Justo a tiempo

– ¿Sabe dónde se encuentra? ¿Sabe quién soy?
Un rostro angelical se abría paso entre las brumas de mi inconsciencia. Mis palabras salieron automáticas, como si estuviera compelido a decir la verdad.

–En el hospital y es usted muy bonita– dije, luego me sumí en ese sopor post anestésico que se debe parecer al estadio entre dos mundos, tan frágil es la vida.

Poco a poco reconocí que estaba en el salón de recuperación junto a veinte pacientes que salían de la anestesia con diferentes grados emotivos. Sentía un gran dolor en el pecho y poco a poco comencé a engranar los acontecimientos que me llevaron a ese salón lleno de recién operados.

Era la tercera vez que salía de anestesia general en un espacio de mes y medio. La primera vez para hacerme una endoscopia, la segunda par retirarme todo el estómago por un tumor estadio 2-3 y la tercera vez en la que estaba ahora para implantarme un portal en el pecho por donde me suministrarían la quimioterapia.

  “Gracias a Dios que descubrimos este tumor, justo a tiempo, y no se ha esparcido. Le tendremos que sacar todo el estómago y luego con un tratamiento preventivo de quimioterapia y radiación esperamos que vea graduarse a sus hijos de la universidad y más adelante, gozar de sus nietos y más. No se preocupe muchas personas se les retira todo el estómago para que bajen de peso y viven una vida normal. Tendremos que operarlo rápido”.

Pero contaba con un aliado y no sentía miedo, sentía la presencia de mi Creador a mi lado y no era retórica. Y me tocó a consolar a los que venían a consolarme durante las dos semanas que estuve internado en el hospital.

Perdí, en esas dos semanas, once de mis setenta y ocho kilos. No directamente por efecto de la enfermedad sino por la extracción del estómago y las dos semanas que estuve a suero. Pero tenía el ánimo más fuerte de que si estuviera sano e irradiaba esa fuerza. Ni un día sentí dolor, solo el primer día que pude probar un poco de pollo y me lo comí de un tirón que me dio cólico. Tuve que acostumbrarme a masticar bien, muy bien y a no comer tres comidas, sino muchas porciones pequeñas a lo largo del día. Ya en casa, al estar despierto me alimentaba vía oral y antes de dormir yo mismo me conectaba a la maquinita que bombeaba alimento líquido por un tubo directo a mis intestinos. Mis ejercicios consistían en hacer caminatas de una a dos millas cada día, además de actividades domésticas. Todavía no podía regresar a trabajar.

Ya más despierto observé que el dolor en el pecho se debía a un pequeño saco de arena, traté de moverlo.

–Es para que no se le forme un hematoma en el lugar de la incisión– me dijo la enfermera poniendo el saco donde estaba.
–Me duele fuerte– le dije.
–El médico tuvo que mover mucho tejido, su vena no estaba donde debería estar.
–Suena a que soy extraterrestre.
–No, el doctor dice que es usted un paciente ejemplar, especial.
–Gracias, me parece que hablé algo hace un rato ¿No dije nada malo, no?
–No, aún estaba bajo los efectos del Pentobarbital Sódico, sabe le dicen el suero de la verdad y lo usaban y siguen usando los espías en los interrogatorios.
– ¡Wow! Pero no dije nada inapropiado ¿Verdad?
–No, solo la verdad–dijo retirándose sonriente.

Fue cuando recordé lo que dije y me sonrojé, bueno eso creo, pues notaba mis manos pálidas. El dolor se hacía más intenso, casi insoportable y la enfermera me aplicó un poco de morfina directo al suero. A la media hora me dijo que ya podía ponerme mis ropas, salía, el dolor había disminuido. Estuve listo rápido y regresó la enfermera con las instrucciones post operatorias y las recomendaciones para seguir con los tratamientos. Antes de retirarme añadió: “El doctor dijo bien es usted especial, durante el regreso de la anestesia usted hablaba como si estuviera dirigiendo una escena de teatro, hablaba de mundos ficticios o algo así, frases muy complejas, ¿es usted director de cine o teatro?”
–No, solo soy escritor de cuentos o al menos eso pretendo ser.
–Suerte con su tratamiento y sus escritos.

Agradecí ya desde una silla de ruedas que me llevaba al mundo exterior. El joven que empujaba la silla me dijo que el día afuera estaba muy bueno, que pronto abandonaría ese aire acondicionado muy frío de los hospitales. Me esperaban mi esposa y mis hijos que me llevaron a casa. Una vez más me exigieron que les diga todo lo ocurrido esta vez, se las dije y no me creyeron del todo. Todavía se acordaban del día siguiente de la operación anterior cuando recién se enteraron de que me habían extraído todo el estómago junto con un tumor canceroso y que no se había extendido. Yo les había dicho que eran solo pólipos.

–Dinos que te dijeron exactamente hoy, que sea la verdad– dijo mi esposa.
–Es la verdad.
– ¿Estás seguro?
–Si no me creen pueden ponerme un poco de Pentobarbital Sódico, hablaré todo.

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