Nunca es tarde

Habían tomado su tiempo, pusieron la caja al revés con el palito que la sostenía por un lado y atado a este un cordel largo que Cristóbal y Rafael sostenían por el otro extremo. Tuvieron mucho cuidado de poner abundante maíz molido debajo de la caja y ahora tendidos en el suelo cubiertos por unos cartones esperaban a sus presas. Estas, descendían volando de las antenas aéreas que cada casa tenía en la azotea para sus televisores. Aterrizaban suave, con precaución: tortolitas, palomas torcaces, gorriones, cuculíes que picoteaban el maíz fuera de la caja y se acercaban a esta donde estaba la mayor cantidad del maíz.

Por instinto tenían su recelo y daban numerosas vueltas sin entrar. Los dos niños que eran vecinos y acababan de cumplir los diez años, se mantenían inmóviles y apenas respiraban cuando las avecillas parecían ya poner una pata o meter la cabecita debajo de la trampa. Una torcaza bajó al parecer con mucha hambre y rápido se metió debajo de la caja. Cristóbal jaló el cordel y tenían un prisionero más para su colección. De inmediato salieron de su escondrijo y poniendo una tela debajo de la caja pusieron a la cautiva dentro de una jaula muy grande donde revoloteaban otras avecillas capturadas de la misma manera. Muchos de esas se habían adaptado a su cautiverio ya que tenían comida, agua y nido asegurados y poco a poco habían dejado de estrellarse contra las mallas metálicas, en un vano intento de libertad. 

La azotea donde cazaban Cristóbal y Rafael era común para doce familias que vivían en el sexto y último piso del edificio. Solo se necesitaba abrir un boquete en el techo para tener acceso a su pedazo de cielo. Existía un obstáculo para que cada familia abriera su agujero en el techo y este era el económico. Únicamente tres familias lo habían logrado, la de Cristóbal era una de ellas. La numerosa familia de Rafael tenía un presupuesto apretado y aunque este insistía a su padre por tener su acceso propio, había tenido que conformarse con subir por la casa de Cristóbal y ser un cazador invitado.

Una tarde que Rafael regresaba de la escuela encontró a su padre que conversaba con un señor que vestía un overol descolorido, rotoso y con manchas de pinturas de varios colores.

–Hola hijo, te presento al señor Antonio Hermoza.

–Buenas tardes, señor.

–Así que tú eres Rafael, el famoso cazador de pajaritos, tu papá ya me contó de tus safaris aéreos.

–Si señor, pero al menos los cazo vivos y los cuido, no soy como Gustavo el pecoso, que posee una carabina y sale a cazarlos al parque vecinal. Los junta atravesándolos con un alambre y se los cuelga al hombro y cuando tiene varios se los lleva a su perro Tifón que se los come en un santiamén.

–Vaya con esa joyita de vecino– añadió don Antonio.

–Hijo, don Antonio va a abrir el tan ansiado hueco para que tengamos nuestro pedazo de azotea.

Rafael cerro los puños, saltó y gritó como cuando hacía un gol en los partidos de fútbol de la vecindad y añadió: “Gracias papá, gracias don Antonio”.

Don Antonio contaba solo con un cincel y una comba para realizar su trabajo. Rafael se esforzaba en pensar cómo con ese el cincel que parecía un clavo grande y ese palo con un pedazo de metal como un martillo, iba don Antonio a hacer un agujero como el del techo de Cristóbal. Ese boquete que medía un metro por un metro y que se había logrado luego de romper treinta centímetros de concreto compacto.

Rafael acompañó a la azotea al señor Hermoza que subió por la casa de Cristóbal. Escogió este, un punto que descendería por el baño y comenzó el ataque con sus rudimentarias herramientas. Observaba Rafael que el trabajo comenzaba fácil ya que la cobertura de aislamiento térmico, unas losetas de arcilla y barro salían rápido, cuando llegó al concreto notó que don Antonio atacaba con furia, pero apenas si avanzaba en medio de los destellos de chispas que despedían el choque del metal con el concreto. El ruido producido por cada combazo era monótono y ensordecedor.

El sol veraniego de casi treinta grados centígrados caía inclemente sobre la cabeza y la espalda del obrero que comenzó a sudar copiosamente. Tras media hora de ataque, apenas se había formado una oquedad en el concreto. Rafael bajó y regresó con un vaso de agua helada, don Antonio lo bebió con fruición y siguió su labor en medio de pedruscos que volaban en todas direcciones. Ahora la cara de Antonio se llenaba además del sudor con el fino polvillo del cemento que se desprendía a cada combazo.

Rafael subió varios vasos de agua helada, cuando regresaba con el último luego de cuatro horas de trabajo le pareció ver que además del sudor unas copiosas lágrimas rodaban por los ojos de don Antonio. El llanto era silencioso y una ligera convulsión se reflejaba en los músculos del obrero. La oscuridad comenzaba a caer en el cielo limeño y los combazos seguían retumbando.

–Papá el señor Antonio está llorando– le dijo Rafael a su padre que llegaba de trabajar.

Subieron y lo encontraron todavía sobándose los ojos.

– ¿Qué pasa don Antonio?

Este sorprendido no ocultó su amargura diciendo: “¡Qué malo fue mi papá!”

– ¿Por qué dices eso?

–Es la verdad don Jorge y lo digo porque él no me obligó a estudiar cuando yo era un muchacho y dejé los estudios primarios para trabajar. Si hubiera estudiado no estaría aquí rompiéndome el lomo como un condenado, ¡mire lo que he avanzado con estas pobres herramientas!, con un martillo hidráulico ya hubiera acabado pero no dispongo del dinero, lo que consigo lo invierto en mis hijos en su crianza y educación, no quiero que acaben como yo.

–Vamos a cenar don Antonio, ya estuvo bueno por ahora, mañana sigue, miré acabo de cobrar a un cliente, toma este adelanto.

Esa noche Rafael se fue a dormir con una idea rondándole por la cabeza. Al día siguiente consultó su proyecto con varios de sus compañeros y maestros. Durante los días siguientes Antonio venía por las tardes y el boquete comenzó a tomar forma. Rafael siguió visitando a varios vecinos y habló también con el párroco de su iglesia, varios feligreses y comerciantes.

Al cuarto día el hueco estaba terminado y solo faltaba ponerle una capa de cemento para cubrir las asperezas. Y ponerle también una tapa permanente y no el tablón que le habían puesto provisionalmente, para que no entre el polvo.

–Don Jorge, me han llamado para una obra en Chorrillos, regreso en unos días a terminar el forrado y ponerle la puerta.

–Vaya tranquilo don Antonio, lo esperaremos.

Durante este tiempo Rafael siguió con su cruzada, pues se le había metido en el cerebro y el corazón conseguirle un martillo hidráulico a don Antonio. Su padre, que era contador, lo ayudó con algunas colaboraciones que hicieron sus clientes, al enterarse del altruismo del proyecto de su hijo. También colaboraron varios comerciantes, el párroco y vecinos. Así que juntando de poquito en poquito recolectaron lo suficiente para comprar la herramienta de segunda mano.

Jorge buscó a su hermano menor Luis, profesor, exboxeador y ducho en todos los oficios y junto con Rafael se dirigieron al mercado informal de Tacora, en el distrito de La Victoria, donde se conseguía de todo a precio reducido. La única complicación era que también estaba infestado de delincuentes que robaban con violencia a los desprevenidos clientes. No era el caso del grupo de Rafael que marchaba con su tío Luis a la cabeza y que además portaba una barra de acero en su mano, con la cual hubiera partido en dos a cualquier pillo.

Tras unas consultas llegaron al área donde vendían las herramientas y tras mucho regateo e inspección de estas por Luis, que conocía su manejo, compraron el martillo hidráulico. Tomaron el autobús de regreso a casa y durante todo el viaje Rafael no dejaba de revisar el martillo ante la risueña mirada de su padre y su tío.

El día que Don Antonio regresó a terminar su trabajo no le dijeron nada y cuando hubo concluido y estaba observando su obra lo llamó Rafael a comer. Al terminar junto con sus padres y hermanos le entregaron el martillo hidráulico.

–Tranquilo Antonio este es un obsequio de mi hijo y de muchas personas. El día que te vio llorando me preguntó por qué pasan estas cosas, le expliqué de que los estudios que tú perdiste sirven para que las personas progresen, sea el campo que sea, técnico, artesanal, cualquiera, los estudios ayudan a que uno tenga un mejor ingreso económico y pueda hacerlo sin romperse el lomo como tú bien dijiste.

Lamentablemente –añadió el tío Luis que también estaba presente– no todos lo logran, pero mi sobrino nos ha demostrado que entre todos podemos ayudarnos. Yo como profesor he visto muchos casos de superación en medio de la crisis que nos embarga. Esta herramienta puede ser el comienzo para independizarse, tomar unos cursos de noche, poner su pequeño negocio, nunca es tarde para estudiar don Antonio.

El obrero había estado callado, con el pelo revuelto, las profundas arrugas lo envejecían prematuramente y contrastaban con sus fornidos músculos bajo su tostada y curtida piel.

Señores -dijo emocionado- sinceramente no esperaba esta ayuda, la recibo en nombre de mis hijos y creo que solo puedo agradecerles realizando los buenos deseos que ustedes me brindan, sí ¡voy a estudiar! verdaderamente, para el estudio y comprender a nuestros semejantes, nunca es tarde.

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