Lass cosas buenas que tiene la vida

A Francisco, la permanente sonrisa se le había escapado hacia ya mucho tiempo de la cara.

Estaba en la súper carretera 91 viajando de Hartford a New York. La vía estaba congestionada como siempre, llena de autos y camiones, con choferes que nunca podían perder un segundo en su vida y por ende les importaba poco perder la vida en un segundo. Conducía apenas prestando atención para no chocar, preguntándose por enésima vez en los últimos 20 años, ¿qué carajo hacía allí?

Había llegado a ese país de ensueño escapando de una severa crisis económica y política de su país, que luego desencadenó en una guerra, pero que a los pocos años de su arribo se resolvió. Hace tiempo que hubiera podido regresar a su patria, ejercer su profesión, claro que no ganaría lo que ya estaba ganando en la poderosa nación, pero tendría la sonrisa a flor de piel, como antes. Las mejores cosas de la vida, las buenas de verdad, no las consigue el dinero, ni el afán de consumo desorbitado que aquejaba a todos por igual en la gran nación que lo albergaba. Ya no era cubrir sus necesidades básicas y desarrollarse en un ambiente de moderación, sino mas bien una encarnizada lucha social de apariencias.

Una lucha donde desgraciadamente el ser humano había pasado a un lugar secundario reemplazado por casas, autos, propiedades y bienes. La esencia misma de una persona: virtudes, inteligencia, honor, talento, incluso el amor eran irrelevantes si no producían un provecho económico. Recordó una frase que escucho en una misa hacía mucho tiempo: “Vi mendigos vestidos como reyes y vi también príncipes vestidos de mendigos”. 

“En mi país -pensaba- se vivía recontra fregado, pero siempre había tiempo para sonreír y compartir, aunque sea un ¡buenos días!”.

–¿Qué carajo hago acá? – Se repetía una y otra vez Francisco, manejando a recoger una mercadería para su trabajo.

Definitivamente su esposa y sus hijos eran su motivación primaria. Se desvivía por ellos, siempre. Por los niños desde que eran pequeños hasta al son de ahora que ya cursaban estudios universitarios. Lamentablemente el sistema los envolvió. Las enseñanzas del padre de una vida moderada que a él le habían inculcado se esfumaron en la búsqueda del mejor auto, la mejor computadora, la mejor casa. Desestimando lo que ya tenían en un afán ciego de “prosperar”.

Francisco fuerte y trabajador, empezó a sentir la pegada física y emocional de tanta sin razón. Se dio cuenta que, si en esos veinte años no hubiera habido en algunos de sus familiares y amigos la misma conexión para ver las cosas a la luz de lo que él llamaba la realidad real, ya habría enloquecido o sufrido un ataque de apoplejía. Sin embargo, hacía un año que el afán enardecido de poseer que aquejaba a los seres queridos que lo rodeaban, lo habían afectado seriamente. Su familia ya no compartía como antes, había cosas más importantes que hacer para “progresar”. Muchos de sus amigos, de verdad, habían sido tragados, al igual que él, por el sistema ineludible. Tenía que conseguir más para pagar cosas que no eran necesarias. Robar el tiempo a las tres pasiones que lo mantenían vivo a los 48 años: leer, escribir y jugar un buen partido de fútbol. Sonó su teléfono celular.

–Aló, Pancho.

–Si. Pedro ¿cómo estás?

–Bien Chochera ¿qué pasa, estás perdido? te invitamos a jugar y siempre estas ocupado, antes peloteabas, aunque sea una vez a la semana.

–¡Bien que quiero ir, pero ya sabes la chamba, la familia!

–¡Pero tienes que pensar también un poco en ti!

–Ya quisiera brother, pero así son las cosas

–De todas maneras, te aviso, jugamos el jueves, a las cuatro, en East Hartford.

–Trataré de ir amigo.

–Eso espero, Pancho, eso espero, nos vemos.

Francisco colgó y las imágenes de partidos de fútbol (le dicen soccer aquí) pasaron por su mente. Desde que era niño jugaba en su barrio en su colegio. Y cuando quería jugar y no estaban sus amigos iba a la cancha más cercana y con sus zapatos de juego en la mano se sentaba viendo el partido. Al poco rato alguien le decía, “quieres jugar flaco”. Así de fácil era la cosa. Afortunadamente desde que emigró siempre había encontrado amigos para jugar. Y al igual que él, usaban el fútbol para perpetuar su vivencia de la patria lejana, y al mismo tiempo como carta de presentación para conocerse entre ellos. Eso es el fútbol, un idioma universal que une a todos los países del mundo, sin excepción. 

El jueves trabajó desde temprano para poder ir a jugar el partido tantas veces postergado. Hace tiempo que se sentía mal, se agitaba, a veces se le cortaba la respiración, tenía palpitaciones, caminaba despacio. No le importó, “si algo me pasa, que me pase haciendo lo que más me gusta”, pensó. También había estado leyendo y escribiendo mucho en los pasados días, robándole horas al sueño. Publicaba sus cuentos en un periódico local y aunque no le pagaban ni de lejos lo que merecían sus cuentos, le daban al menos la ilusión que tiene todo escritor, más aún que la remuneración económica, ser leído.

El jueves llegó temprano a la cancha, no había nadie.

–¡Aló, Pedro, estoy acá y no hay nadie!

–¡Qué sorpresa Pancho! pensábamos que no vendrías. Ahí vamos, ya todos los muchachos confirmaron su asistencia, anda calentando, desempólvate.

Francisco se rio en silencio, desempolvarse, botar la polilla, sacar el óxido. Todos los que vendrían tenían entre 18 y 29 años. Al lado de ellos él era una reliquia, pero jugaba y corría al ritmo de todos, que lo habían llegado a apreciar y siempre lo llamaban. Claro que no era una super estrella, pero ponía el corazón en el juego, vivía el partido.

Llegaron los muchachos, mientras calentaban, Francisco sentía fatiga, pero no se retiraba, la bola salió de la cancha y cayó en medio de un charco formado por las recientes lluvias. Francisco fue a traerla, la sacó y al devolver la pelota al campo pateó tan mal que ésta volvió a caer al charco. Los muchachos se rieron y le dijeron de todo. Él lo tomo con calma, la edad serena los ánimos. 

Comenzó el partido. Se olvidó de todo, marcó a los delanteros, atacaba y disparaba a la portería contraria, estaba en todos partes.

Pateaba desde todos lados al arco hasta que entro su primer gol, se le escapó de entre las manos al arquero por la fuerza del disparo. Luego de una media hora disparó un violento remate, en primera, que tras pegar al travesaño entró al arco. Segundo gol, un golazo.

–¡Pancho, qué lechero que eres, fue una jugada de suerte, un champazo! Te apuesto que no haces más goles –le dijo Rigoberto el portero que no pudo evitar el tanto y hablaba mas con el hígado que con el corazón

Veinte minutos después Francisco recibió un pase por alto hizo un amague, los defensas pasaron de largo y disparó a espaldas de todos, su tercer gol.

–Y que dices ahora Rigoberto –dijo Francisco.

El muchacho que tenía la mitad de los años que él, calló y siguió jugando.

El partido se puso emocionante el marcador cambiaba rápido a favor de uno y del otro equipo, hasta que igualaron 6-6. A Francisco todo el malestar se le había ido, bajó a su área y defendió el empate con los dientes.

Habían jugado más de dos horas y hubieran jugado más de no ser que la noche llegaba a pasos acelerados y apenas si se distinguía el balón.

Se sentaron a comentar el partido, aunque hacía frío no lo sentían, la jornada había sido ardiente.

Francisco se sentía rejuvenecido, siendo aceptado y felicitado por la jornada que le pagaba haciéndole pasar el malestar que lo había aquejado por tanto tiempo. A la vez le devolvía la comunicación con el mundo real. Mundo donde existe la camaradería antes que la individualidad. Camaradería en un mundo donde muchos jóvenes vivían solitarios y deprimidos, los ricos al tener todo se refugiaban en el alcohol y la droga y los pobres al no tener nada se refugiaban en el alcohol y la droga. La juventud igualada en el vicio, mientras el gobierno en vez de educarlos estaba más ocupado legislando en contra de la estabilidad de las familias, en especial de sus miembros más vulnerables.

Pero ese partido de fútbol, al igual que las lecturas y los cuentos que escribía lo habían regresado a la vida. Pensó en las cosas que por su simpleza pasamos inadvertidas cada día: El amanecer, los árboles llenos de aves cantoras, la sonrisa de un niño, la mirada de un joven y una joven enamorados, el amor incondicional de un padre y una madre, el sol, la luna y las estrellas, la naturaleza entera, el ser humano en su verdadera dimensión creadora.

Se sintió reconfortado manejando a su casa, estaba curado, las tensiones que se habían acumulado sobre su espíritu y que lo hacían sentir enfermo, se desvanecieron al haber compartido con sus amigos, las cosas buenas que tiene la vida.

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