Más allá del honor (segunda parte)

En el tumulto de los marinos que se preparaban en sus puestos para enfrentarse en combate, se me acercó el teniente Ferré, “Amigo Daniel tome su rifle, lo va a necesitar, lamento que no logramos desembarcarlo en algún puerto para que llegase al frente”.

–Teniente, estoy en el frente, y es un honor para mi poder batirme al lado de ustedes. 

Me cuadré militarmente ante él, “Prepárese amigo, ¡por Dios y la Patria!”, lo vi alejarse a la torre de mando, en donde el Almirante Grau impartía las instrucciones para enfrentar a la flota enemiga.

El buque peruano monitor Huáscar de 1,180 toneladas y cinco cañones de diverso calibre entraría en un desigual combate contra la flota chilena, compuesta por seis buques: dos poderosos acorazados que tenían el doble de blindaje y una goleta, que en conjunto superaban las 7,500 toneladas, un total de 47 cañones, seis ametralladoras y ocho tubos lanzatorpedos. Apoyados además por una cañonera y dos transportes.

A las 9 y 25 de la mañana del 8 de octubre de 1879, encontrándonos a la altura de Punta Angamos, a cinco millas de la costa boliviana ocupada, comenzó el combate. El Almirante Grau ordenó disparar contra el Cochrane que se nos venía encima, los disparos rebotaban en su blindaje sin hacerle daño. 

A las 9 y 40 ya a 200 metros el Cochrane nos cañoneó, pero nuestro comandante con hábiles maniobras evitó los daños y atónito observé que lo embestíamos, pero este más veloz evitó la colisión por pocos metros. No pudimos evitar que al fin los tres barcos estuvieran a tiro y nos cayó una lluvia de proyectiles mucho más potentes, que sí traspasaron nuestro delgado blindaje. Las explosiones remecían la nave y se desataron varios incendios. Vi que un disparo de nuestros cañones entró a través de una apertura, en una caseta del Cochrane, explotó y mató a todos los que ahí estaban.

Luego nos volvieron a rodear y el Huáscar disparó contra el Blanco Encalada y casi lo embiste, pero escapó por su velocidad. Seguíamos disparando a ambos lados, pero nuestros proyectiles rebotaban en los blindados. Desesperado por hundir al Huáscar el Blanco Encalada casi colisiona con el Cochrane. 

Seguían cayendo proyectiles que explotaban de una manera espantosa. Me cubrí lo mejor que pude de las andanadas, cuando cesaban me asomaba y disparaba tratando de dar a un enemigo, pero al instante obtenía una graneada respuesta de metralla.

A las 9 y 50 los cañones principales son dañados por devastadoras explosiones, pude ver que sus ruedas giratorias se trababan con muertos y heridos. La sangre corre como riachuelos por la cubierta, otra explosión destroza el mecanismo de maniobras y por unos minutos quedamos al garete, hasta que se restablece la guía del barco manualmente por órdenes que se trasmitían desde cubierta por mensajeros.

Estaba mirando a la torre de mando y vi que el Almirante Grau le daba un apretón de manos al teniente Ferré a través del enrejado. Casi de inmediato un proyectil impactó de lleno en la torre. Caí sentado abrazando mi fusil, desesperado busqué al Almirante, no lo vi, ¡el proyectil lo había volatizado!, y el teniente Ferré yacía moribundo, me acerqué a tiempo de ver el último brillo de sus ojos, “¡Por Dios y la Patria!”, seguro que fue su último pensamiento, lo bajaron agónico y en los ojos del médico vi que ya no se podía hacer nada. 

Cargué mi fusil y subí a cubierta, sin importarme ya las balas que silbaban a mi lado apunté y disparé hacia el Cochrane y pude ver a un enemigo caer y seguí disparando hasta que un proyectil explotó en la torre, matando al capitán Elías Aguirre que había tomado el comando del Huáscar. Fue reemplazado por el teniente Melitón Rodríguez que igualmente fue muerto. A estas alturas el Huáscar no tenía control al haber sido dañadas la dirección y no había ningún lugar del navío que no hubiera sufrido daños. Los cuerpos de muertos y heridos llenaban la cubierta, pero el Huáscar no se rendía. El pabellón cortado por las balas cae a cubierta y es recogido por el teniente Enrique Palacios y pese a que le disparan a mansalva y varias balas lo atraviesan consigue izar la bandera nuevamente, ¡el Huáscar no se rinde! El teniente Pedro Gárezon ahora al mando intenta con gesto de gigante herido embestir al enemigo, pero ya el barco es un ataúd flotante lleno de incendios y con todos los cañones inutilizados.

El humo de los incendios dificultaba la visión. Los impactos de las ametralladoras y fusiles batían inmisericordes la cubierta llena de muertos y moribundos. Los que nos podíamos parapetar respondíamos el fuego con fusiles, incluso vi marinos que disparaban sus revólveres a falta de todo. Los blindados se aproximaron cuando el Huáscar agónico trató de embestir una vez más, pero sin dirección, fue inútil el heroico intento.

Escuché que era inminente que se diera la orden de hundir el malogrado navío, me asomé y desde mi posición pude herir a dos enemigos del Cochrane que cayeron sobre cubierta. Me disponía a disparar de nuevo cuando una tremenda explosión ocurrió debajo de mis pies, me vi elevado, perdí el paso y caí al mar.

Me hundí en las frías aguas, logré salir a flote, fuera de las heridas que ya tenía en la cara, parecía estar bien. Me agarré a un pedazo de bote salvavidas y pude ver, pese al espeso humo, que el Huáscar se estaba hundiendo, ¡habían dado la orden de abrir las válvulas!, el barco se detuvo y se hundía, sin rendirse.

Yo agarrado al madero sentía que era llevado paralelo a la costa por una fuerte corriente y me fui alejando del escenario del combate. Pude ver que unos botes se dirigían a abordar el monitor. Los marinos del Huáscar estaban imposibilitados de evitarlo por las ametralladoras y fusiles que les disparaban desde los blindados.

Había comenzado a alejarme rápidamente y ya no podía ver los detalles. Pero si el cuadro panorámico del escenario de seis navíos cerniéndose sobre el Huáscar, pude aún ver que otros botes abordaban el malogrado barco y trataban de apagar los incendios. 

Ya a una apreciable distancia del lugar del combate vi que me acercaba a un promontorio que se adentraba hacia el mar. Sentí que el madero se hacía más resbaloso y que mis brazos y piernas comenzaban a entumecerse. Hacía esfuerzos supremos para no soltar mi tabla de salvación, pero me di cuenta de que no lo lograría y menos nadar hasta la costa. En la lejanía un humo oscuro indicaba el lugar de la epopeya. Recé una plegaria por mi patria y por mi alma, ya no podía sostenerme más, mis dedos se aflojaron y el agua me cubrió. Miraba la muerte, cuando sentí que me agarraban del cuello y me subían. Salí a superficie y con desesperación el aire entró de nuevo a mis pulmones. Un joven me mantenía a flote y me acercaba a un bote donde un anciano y él me ayudaron a subir pese a lo pesado de mis ropas mojadas.

–¡Gracias, muchas gracias! – dije cuando pude respirar bien.

–Somos pescadores bolivianos, ¿y usted? – me preguntó el anciano.

–Soy peruano– dije con recelo.

–Tranquilo, no somos espías –replicó el anciano– me llamo Adrián estamos haciendo nuestra última pesca, el hostigamiento chileno es mucho, regresamos a territorio boliviano libre. Estos pescados nos servirán para el viaje, este es mi hijo Pedro el menor, el mayor Alberto se me fue con las fuerzas de resistencia de Eduardo Avaroa, cuando ya teníamos el salvoconducto para los tres.

–Me podría decir cual es la mejor ruta para regresar al Perú– dije, pues lo único que quería era regresar a pelear por mi país.

–Podría llegar atravesando el desierto hacia Potosí y de allí por el Desaguadero al Titicaca, pero es una ruta muy complicada podría morir de calor en el desierto o congelado en la puna. A menos que venga con nosotros, podría pasar como mi hijo Alberto. Lo llevaría por la costa lo más al norte que podamos, antes de salir de territorio ocupado para entrar a Bolivia libre, de allí le sería más fácil para usted llegar al sur de su país, a Tarapacá o Arica.

–Gracias don Adrián.

–Usted sobrevivió al combate, ¿no?, vimos el humo y escuchamos el cañoneo por dos horas.

–Sí– dije, y sin poder controlarme un llanto callado y convulsivo me invadió. Recién comprendía la magnitud del desastre, la muerte del Almirante Grau, del teniente Ferré y de todos los valientes oficiales y marinos defendiendo heroicamente a su patria. La pérdida del Huáscar haría posible al fin la invasión terrestre, que el monitor épicamente había evitado por seis meses contra una flota más poderosa y numerosa. 

Don Adrián y Pedro, comprendiendo mi dolor remaron silenciosos a la costa. Salaron los pescados y me enseñaron su aldea abandonada. Luego de ocho días, pusimos los pescados, agua en garrafas y las pocas pertenencias que teníamos en un modesto carromato tirado por un caballo viejo y famélico, razón esta por la que no se lo hubieran expropiado los invasores. Don Adrián subió al carromato y guiando al rocín inicio la marcha. Pedro y yo lo acompañábamos al lado caminando.

El calor del desierto era abrasador y viajábamos temprano y tarde, descansando a mediodía debajo del carromato.

–Desde Antofagasta hasta Iquique el agua es escasa, hay que racionarla. Ya lo sabe si somos interceptados usted es mi hijo Alberto– me dijo don Adrian.

Al pasar las salinas vimos la gran actividad de los chilenos que extraían el salitre. Recordé que había escuchado a don Enrique Izaguirre en nuestras correrías antes de tomar pasaje en el Huáscar: “La codicia por el salitre y el guano ha desencadenado este conflicto y es para exportarlo a las colonias británicas que son los que financian esta guerra. En el campo militar, al dotar a Chile de la flota mas poderosa de Sudamérica solo superada por la brasileña. Y en el de inteligencia, al ayudarlo con el bloqueo de la compra de navíos, armamento y municiones para Perú, utilizando para tal efecto sospechosas revueltas, espionaje y gobernantes peruanos negligentes en prepararse para la defensa”.

Todo el telón quedaba ahora develado. Estábamos inermes y pese al arrojo de nuestros hombres no teníamos ya navíos ni municiones. Pero sabía que en todo el país había patriotas que pelearían hasta el último aliento para contener la terrible invasión que se avecinaba, y a mi me urgía reunirme con ellos.

Pasamos Cobija, Tocopilla y luego nos internamos al noreste hacia la cordillera andina, hacia Bolivia libre. Al llegar al río Loa nos despedimos.

–Siga el río al norte, Daniel –me dijo don Adrián– y llegará a Tarapacá. Dios esté con usted y su país.

–Igualmente don Adrián, Pedro buena suerte, que Dios los bendiga.

Nos abrazamos y los vi alejarse hasta que los perdí de vista. Me volví y vi el sol ocultándose en el horizonte y siguiendo el curso del Loa me dirigí a territorio peruano, la guerra aún no había acabado para mi.

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