Ilusión

Lo había planeado por más de tres semanas. Tenía estudiado cada paso que iba a dar. Reloj en mano calculó el desplazamiento de los microbuses, las posibilidades del tráfico lento o normal, en cuál de ellos tendría que subir. Había practicado mil maneras de decir lo que tenía que decir por más que sabía de sobra que en el momento decisivo olvidaría todo su parlamento y hablaría improvisadamente, al compás de los latidos de su corazón.

Los viernes a la última hora le tocaba Educación Física. Día a día se había entrenado en cojear para excusarse de esa clase. Lo más difícil era el lugar por donde planeaba escaparse del colegio, una reja de más de seis metros de altura en la parte trasera del estadio, esta estaba junto a la librería y paraba despoblada la mayor parte del tiempo. No podría practicar en ese punto, tendría que treparla el mismo día de su fuga. Por lo que desde las tribunas del estadio examinó todas las minuciosidades de la reja, su altura de más de dos pisos, grosor, puntos donde podría apoyarse al trepar y sobre todo cómo pasar las amenazadoras puntas, que como bayonetas filosas apuntaban al cielo y estaban forradas en la cúspide por alambres de púas. Estaban allí primariamente para que nadie entrara al colegio y ahora iban a tratar de evitar que un alumno se escabullera. Calculó también que no treparía solo, sino con el incómodo peso de una mochila cargada de libros gruesos y cuadernos. 

Sí, esta sería la etapa más difícil de su plan de escape y que podría retrasar todo su esquema, incluso podría quedar ensartado de panza en una de las puntas de la reja. Pero no se desanimó, es más, si reparó en el peligro lo desechó en un instante. La visión de la niña que había visto en el microbús desde que comenzó el colegio, lo había trastornado. Debía hablarle, sacarse del pecho esa angustia desconocida, que ahora a sus doce años lo llevaba desquiciado.

Antes se había enamorado de niñas de su barrio, fue correspondido en contadas ocasiones y desairado en muchas. Pero esta niña foránea le había trastocado todos sus esquemas. Mentía en casa para salir y tener tiempo de averiguar sobre ella, incluso aventurarse a ir mas lejos de los límites de su barrio, del colegio y cualquier obstáculo que se interpusiera entre ella.

La niña, aparentemente de la misma edad que el muchacho, solo sabía de la impertinencia suya en el microbús cuando le miraba tan insistentemente que le causaba malestar. Y que, al bajar del micro, sospechosamente la había seguido hasta su casa tratando de buscarle conversación. Ella reaccionó apurando el paso sin decir nada. A la tercera vez, la hermana mayor de la niña y unas amigas, advertidas de la acción atrevida de ese muchacho desconocido, lo habían emboscado tras una arbolada. Le reclamaron y le habían dicho que, la próxima vez el que lo iba esperar era su padre y que lo iba a moler a palos.

Ahora Mauricio, el muchacho de esta narración, devaneaba por encontrar otra oportunidad de hablar con el “motivo y razón” -según él- de su vivir. Y había razonado que no había otra manera de hacerlo que interceptarla en el microbús que la llevaba de su colegio a su casa.

El problema radicaba en que ella salía más temprano que él y tomaba el microbús seguramente a la altura de la avenida Arequipa haciendo trasbordo a otro micro que la traía desde su colegio Belén en San Isidro. Cuando pasaba a la altura de La Salle, colegio de Mauricio ubicado en Breña, a este todavía le faltaba quince minutos por salir. La niña llevaba en esto una precisión matemática y las pocas veces que Mauricio la había encontrado se debían, según supo después, a manifestaciones callejeras tan comunes en Lima, La Indestructible, y que habían retrasado el tráfico.

Mauricio dedujo que lo único que podía hacer para verla era salir más temprano de su colegio y como esto era prácticamente imposible y él no quería faltar a clases, ideó el plan de fuga.

Y allí estaba, había logrado engañar a su profesor y a todo el mundo con su cojera, era la hora. Comenzó a trepar la reja. Había llevado una manta, cuando estuvo a la altura de los alambres de púas los cubrió con esta. Tiró la mochila hacia el otro lado y usando solo sus abrazos se elevó y quedó, por unos eternos segundos, suspendido encima de las amenazadoras puntas de la reja. Haciendo acopio de toda su voluntad pasó el resto del cuerpo y quedó al otro lado, sacó la manta la tiró y comenzó el descenso hasta que piso la calle, recogió su mochila y guardó la manta. 

–¡Quieto allí! –. La orden lo paralizó, reconoció la voz del hermano Tejada, el director del colegio, que salía por la puerta principal de la librería. Con pasmosa sangre fría Mauricio empezó a correr.

¡Deténgase alumno, míreme! ¡Su nombre y sección, carambas, deténgase! Mauricio no volteó ni un segundo y corría azuzado por los vendedores ambulantes de golosinas y jugos que esperaban la salida de los alumnos para vender sus mercaderías.

–¡Rápido cruza la calle! ¡Piérdete en el tráfico! –. Le aconsejaban los vendedores regocijándose de la escena. El director sudoroso se dio por vencido, pese a que Mauricio corría con el lastre de su mochila. El hermano Tejada tuvo que dar un rodeo inmenso para entrar al colegio y cuando llegó a su oficina para detener la salida ya era tarde, había sonado el timbre y un tropel incontenible de 1,500 estudiantes pugnaba ansioso por llegar a la calle. Se dejó caer agotado en su escritorio murmurando: ¡qué bandido, qué bandido!

Mauricio en ningún segundo se olvidó del motivo de su temeraria acción, y viendo al microbús que pasaba y no paraba, lo abordó a la volada, empujó en su cometido al boletero que le gritó una imprecación y le cobró adelantado. Avanzó al fondo y vio a la niña, pero al mismo tiempo se le enfriaron los ánimos.

Estaba rodeada por dos muchachos del Colegio Salesiano, rival jurado de los de La Salle. Reconoció al líder de la docena de muchachos del Salesiano que en las mañanas se apretujaban en la parte trasera de los ómnibus de Enatru y cuando bajaban Mauricio, Arturo y Ricardo, los únicos tres alumnos de La Salle que tomaba esa línea, los masacraban a patadas y escupos. Mauricio había comentado esto a su amigo César de Lucca, descendiente de italianos, que montó en cólera santa, italiano claro. Planeó este el desquite y un día, cuando los tres muchachos bajaban del ómnibus escapando de su martirio, este fue abordado por casi toda su sección, por las dos puertas. Mauricio que también subió no podrá olvidar nunca ese día, los gritos desesperados de las señoras y los caballeros llamando a la calma y ellos machucando a los del Salesiano que no podían retirarse, algunos clamaban perdón angustiados. Cuando llegó el policía de tráfico de la esquina, Mauricio y su sección lo levantaron en peso y escaparon a su colegio dejando a los del Salesiano tirados dentro del ómnibus totalmente maltrechos y escarmentados.

Cuando se realizaron las investigaciones los 1,500 alumnos de La Salle se portaron a la altura de las circunstancias. Todos incluso los pequeños de primaria dijeron que habían sido ellos y lealmente nadie denunció a nadie. El plantel en pleno soportó estoico el castigo de dos semanas formados en el patio durante los recreos, pese al frío invernal de ese mes de Julio. También el colegio completo perdió puntaje en disciplina y conducta, pero nadie se quejó. Esa escaramuza hermanó a todos los alumnos como nunca. 

Esta de más decir que Mauricio, Arturo y Ricardo no volvieron a tomar esa línea, pues los del Salesiano hubieran tomado represalias terribles contra ellos. Mauricio no los volvió a ver hasta este momento, en que tenía dos de ellos y estaban molestando a la niña que le quitaba el sueño.

Ella se defendía y se alejaba, pero los muchachos matonescamente la seguían fastidiando. Mauricio sin importarle que eran mayores y más grandes que él exclamó: ¡Déjenla carajo! Los muchachos se detuvieron y al parecer lo reconocieron y furiosos se le fueron encima a través del pasillo del vehículo. Mauricio esperó parado y calmado, con su mochila en la mano. Cuando el primero estuvo cerca le tiró la mochila a los pies y al trastabillar se agarró de los asientos. Mauricio tuvo tiempo de escoger el sitio donde estampó el violento derechazo y sin perdida de tiempo aprovechando la sorpresa del otro, le propinó un cabezazo en el rostro. Retrocedió y vio que uno de ellos sangraban por la nariz. Al mismo tiempo sintió un ardor en la oreja al ser levantado por el chofer, que junto con el boletero lo arrojaron de micro y le tiraron su mochila. Lo mismo hicieron con los del Salesiano.

Mauricio vio el rostro de la niña que lo miraba agradecida cuando el microbús se alejaba. Luego miró a los maltrechos muchachos, el más lastimado trataba de controlar la hemorragia, y comenzó el largo retorno a su casa, a pie, pues ya había pagado y no tenía un centavo más.

No pensó en otra fuga pues el director había ordenado que así como se tomaba asistencia a la entrada se la tomara ahora también antes de salir.

Salió pues Mauricio ese lunes del colegio y se dirigió a su paradero y al llegar a este no podía creer lo que veía, la niña se había bajado antes y lo esperaba.

–Gracias por lo del viernes– le dijo un poco avergonzada.

–No fue nada, fue un gusto ayudarte, me llamo Mauricio– respondió también azorado.

–Me llamo Patricia ¿tomamos el siguiente micro?

–No quieres mas bien tomar una gaseosa en el restaurante de la esquina. Es del tío de un amigo del colegio, prepara unos sándwiches de chicharrones con camote muy buenos–. Era lunes y Mauricio iba a hipotecar gustoso el dinero de sus refrigerios de toda la semana.

–Vamos.

Conversaron de todo, con la confianza que da la inocencia, el respeto y la admiración. Mauricio conoció la casa de Patricia invitado a almorzar. Se enteró que su padre era del cuerpo diplomático de Chile y que estaba en Lima por el tiempo del gobierno de su presidente Salvador Allende. Se encantaron de la inteligencia y sentido del humor de Mauricio, así como de su gran imaginación para contar historias. Los fines de semana Patricia y Mauricio iban al cine, tómbolas y fiestas, acompañados de su hermana mayor. La pasaban muy bien hasta ese aciago día Setiembre en que la encontró llorando.

–¡Ha pasado algo terrible unos militares han asesinado al presidente Allende y a muchas personas! Mi papá dice que pueden tomar represalias contra él si regresa a Chile, aun aquí corremos peligro, estamos demasiado cerca de esos desalmados. ¡Nos vamos a ir a Europa!

A los dos días los niños se abrazaban tiernamente en el aeropuerto Jorge Chávez, prometiéndose escribirse seguido. Mauricio vio al avión perderse en el sempiterno nublado cielo limeño.

Había comenzado a darse cuenta de que la vida es y será siempre una ilusión, pasajera o duradera, pero al fin y al cabo solo eso, una ilusión.

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