando sus contactos e influencias en el medio periodístico, averiguó dónde me tenían detenido, pero al apersonarse, les negaron que estuviera allí. Papá, inspirado, compró unos pollos a la brasa con papas fritas y los donó como caridad para los presos. El problema fue cuando los policías trataron de alinearnos para darnos un pedazo a cada uno, todos nos juntamos contra las rejas. El olor nos enardecía, nos trasladaba allá, afuera y a otros tiempos. Tratamos de arrebatarles los pollos, entonces los tiraron a través de los barrotes y nos lanzamos sobre ellos y de rodillas como si fuéramos perros nos golpeamos, empujamos y arrebatamos pedazos de pollos. Pude conseguir un trocito de carne y cuatro papitas y regresé con mi jauría a mi rincón.

Atardecía ese tercer día cuando un agente me llamó solo a mí.

−Lechero te van a soltar murmuró Peñalver.

− ¿Como lo sabes? y él replico: “así pasa”.

Atravesé varios pasillos y bajé un piso y el guardia que me llevaba me introdujo a una oficina muy bonita alfombrada con muebles de cuero, con vitrinas llenas de libros, cuadros de batallas militares y en el escritorio un oficial de alta graduación y mi padre con mi tío lo flanqueaban.

Estaba con la barba crecida, desaseado, sin mis anteojos de medida, agarrándome el pantalón sin correa, la ropa sucia y arrugada. Sentí una profunda vergüenza y calor, no me hacía falta espejos para saber que estaba muy rojo.

El oficial mencionó porque estaba ahí y repetí lo que había repetido hasta el cansancio en los interrogatorios. Luego dijo algo que es cierto.

−No basta con ser honrado sino hay que parecerlo también. Sabes que estamos en una guerra no declarada contra una partida de asesinos y que no hay garantías. Si vas a una zona caliente de seguro te puedes quemar. Eso de estar en el lugar equivocado a la hora equivocada es relativo se puede evitar. Era tu deber hacerlo. Has tenido suerte de que tu tío y yo nos conocemos de hace mucho tiempo y él me ha dicho que eres un joven ejemplar y le voy a creer por esta vez, pero a la primera que estés otra vez por aquí ya nadie te ayudará.

Mi padre y mi tío me miraban y no decían nada.

−Agente llévelo a su celda sales mañana y recuerda esto para que cuides tus pasos de aquí en adelante.

Regresé a mi celda y les dije a mis amigos y comenzaron a darme mensajes para sus familias. Ya era de noche cuando sin más explicación nos dijeron que los detenidos de la tanqueta salíamos libres en ese mismo momento. Nos hicieron posar como un equipo de fútbol: Una fila en cuclillas, otra parada para fotografiarnos. Un oficial nos despidió y nos dijo que portáramos siempre los documentos y no estuviéramos en el momento y lugar equivocados.

Nos devolvieron nuestros documentos y pertenencias y eran más de las nueve cuando nos soltaron y afuera, barbudos, sucios y enjutos pero libres, nos abrazamos. Era una sensación indescriptible. Las luces de la ciudad, los peatones pasaban a nuestro lado, autos y microbuses cargados de pasajeros circulaban como siempre.

Habíamos recuperado la libertad algo que como la vida parece tan normal, pero que son tan frágiles. La libertad junto con el amor y la inteligencia nos asemejan a Dios.

Recé con mis amigos una plegaria y nos cercioramos de que tuviéramos dinero para los pasajes a nuestras casas, pues no había nadie esperándonos. Los vi tomar sus transportes uno a uno. Tomé el mío y volteé para ver cómo me alejaba de las fauces del lobo. Regresaba al mundo y viviría para contarlo.

2 thoughts on “Prisionero

  1. Te Felicito Dante, tu cuento me hizo sentir como si estuviera con Daniel en esa carcel de seguridad del estado. Deberian hacer una pelicula de esa experiencia que vivio Daniel. Muy buena la recomiendo.

    1. Gracias Jesús.
      Sí los cuentos a veces son crónicas. La acción es vertiginosa y la realidad supera a la ficción. El mensaje también es hacer tomar conciencia como el Comunismo desetabilizó casi mortalmente la existencia económica y política del Perú. Y como con el tiempo el Comunismo clásico desapareció a principios de los 90s con la caída de las Unión Soviética y ahora reapareció ya no con terrorismo si no con una Guerra Cultural en la que en vez de armas usan la Ideología de Género, el aborto, la destrucción de la cultura y el exterminio de la libertad. Este Comunismo, ahora mal llamado Progresismo, en tres décadas ya ocupó los organismos internacionales como la ONU, OMS, OEA, UE, los gobiernos de muchas naciones, los medios de comunicación masivos de casi todo el mundo, las cátedras universitarias incluso las católicas (La PUCP de Lima es un bastión progresista), incluso ha tomado a clérigos como el Arzobispo de Lima, que hablan ya en el lenguaje inclusivo del Progresismo. Pero quedan muchas personas de buena voluntad en todo el mundo que estan haciendo la resistencia.
      Gracias de nuevo Jesús por su generoso comentario.

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