Nostalgia

No sé cuándo ni cómo los recuerdos afloran recordando la lejana patria pero, si conozco sus efectos, unas lágrimas melancólicas como quién no quiere la cosa o un vacío sordo, inútil, que te abofetea a destiempo. Sea como sea, paseaba con mi perro-lobo por ese parque helado de árboles sin hojas, y la nieve congelada crujía a cada paso que daba. Con cinco décadas bien llevadas, tenía la fuerza para controlar a mi perro que perseguía unas despavoridas y veloces ardillas, espantando también a los pequeños patos de cabeza verde que no migraban al sur. Bordeaba ahora el congelado lago pero mis pensamientos vagaban por los cálidos recuerdos de mi tierra natal, tan lejana en el espacio y el tiempo.

Recordé cuando estrenaba, fresquecitos, mis quince años, paseaba otro perro-lobo, nunca he concebido la idea de tener otra clase de perro. Todavía había un cierto aire de inocencia sobre mí y mmi país. La corrupción, el narcotráfico y el terror todavía no se habían cebado con nosotros. El inmenso parque de árboles siempre verdes reverbera la luz del sol, que brilló más al reflejarse en el cabello de ese ángel sentado en la banca solitaria. Tifón se desvió hacia la visión que sin miedo acarició su cabezota, mi fiel amigo, meloso, empezó a lamer su pequeña mano.

-¿Cómo se llama? –La voz de esa joven, un poco mayor que yo, refrescaba.
-Tifón-dije- se ganó ese nombre ¡arrasa con todo!
-¿No lo entrenaron de cachorro?
-Todos sus maestros se retiraron escaldados.-Sonrió al escucharme y me pareció que ese rostro de ojos de sueño y cabellera larga empezaba a infiltrarse, no sé en que parte de mis adolescentes años.
-Vives por aquí.
-En el complejo habitacional donde comienza el parque ¿y tú?
-En los chalets donde acaba, recién llegué con mi familia del interior.
-Bienvenida, vas a estudiar por aquí.
-Ya terminé la secundaria, voy a postular a la Universidad al fin de verano y tú.-Quise que me tragara la tierra, era un pichón a su lado.
-Me faltan dos años para terminar la secundaria ¿qué vas a estudiar?
-Docencia, siempre quise ser maestra.
-Te deseo mucha suerte, el examen es fuerte y postulan muchos para pocas plazas.
-Lo sé, en este parque descanso, estoy estudiando intensivamente. Bueno tengo que regresar a estudiar quizás nos veamos otra vez, me llamo Giuliana.
-Andrés a sus órdenes-calcaba sin vergüenza las maneras de saludar de mi padre- yo siempre paseo a mi perro por este parque, nos vemos. -La vi alejarse con una inquietud que no había sentido antes, ni siquiera por Rosario, de la que yo aseguraba que iba a ser la mujer de mi vida.

Nunca olvidaré esas vacaciones, más encuentros, más conversaciones “casuales”. Comenzábamos a pasear a Tifón alrededor del parque. Afortunadamente era más alto que ella y esto compensaba un poco mi minoría de edad. Añádase que estaba un poco atlético, compitiendo con mis amigos en las barras fijas había desarrollado unos buenos pectorales. Lo cierto es que la cosa siguió un camino sin frenos, misma película. Fui presentado en casa como el amigo que le ayudaba tomándole simulacros de exámenes, consejero acerca del barrio, la ciudad y más. Yo me comportaba a la altura de mis tres lustros o sea con una completa ignorancia de lo que debía y no debía hacer.

Hasta que toda la familia retornó a Talara para una fiesta y Giuliana se quedó a afinar sus conocimientos. Y yo seguía tomándole preguntas acerca de la Revolución Francesa cuando me sentí abrazado y besado. Todo mi ser se estremeció y temblando pero sereno dejé que las hormonas y la pasión hicieran el resto. Siguieron más días de sorpresas que me supieron a un paraíso adelantado. Salí bien pese a las circunstancias de tener que improvisar en todo. Especialmente ante el continente de su cuerpo desnudo, en el que casi a diario descubría nuevas costas, ínsulas y bahías de las que tomaba posesión para mi estandarte flameante, de estreno.

Los restaurantes populares y los cines del centro se acostumbraron a nuestra juvenil presencia, muy en especial doña Encarnación y su dulcería El primer suspiro, que nos reservaba siempre un pedazo de turrón extra y gratis. O don Pedro un atento mozo del restaurante La torre, donde el lomo saltado era nuestro plato y él se encargaba que lo dieran bien servido.

Las largas caminatas por la ciudad eran nuestra felicidad. Ella era muy estudiosa, pasó el examen y comenzó su primer año de Universidad mientras que yo entraba al penúltimo de la secundaria. Yo no sabía entonces que los amores que como el nuestro tenían esa diferencia de edades, acababan la más de las veces tan rápido como empezaban. Y so pretextos de estudio de ambas partes se fue enfriando esa pasión tan fogosa como tempranera, pese a que yo hice todo lo posible por evitarlo y supongo que ella también. Luego vino la beca al extranjero, la tibia despedida y dos o tres postales antes de que el olvido cerrara las cortinas de nuestro acto.

Hoy con el frío que calaba hasta los huesos y caminando con mi medio siglo vi una solitaria banca congelada y desierta, sin ángeles esperando, fue esta banca que detonó el gatillo de mi memoria y sacó del baúl de los recuerdos esta tierna historia. Pensé que a mi edad el amor ya no espera, hay que salir a buscarlo. Lobo me despertó de mi ensimismamiento, presuroso quería dirigirse a una dama de larga cabellera que bien abrigada venía en nuestra dirección, paseando un perrito negro y lanudo.

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