Oprobio y esperanza

El avión aterrizó en el aeropuerto Internacional de Miami. El amanecer radiante aumentaba la belleza de la tropical ciudad. Arturo no había podido cerrar los ojos desde que al avión despegó de Lima. Pesaban sobre el también, las agotadoras horas previas al viaje, la despedida desgarradora de sus pequeños hijos, el llanto de su esposa y él tratando de calmarla: “No te preocupes Carmen, trabajaré fuerte y apenas junte lo necesario regreso”. Su negocio estaba al borde de la quiebra, cuando un hermano le consiguió una visa de turismo, era su última carta.
Las azafatas apuraban a los pasajeros que tenían trasbordo: “¡Deprisa, por favor que perdemos le conexión a Nueva York!”. Ahora si durmió algo, soñó que cargaba a sus dos pequeños hijos y con las caricias de su esposa, aún frescas en su piel.
Su hermano le consiguió trabajo esa misma semana. Consistía este en pelar varios kilos de ajos usando solo las manos. Para luego rajar cientos de camarones y enseguida a velocidad de vértigo lavar platos, copas, sartenes, ollas y cubiertos del restaurante español más afamado de la región. Comía al paso y parado y cuando todo acababa fregaba el piso y arreglaba la cocina para el día siguiente hacer lo mismo. Durante toda la jornada el aire estaba imprecado de las lisuras, maldiciones y blasfemias que prodigaban a mansalva el cocinero gallego, su ayudante vasco y los mozos que entraban por los pedidos.
Arturo estaba seguro de que la distinguida clientela que formaban los comensales se habría negado a probar bocado, si supieran la clase de improperios con que estaban espolvoreados sus platos.
Luego de unos días consiguió un segundo empleo, enviaba rápido las remesas a su esposa y se quedaba con lo justo para sobrevivir. Ya que el restaurante operaba de cuatro de la tarde hasta pasada la medianoche, le quedaba la mañana y parte de la tarde para trabajar en un restaurante de comida rápida. Allí gracias a su juventud y su destreza se hizo el favorito asistente de los jefes, salvándolos muchas veces del atolladero. En especial a la hora del almuerzo, donde los comensales prácticamente tomaban por asalto el local, a pie y por la ventanilla para los autos.
Arturo sólo pensaba en su familia y todo dolor era sufrible al saber que ellos estarían bien y que su negocio reflotaría. Pasaron así las semanas y se le encallecieron las manos debido al cambio de pelar tantos ajos, sumergirlas en los camarones helados, después el vapor, el detergente. También se le encallecieron los oídos de las tantas imprecaciones que oía a diario, no había escuchado tantas malas palabras y comentarios obscenos, dichos con esa saña, en toda su vida.
También contribuyó a esto el restaurante de comida rápida donde freía y preparaba miles de pedidos al día. Aunque a diferencia del restaurante español, acá el grupo de empleados era más numeroso y procedentes de toda Latinoamérica. Cada uno con su historia, llegaban por mejoras en sus economías y luchaban contra una sociedad que los miraban discriminatoriamente. Una sociedad que le echaba la culpa de todos los problemas de la nación, exacerbada por los políticos, que los usaban de chivos expiatorios tratando de camuflar su incompetencia para dirigir el país.
De esta discriminación no se salvaban los inmigrantes legales, e incluso los ciudadanos de origen hispano, ¿cómo iban distinguirlos?, no llevaban un rótulo de legalidad en la frente. 
Pasaron los meses y Arturo trabajaba todas las horas que podía, escuchaba por medio de su esposa que el negocio se recuperaba, crecía y había también mejoras en la economía de su patria.
–A este paso podré regresar pronto – le decía a Carmen por teléfono.
– Eso espero– decía ella– te extrañamos tanto.
– Y yo– respondía siempre Arturo.
Al día siguiente lo llamó Carl, el jefe del restaurante de comida rápida que lo estimaba, y le dijo: “Me transfieren, están enviando otro jefe, se llama Alex y tiene fama de ser estricto y alterado. Ya reemplazó a todos los jefes menores antes de su llegada, va a reformarlo todo a su manera, yo estaré acá unos días más, ya sabes cualquier cosa me preguntas”.
Arturo pensó que trabajando bien como siempre no tendría inconvenientes. A los dos días apareció el mentado reemplazo. Arturo observó que no saludaba como Carl y parecía que viera algo desagradable cuando hablaba a los latinos. Siguió trabajando cuando sintió un golpe seco, al voltear vio una bandeja llena de emparedados. 
–¡Están mal envueltos hazlos de nuevo! – le gritó Alex–. Era la hora del almuerzo, los emparedados estaban bien, lo había hecho por meses, sabía lo que hacía. Arturo trató de serenarse y los hizo otra vez. El público se aglomeraba más y más en el local y en con sus carros en la ventanilla.
Mandó los emparedados y a los segundos Alex entró a la cocina, tiró la bandeja en la mesa y mientras gesticulaba envolvía unos emparedados.
–¡Aprende así se hace! –vociferó Alex, mientras todos los empleados observaban.
–¡Pero si están peor envueltos que los míos! – replicó Arturo–. Alex fuera de si empujó a Arturo gritándole: “¡Repite lo que has dicho, repítelo! – y lo empujó otra vez.
Ya era demasiado, no eran los panes, Alex sabía que Arturo era el mejor, Carl se lo había dicho y no soportaba que un hispano fuera mejor que él. Arturo defendiéndose le dio un violento puñetazo en la cara, cuando Alex se le venía encima por tercera vez. Lo iba a rematar cuando se interpuso Carl, que vino corriendo del almacén al escuchar el bullicio.
Carl mando a Arturo al almacén a calmarse y se llevó a Alex, que se agarraba la cabeza. Había un gran alboroto entre el público y los trabajadores. Arturo se cambió rápido y regresó a la cocina, la oficina estaba cerrada.
–¡No me despiden de aquí! –gritó tirando el uniforme al suelo–¡Renuncio! – y se fue. 
Luego le diría Alicia, la cajera, que Alex logró zafarse de Carl y con pistola en mano salió tras de él.
– Afortunadamente ya te habías ido, tienes que demandarlo– le dijo.
Arturo no quería problemas, su situación migratoria de invisible se haría patente. Su último cheque llegaría después, por correo, con una postal de Carl deseándole suerte.
Al día siguiente al entrar al otro restaurante sintió el ambiente tenso nadie le hablaba. Comenzaba a poner los ajos y camarones en orden cuando el cocinero lo llamó y le dijo: “Recibí una llamada telefónica de tú otro trabajo, te acusan que ser un irresponsable y que golpeaste a un jefe”.
– No soy irresponsable y lo golpeé en defensa propia, llamé a Carl él le dirá todo.
–Lo siento Arturo –dijo el cocinero– pero no puedo tomarme el riesgo, este es un restaurante de prestigio, recoge tus cosas y vete–. Arturo bajo aturdido al sótano tomó sus escasas pertenencias y tuvo que pasar por la cocina otra vez, donde el cocinero lo conminó de nuevo. 
–¡Ni se te ocurra dar el nombre de este restaurante como referencia, este es un lugar de prestigio que no recibe delincuentes!
–¡Una persona de prestigio soy yo, ustedes más bien tienen las costumbres y lenguaje que envidiaría un delincuente avezado! –replicó calmado, mirándolo de frente, luego le dio la espalda y salió del lugar.
Ya en la calle, aspiró profundo una bocanada de aire fresco que llegaba del río Connecticut. En cierto modo estaba aliviado de no tener que volver a ese antro, donde tenía que escuchar tantas sandeces. Pero el porvenir se le hacía incierto. Cuando Alicia le dijo lo del revolver también le dijo que un amigo reclutaba jornaleros en los suburbios. 
En esos trabajos temporales malvivió varias semanas, a veces le pagaban tarde y a veces ni le pagaban, los contratistas desaparecían o le amenazaban con echarles encima a los agentes de inmigración.
Lo llamaban para pintar, limpiar o trabajos de construcción. Estaba así laborando por horas con otros dos muchachos en una sinagoga, El contratista notó que además de la limpieza, Arturo reparaba las paredes, el falso techo, conexiones eléctricas y de plomería o pintaba y le dijo: “Dedícate solo a la limpieza, Arturo”.
–Pero esto es peligroso para los niños que estudian aquí. 
–Ese no es nuestro problema –insistió el contratista– aquí solo nos han llamado para la limpieza.
Afortunadamente alguien de la sinagoga sin ser visto los escuchó. A la semana siguiente le propusieron trabajo permanente con pago de horas extras y seguro médico.
Comenzó así un nuevo periodo en su vida, pese a ser católico se llevaba bien con todos los miembros de la sinagoga. Con el rabino tuvo varias discusiones teológicas y filosóficas, que en vez de distanciarlos los unía. Ambos se entendían y respetaban sus puntos de vista y sus creencias.
Arturo trabajaba ahora el sólo, se hizo indispensable y pudo ver al fin que las personas pueden llegar a un buen entendimiento con tolerancia y respeto, sin importar las diferencias de raciales, politicas, de nacionalidad o religión.
Trabajando para ellos dejó la sinagoga como nueva y también obtuvo una nueva perspectiva de la vida en los EE. UU., tan diferente a los primeros meses de su llegada. Lo habían hecho un miembro más de su comunidad, que lo invitaban a sus fiestas y asistían a las de él. 
Arturo confiaba de nuevo en el ser humano, que se respeta y respeta a los demás. Recordó que su abuela le decía de niño que en los momentos álgidos solo las personas buenas dan una mano. Pudo comprobar que existen muchas personas buenas que con su luz alumbran a la humanidad, sobre todo en tiempos de tinieblas.
Cuando expuso al comité del templo y al rabino que tenía que partir, trataron de disuadirlo, que trajera de su país a su esposa e hijos, ellos lo ayudarían con los tramites.
Arturo agradeció emocionado la demostración de cariño, pero se mantuvo firme. 
Le hicieron una gran despedida, en la que no faltaron los discursos emocionados, los brindis y la nostalgia previvida.
La noche que volaba de regreso a la patria, ya sobre el mar caribe, se quedó dormido, soñó con sus hijos, como los recordaba el día de su partida, no como en las últimas fotos que le habían mandado.

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