Más alla del honor (primera parte)

“Se lo aseguro teniente. Habían desembarcado cerca de mi hacienda, a orillas del mar. Alrededor de mi casa vivían treinta familias de trabajadores. Los marinos aparecieron de madrugada, saquearon las viviendas y algunos además del pillaje intentaron forzar a las mujeres. Pude escapar con mi esposa y mi hija, con un solo caballo. Estábamos por llegar a una peña para escondernos cuando se dieron cuenta de nuestra huida. Tres marinos consiguieron montarse a caballo y seguirnos. Mientras mi esposa y mi hija montaban y escapaban, me quedé a tratar de cubrir su fuga. Ellas nerviosas no controlaron bien al animal y rodaron al suelo. Corrí a socorrerlas en el momento que ellos llegaban. Me derribaron de un culatazo en la cabeza y desde el suelo ví todo antes de desmayarme. 

Mi esposa agarró una roca y logró herir a uno en la cabeza, el maldito le descerrajó un tiro en le pecho. Los otros dos habían logrado sujetar a mi hija y la iban a violar, intenté levantarme, pero caí de nuevo. Fue cuando oí los tiros.

Fueron cayendo muertos o heridos, uno a uno, no pudieron realizar su cobarde acto. El tirador bajó de la peña donde estaba emboscado, uno de los marinos solo estaba herido y trató de usar su revolver, el tirador le reventó el pecho de un escopetazo, comprobó que los otros dos estaban muertos y vino a ayudarnos” 

Enrique Izaguirre contaba la historia en una caleta pesquera ante un grupo de marinos que buscaban información de la flota enemiga. El teniente, de vez en cuando me observaba, y yo permanecía parado en actitud de firmes esperando la respuesta. 

“Luego -continuó Izaguirre- me subió a un caballo, ayudó a mi hija a subir a otro y él cargó a mi esposa agonizante en el tercero. Cuando estábamos seguros de que no nos alcanzarían, paramos a auxiliar a mi esposa. La vida se le iba por la herida, murió al poco rato bendiciéndonos… estamos huyendo desde hace una semana, costeando el mar, con mucho cuidado para no toparnos con una patrulla enemiga. Vimos su navío en este puerto y al observar que eran peruanos nos acercamos. Lo único que él quiere -dijo señalándome- es integrarse a la defensa de su patria”. 

El teniente me miró fijamente frotándose con furia el mentón: “¿De dónde viene y cómo es que estaba ahí tan oportuno para ayudar a estos ciudadanos?

-Me llamó Daniel Peralta y llegué a Lima desde Europa. Al desembarcar, quise enrolarme, pero ya el ejército y todos los navíos habían partido hacia más de cuatro meses. Nadie quería navegar al sur, pues la escuadra chilena estaba muy activa. Por mi cuenta me agencié de un caballo y a marchas forzadas busqué llegar al frente cuanto antes. Fui reemplazando caballos en la ruta, la gente al enterarse que iba a pelear contra los invasores aceptaba el cambio de buena gana, el último se quebró la pata y tuve que sacrificarlo. Siguiendo el litoral, divisé el navío cerca del villorio, me acerqué y pude ver impotente el vandalismo del enemigo. En eso escuché gritos de mujeres y un tiro. Me asomé y vi lo que esos malditos trataban de hacer, el resto ya lo contó don Enrique.

El teniente caminó alrededor mío por dos veces, escrutándome. Inmutable permanecí en posición de firme.

–¿A qué se dedica?

–Soy escritor.

–¡Ah!… Admito que a veces la pluma es tan devastadora como los proyectiles, pero a donde quiere ir las musas descansan y las balas parlan.

-Disculpe teniente -interrumpió don Enrique- los tres enemigos que quedaron en el camino, en especial el último le podrían dar fe, si pudieran hablar sus fantasmas, de que este señor es tan bueno con la pluma como con las armas.

El teniente sonrió. Aproveché para decir: “Señor, el deber imperioso de defender a mi patria de este vil ataque es lo que me lleva al frente. Si por ventura usted no me puede dar pasaje en su navío, lo entiendo, pero mi deber es seguir adelante, aunque sea caminando”. 

El teniente enarcó las cejas admirado “Soy el teniente Diego Ferré, y tengo una idea, síganos…Mire Daniel desembarcamos por noticias de la escuadra chilena. Sabemos que han juntado una inmensa flota de transportes, blindados, cañoneras y corbetas, con el solo objetivo de cazarnos. Le podemos transportar a un puerto del sur. Lo que no le puedo asegurar es cuándo lo podremos desembarcar, pero si le puedo asegurar que con la inmensa flota buscándonos, la posibilidad de que nos ataquen pronto es inminente, usted dirá si aún quiere embarcar con nosotros”.

–Si teniente, ahora mas que nunca.

–Pues andando amigo.

–El Huáscar -me decía el teniente Ferré- desplaza 1180 toneladas, tiene 220 pies de largo y 36 pies de ancho es muy maniobrable y contamos con 5 cañones y 200 tripulantes al mando de nuestro Almirante Miguel Grau. Se lo presentaré en cuanto tenga oportunidad. Podrá usar para pernoctar este compartimiento junto al camarote de oficiales e ingenieros. Guardaré su rifle y cuando desembarque se lo devolveré. Puede pasar al comedor he dado orden de que se le atienda, con permiso.

Caminé respetuoso por el buque, como si estuviera dentro de un templo. Pues eso era, un templo al valor representado en sus tripulantes que, sabiendo que el fin de sus días estaba quizás al voltear un promontorio, no se arrendaban y cual guerreros antiguos, anacrónicos, miraban sin temor su futura tumba, el inmenso mar.

En cubierta, observando el océano recordaba lo que había conversado con Don Enrique acerca de las hazañas del Huáscar. Estas eran tan famosas que eran seguidas desde los Estados Unidos y Europa, era admirable que un solo buque de guerra hiciera imposible el desembarco de toda una flota de guerra. “Parecía tener el don de ubicuidad –me contaba don Enrique– aparece de la nada hunde o captura barcos, bombardea guarniciones enemigas, eso si, solo militares, nunca ataca inocentes civiles e incluso rescataba enemigos de los navíos que hunde. Como del Esmeralda, donde rescató 60 marinos y mandó las pertenencias de su difunto capitán Arturo Prat, a su viuda y con una carta de condolencia, que reafirma su sobrenombre de Caballero de los Mares”. Pasaron así cinco días en los que pase en perfecta camaradería con la tripulacion. Esperaba la ocasión en que me dejaran en Arica u otra plaza cercana y ofrecer mis servicios a la defensa nacional.

Observaba las islas guaneras que abundaban cerca del litoral y sobre el desierto las salitreras del territorio boliviano capturado. Inmediatamente regresaban a mis pensamientos las reflexiones de don Enrique, de que esta guerra estaba cantada. Bolivia, inerme, había aceptado que Chile administrara sus recursos y al quererles cobrar impuestos este se negó y avalado por Inglaterra la invadió y le quito su litoral. Ahora se disponían a hacer lo mismo con nosotros por tener un tratado defensivo con Bolivia. El Perú no contaba con buques, tropas, ni municiones para hacer frente a esta guerra. Los gobernantes peruanos por negligencia o peculado no habían armado bien a su flota. Lamentablemente el único que iba a comprar buques más poderosos para el Perú, el presidente Balta, murió asesinado en una revuelta. Y ahora Grau con sus 200 hombres, eran el único escollo, que debería ser fácil de vencer. Pero contra todo pronóstico no lo lograban e incluso fue causa de renuncia del gabinete chileno, al fracasar en su intento de destruir al Huáscar.

Había escuchado que tras varias marchas y contramarchas nos dirigíamos a Arica y llegaría la hora de despedirme. La costa se veía difusa y trataba de ver alguna población cuando me tocaron el hombro, era el teniente Ferré: “Amigo Daniel, el Almirante lo recibirá por unos minutos, sígame por favor”. Llegamos a su camarote, todo estaba ordenado meticulosamente y resaltaba el brillo y la pulcritud del mobiliario. En sitio preferencial destacaba el cuadro del Almirante, su esposa e hijos.

–Amigo Daniel, el teniente Ferré me contó su acción frente al abuso del invasor, loable su actitud.

–Gracias Almirante.

–Y que le hizo cambiar la pluma y Europa por el revolver y estas soledades.

–La patria atacada, señor.

–Bien, bien respondido, necesitaremos de muchos valientes para oponernos a esta colosal invasión.

–Mientras estemos dirigidos por hombres como usted nunca conoceremos la vergüenza, señor.

–Escribirá usted algún día esta campaña por la patria supongo.

–Si señor, pero ahora mi deber es defenderla con honor.

–No Daniel, yo insistiría en más. Más allá del honor, esa es la única manera de vencer, ahora si me permite…

–Con permiso mi Almirante–. Le estreché la generosa diestra y salí con el pecho henchido de orgullo, trasmitía el Almirante el optimismo y el valor con una naturalidad sorprendente.

Me retiré a mi compartimiento, necesitaba escribir. Al pasar por la cubierta vi a nuestro costado a la corbeta Unión que nos acompañaba en la ruta. El sol se ocultaba en el horizonte, ese martes siete de octubre de 1879.

A las 3 y 30 de la madrugada me despertaron los gritos de alerta, subí medio dormido. Se había avistado buques enemigos, La Unión y el Huáscar tomaron maniobra evasiva hacia el norte. A las 5 y 40 escuché que habían sido identificados los buques que nos perseguían eran el blindado Blanco Encalada, la goleta Covadonga y el carbonero Matías Cousiño.

Noté que las distancias se mantenían y hasta aumentaban, lo cual era alentador, pero a las 7 y 15 se avistaron otros tres humos en la misma dirección hacia donde navegábamos y fueron identificados el blindado Cochrane, la corbeta O” Higgins y el transporte artillado Loa. Estábamos rodeados, solo quedaba un espacio directo al norte para escapar. Había estado desde el principio cerca de la torre de mando y escuchaba las directivas emanadas del Almirante y escuché que con pasmosa tranquilidad decía lo siguiente: “No podremos escapar, pero la Unión si puede, de la orden de que escape al norte y combata en otra ocasión más favorable. Nosotros amigos preparémonos a dar cara pelea, por la Patria y que Dios nos de la fortaleza”. Vimos alejarse a La Unión y los seis navíos chilenos acortaron la distancia para atacarnos… (Continuará)

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