La conspiración perfecta.

Eran las cinco de la mañana y el capitán David Dorn ya estaba levantado como era su costumbre, su esposa todavía dormía y no la molestó. Se bañó, arregló y vistió rápido, era su rutina desde que se enroló como cadete de la policía en Saint Louis Missouri, hacía ya más de medio siglo de eso. La marcialidad de los entrenamientos lo fascinaron desde su adolescencia hasta ahora que le faltaba poco para cumplir los ochenta años. Y esa disciplina incluía no perder el tiempo, sino tener siempre minutos extras disponibles. Se dirigió a la cocina y preparó un café y un sándwich para su esposa. Luego salió, encendió su auto y la radio.

Desde hacía siete días el país estaba envuelto en un caos nunca visto desde su fundación, el 25 de mayo un policía blanco había asesinado en Minneapolis, Minnesota al ciudadano afroamericano George Floyd mientras lo detenía. Todo fue filmado generando una gran indignación que se transformó en vandalismo. Escuchaba los informes de los últimos destrozos, incendios y saqueos. Ardían por igual cuarteles de policía, autos patrulleros, negocios de corporaciones y de pequeños negociantes, se incendiaban y vandalizaban iglesias, monumentos, vehículos, propiedades públicas y privadas nada escapaba a la destrucción de las hordas de vándalos en todo el país desde Los Ángeles a Boston y desde Miami hasta Seattle. Las marchas de protesta comenzaban pacíficas, pero se tornaban generalmente violentas.

Siempre llegaba primero al Dunkin Donuts donde se reunía con sus amigos. Pero vio que ya estaban en la mesa su antiguo jefe de policía Arthur Orwell, retirado al igual que él y el predicador bautista Michael Bradbury.

−Hola Capitán, te ganamos− dijo Michael− ven ya tenemos tu café.

−Este lugar abre a las seis ¿estaban esperando en la puerta? −dijo el capitán David con su emblemática sonrisa que iluminaba cualquier lugar, los saludó y se sentó en su silla de costumbre.

−Así fue amigo−dijo Arthur− no puedo dormir bien y vine acá en vez estar en casa desvelado y me encontré a Michael que ya esperaba. La ciudad está convulsionada las sirenas de bomberos y policías no cesan toda la madrugada. Ya no son manifestantes, son delincuentes los que están en las calles y con carta blanca para hacer lo que quieran en todo el país.

−Han pintarrajeado mi templo y roto varias ventanas −dijo el predicador− y no es el único vandalizado. La gente tiene miedo de salir de sus casas, digo la gente con sentido común, no violenta. Los que están en la calle manifestándose pacíficamente son reemplazados rápidamente por vándalos. También hay muchos ingenuos e incautos a los que se les hace creer que incendiando el país se va a arreglar todo.

El Capitán escuchaba y reflexionaba con el rostro preocupado, mientras bebía su café caliente a sorbitos. A través de los ventanales veía pasar a tres patrullas a toda velocidad, que con todas las luces y sirenas encendidas se perdían en dirección al norte de la ciudad.

−Ustedes saben bien− dijo el capitán David que desde que comencé a trabajar como policía mi principal misión fue reclutar jóvenes cadetes y entrenarlos en especial a los de menos recursos y que vieran en mi un modelo a seguir en las fuerzas policiales. Y también busqué rehabilitar jóvenes afroamericanos. Con recursos escasos o nulos logramos un avance corto, pero avance al fin, y en cuatro décadas logramos algo o eso creía hasta hoy que veo a los jóvenes delinquir sin freno. Pero también he visto agitadores, que dirigen a sus tropas de saqueadores, los arengan a reclamar justicia y los lanzan a destruir negocios de gente humilde que ha trabajado toda su vida para ver sus esfuerzos hechos cenizas.

−Es en todo el país −dijo Arthur− es sedición, y los demócratas en vez de buscar la calma están echando gasolina al fuego buscando réditos políticos para las elecciones de noviembre, importándoles un comino que esta conmoción social destruya al país. No han escuchado a la representante Illam Omar en el podio, con que odio pide quitar todo fondo a los policías y también como los demócratas en el congreso hacen declaraciones y manifestaciones que prácticamente están incitando a una guerra civil. Y qué no decir de la media progresista como CNN que bombardea las 24 horas con declaraciones, entrevistas y programas especialmente diseñados a causar sedición, acusando al gobierno prácticamente de haber asesinado a Floyd. Lo han hecho con tal perfección que las turbas exacerbadas por destruir todo a su paso, vandalizaron su central de noticias en Atlanta y casi la incendian ¡les habría salido el tiro por la culata!

−Y no te asombre que haya más muertos tanto policías como civiles− agregó Michael−. Los instigadores lanzan a las masas con tal furia ciega, que los policías ya no saben si actuar en defensa de la propiedad o dejar que reine la anarquía.

−Lo que me preocupa también dijo el Capitán es que los delincuentes envalentonados y ahora tácitamente impunes, fuercen a los policías a sobreactuar. Me recuerda nuestra juventud Arthur, cuando esa corriente anarquista del Mayo de Paris del 1968 llegó a los Estados Unidos y se mezcló con los conflictos locales ¿te acuerdas de la ideología de esos filósofos franceses encabezados por Foucault? Esa que logró que se retirara el respeto a toda autoridad pública y privada y que buscaba reconstruir el mundo sin restricciones éticas y morales.

−Yo estaba pequeño entonces− interrumpió el predicador, ustedes me llevan por dos décadas, pero así pasó. Un profesor nos enseñó que fue la caída Cultural Moderna de Occidente, esos llamados filósofos buscaron y lograron abolir el magisterio moral en Europa y luego en el mundo entero, donde la autoridad clásica del maestro ante los alumnos y sus padres se acabó. Y el ataque no fue solo contra la estructura académica, se extendió contra toda estructura gubernamental, civil y religiosa. En ese tiempo se vandalizó también medio mundo y la ética y moral se socavaron desde entonces hasta los restos moribundos que de ellas superviven hoy en día.

−Quieren desaparecer a la policía−dijo Arthur− leí que algo parecido pasó en varios países de Sudamérica con saqueos y destrucción de negocios, sistemas de transporte y hasta iglesias y catedrales, quemaron decenas de ellas en Chile. El plan es desaparecer la autoridad del gobierno y ponerlo de rodillas ante las peticiones anarquistas y de la izquierda. Pensé que esto jamás pasaría en nuestro país, pero ahora veo claro que pasa en todo el mundo, es como la Hidra ese monstruo mitológico de un solo cuerpo, pero con muchas cabezas y para colmo durante una pandemia.

Los tres amigos estaban enfrascados en su conversación cuando se les acercó un hombre.

−Buenos días, perdonen la intromisión, es que vi al capitán David.

−Hola John ¿qué hay de nuevo?

−Solo quería decirle que ya cambié la clave de la alarma como me explicó y está conectado a su teléfono, gracias por velar por mi negocio.

−No te preocupes John, estaré alerta.

−Gracias Capitán, con permiso caballeros.

Los tres amigos siguieron conversando, el capitán David con 77 años, el jefe Arthur con 81 y Michael que acababa de cumplir 60 y que siempre agradecía al capitán que le había perdonado un arresto siendo aún adolescente, cuando lo pilló robando y le dio unas lecciones de conducta que lo llevaron a ser un hombre de Dios. Estuvieron conversando una hora más y se retiraron a sus rutinas diarias.

El capitán David telefoneó a su esposa para ver cómo estaba el trabajo, pues ella no estaba retirada y trabajaba en el Departamento de Policía de Sant Louis. Luego se dedicó a ayudar en distintas actividades a sus nietos y a otras ocupaciones.

Esa noche al acostarse le dijo a su esposa que gracias a Dios sus hijos y familias estaban bien pese a la gran tribulación que vivía el país, antes de dormirse agradeció al Creador.

El teléfono sonó a las dos y diez de la madrugada del dos de junio de ese lamentable año de pandemia y colapso social.

−La alarma se ha activado en la tienda de John voy a ver y regreso−− dijo el capitán David a su esposa.

−Ten cuidado por favor la gente ha perdido el sentido común.

−Si lo tendré, descansa, ya regreso.

En su camino el capitán David observó a diversos grupos, todos ellos iban dirigidos por activistas que buscaban hacer el mayor daño posible. Al llegar al negocio de John vio que varios hombres forzaban la puerta. Bajó del auto se identificó y los conminó a retirarse, unos se fueron, pero otros quedaron desafiantes, en especial un joven que sacó un revolver. El capitán David había tenido cientos de jóvenes como el que tenía adelante y trató de hacerlo razonar.

−Muchacho tranquilo no vayas a cometer una imprudencia que te condene la vida.

− ¡Quítese del camino o disparo!

−Muchacho tranquilo conversemos sin el arma, si cometes una locura puedes ir muchos años a la cárcel, reflexiona.

El Capitán habituado por cuatro décadas de experiencia de tratar con jóvenes afroamericanos, cometió un error fatal al subestimar el grado de sublevación ideológica absurda a la que se estaba sometiendo la población, en especial la menos favorecida. En un primer momento no sintió dolor y luego un gran ardor en el pecho y cayó de espaldas. Estaba aún consciente y veía a sus atacantes huir y a una persona que lo filmaba al igual que fue filmado Floyd. El hombre que filmaba trataba de ayudarlo, pero se dio cuenta que el capitán estaba muy mal y así lo decía en la grabación y le pedía que aguantara y al ver que el capitán expiraba lo trataba de consolar y luego con el coraje de ver a un anciano morir gritó a los atacantes que escapaban: “¡Los tengo en tv. desgraciados, los tengo en tv. acaban de matar al abuelito de alguien, desgraciados los tengo en tv!”

El capitán David aún estaba consiente y pensó rápidamente en su querida esposa, en sus cinco hijos y sus diez nietos y en como una sociedad enajenada por el activismo político terminaba con él, que se había entregado sin reservas a su comunidad. Con la vida concentrada ya solo en sus ojos derramó una lagrima, pensó en el Creador y se encomendó a Él.

A los pocos días su familia y la ciudad le rendian los honores a un policía honesto que les había entregado literalmente su vida. La prensa progresista sólo mencionó brevemente el asesinato del Capitán David y siguió ininterrumpidamente escarbando la herida de Floyd en la sociedad, herida injusta pero utilizada con fines políticos.

 En el lugar donde fue asesinado el capitán David se alzó un pequeño altar y alguien escribió en el suelo con tiza:<< ¿¿¿Ustedes” mataron a un afroamericano porque “ellos” mataron a un afroamericano??? Descansa en paz Capitán.>>. −

Epílogo

No se acostumbran los epílogos en cuentos, pero creo que este lo merece. Después de un mes encontramos reunidos en el Dunkin Donuts al jefe Arthur y el predicador Michael, tomaban un café en la misma mesa que antes compartían con el Capitán Dorn, incluso le habían puesto su café simbólico en el sitio que acostumbraba a sentarse.

−Esto ya degeneró Michael, es sedición pura, este fin de semana han incendiado iglesias católicas en Florida, California, New York y Massachussets, han destrozado decenas de estatuas de Cristóbal Colon, de santos y de la Virgen María.

−No te sorprenda replicó el predicador que sigamos todas las denominaciones, es el progresismo socialista mundial, que en este país esta representado por los demócratas, no soportan oposición. Son totalitarios, y saben que la tradicion de la religión y la cultura en que esta basado el mundo de Occidente intentaran frenarlos por lo que quieren destrozarlas a como dé lugar, en este caso usando la excusa de la muerte de Floyd.

− ¿Qué haría David si estuviera aquí?

−De seguro trataría de poner paz, él siempre fue así, confiaba en los seres humanos, lamentablemente estos progresistas han renunciado a su humanidad, de seguro le dispararían otra vez y bajó el rostro en un vano intento de disimular una lágrima por su recordado amigo.

En memoria del Capitán David Dorn

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2 thoughts on “La conspiración perfecta.

  1. Este cuento me ha parecido interesante, se involucra al lector en el razonamiento causal de los hechos, que me suenan ya desviados e injustificados, sin dejar de dar una clara realidad del acontecimiento, me ha gustado mucho el epílogo también, me ha parecido haber leído una mini novela de estilo policial, felicitaciones al señor Dante Perleche🤗.

    1. Gracias Rita, abrí este blog hace unos días y eres tú la primera lectora que deja un comentario. Es un privilegio que te haya gustado mi cuento y también la descripción concisa y acertada de tu comentario me incentiva a seguir escribiendo y a mejorar. Gracias. Un gran abrazo.

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