Esperanza

Todo le había salido bien a la caravana en que viajaba Ibaner con su familia a través del gran desierto, al norte de la inmensa península árabe. Pese al intenso calor durante el día y las temperaturas congelantes en la noche, los doscientos nómadas se acercaban a su destino donde venderían sus mercaderías. Ibaner tenía diecisiete intensos años de cruzar esas soledades. Las arenas y rocas del camino eran muy familiares para él y sus padres. 

Viajaba con ellos la persona a quien Ibaner más admiraba, Abner Baruta. Era este un anciano que había adquirido gran sabiduría leyendo, escuchando y observándolo todo con método, a lo largo de cientos de travesías. Incluso había estado en Alexandría donde se guardaba todo el conocimiento de la humanidad, la sabiduría griega, que ahora era la base del Imperio Romano, que controlaba casi todo el mundo conocido. 

Abner había simpatizado con el muchacho, que ávidamente le preguntaba en toda ocasión la razón de ser de todo. El viejo sabio se complacía en transmitirle lo que había aprendido acerca de las cosas de la tierra y del firmamento. En las noches, al observar los infinitos astros que brillaban en el terciopelo negro de la noche, se encendía una sed de curiosidad insaciable en el muchacho. 

Abner, pacientemente le enseñaba los conocimientos que había adquirido acerca de los planetas y estrellas. Los padres de Ibaner, miraban complacidos esta relación de su hijo con el venerable sabio y esperaban grandes cosas de él. Sobre todo en su trashumante tribu, donde la inestabilidad de no poder residir en un solo lugar limitaba grandemente el aprendizaje de las ciencias y las letras.

La caravana había salido de la montañosa ciudad de Nisibis, luego de hacer buen intercambio de mercaderías con los comerciantes armenios. Se detuvieron por dos días en la ciudad de Dura-Europos, a las orillas del río Éufrates. Y luego descendían bordeando el río hacia su destino, la histórica ciudad de Babilonia en el Imperio Persa. Abner narraba en los múltiples viajes, la maravilla que había sido Babilonia a través de cientos de años y las grandes guerras que se habían registrado cuando esta ciudad-estado dio origen al Imperio Babilónico, que luego cayó bajo el dominio de los persas.

Así viajaban siempre alumno y profesor a través de montañas, desiertos y valles, de rutas intrincadas, peligrosas e infestadas de bandoleros. Cuando vieron llegar a los jinetes a galope de caballo ya era demasiado tarde. Todos los que poseían sables los sacaron y se agruparon para al defensa, las mujeres gritaban de terror. Ibaner agrupo sus camellos al igual que todos en la caravana. La vanguardia de los bandoleros golpeó sin misericordia, los de la caravana pelearon valientemente y por un momento pareció que podían repeler el ataque, pero otro grupo de bandoleros apareció y cargando con violencia inclinó la victoria. Los delincuentes no tuvieron piedad de los que se defendieron, los mataron, y tomaron por esclavos a los sobrevivientes y por botín toda su mercadería. Ibaner había peleado con su cayado logrando derribar dos agresores, pero el tercero le dio un tremendo golpe de sable que tras romper su cayado lo golpeó en la cabeza cayendo desvanecido al suelo y sangrando.

Cuando Ibaner recobró el conocimiento el paisaje era desolador, estaba rodeado de muertos. Aturdido por la herida deambuló entre sus malogrados compañeros. Reconoció los cuerpos de sus padres y gritando al cielo lloró por ellos con desconsuelo. Los buitres circulaban numerosos sobre el triste escenario y muchos ya habían descendido y picoteaban los cuerpos de los desdichados viajeros. Ibaner trató de espantarlos, pero regresaban.

Cavó una fosa con las pocas fuerzas que le quedaban, enterró a sus padres. Buscaba rocas para cubrir la tumba cuando dio con el cadáver de su profesor. Agrandando la fosa, y su pena, lo enterró junto a sus padres, y los cubrió con muchas rocas. Ibaner había actuado como autómata con el deseo de cumplir con el deber a sus seres queridos y evitar que fueran alimento de las fieras. Luego ya sin fuerzas se sentó a esperar la muerte, mientras los buitres hacían un festín a su alrededor. 

En el sopor de esa tarde, insensible ya al dolor, vio que se acercaba una caravana. Rió con la carcajada de la locura y la muerte al pensar que eran los espectros de los suyos que regresaban a llevárselo. Pero sintió unos fuertes brazos que lo levantaban, lo lavaban, le curaban la herida y depositaban el líquido elemento en sus resecos labios, maltrechos de sed. Le dieron a beber luego una amarga pócima que lo terminó de regresar al mundo de los vivos. Notó que la caravana era numerosa y había muchos sirvientes, muy bien armados. Fue llevado en presencia de los señores principales y notó que sus vestiduras eran finas y procedían de Persia.

–¿Quién eres y qué lamentable tragedia ocurrió aquí? – fue interrogado por uno de ellos. 

– ¡Oh nobles Señores, fuimos atacados por bandoleros…! – contó todo incluyendo cómo enterró a sus padres y su anciano preceptor. 

–Y ese anciano, ¿me dices que era tu profesor? 

–Sí señor.

–Y ¿qué te enseñaba?

–Los misterios de la tierra, el agua, el fuego y los cielos.

–¡Interesante, sobre todo a tu edad! ¿Qué podemos hacer por ti?

–Grandes señores, todo lo que tenía lo he perdido. Les ruego que me dejen donde me encontraron y pronto me iré a reunir con los míos.

–Pero ¿no has pensado en hacerles honor a ellos, a su memoria? ¿no tienes esperanza?

–No señor, todo lo que tenía familia, amigos, mi vida entera, los perdí en ese ataque, debí morir con ellos. No entiendo por qué los dioses me dejaron vivir. Ya no hay nada, ni nadie por qué vivir.

–Somos miembros de una religión antigua y hemos visto grandes signos en el cielo. Tú habrás notado seguramente esta maravilla en el firmamento en los últimos meses. 

–¡Si me lo señaló Abner! Júpiter y Saturno danzaron alrededor del cielo y se detuvieron, algo nunca visto. Otro día notamos asombrados algo inaudito, la Luna eclipsaba a Júpiter.

–¡Precisamente, que buen observador que eres!

–Todo se lo debo a mi profesor.

–Mira, esos signos en el cielo nos indican el lugar y el momento de visitar a un niño que ha de nacer y que será más sabio que todos los sabios, y que además al estar ante su presencia te curará el cuerpo y el espíritu. Hemos averiguado donde lo podemos encontrar, gracias a la sabiduría de la astronomía milenaria de nuestro pueblo persa y el zoroastrismo, nuestra religión. Venimos de Babilonia y estamos viajando para ofrecerle dones. Nos dices que ya nada tienes que perder, acompáñanos pues y tal vez encuentres en él, el camino para aprender a vivir de nuevo.

La caravana se disponía a reanudar la marcha. Ibaner azuzado por la curiosidad de conocer a ese niño tan maravilloso, venció su gran dolor y se puso a las órdenes de los señores. Ellos lo trataron de igual y compartían sus conocimientos con los del muchacho, que a su vez los asombraba con sabias reflexiones pese a su corta edad. Pero notaron que, en las noches, en las que resplandecían los astros, lo embargaba la profunda melancolía del recuerdo de sus padres y su profesor.

Se alejaron del Éufrates y se adentraron en el desierto árabe, en dirección oeste. Tras muchas jornadas en las que Ibaner pensó en que serían atacados de nuevo, llegaron al valle del rio HaYarden y se dirigieron a la ciudad de Yerushalaim. En ella esperaban encontrar a ese niño que sería más poderoso que cualquier hombre de antes y después, según los signos que los sabios persas habían observado en el cielo. Este según estos sabios sería más importante que todos los reyes del mundo. Así que se dirigieron al rey de Yerushalaim para pedirle que les informara del paradero del portentoso niño Rey. Este, sorprendido, consultó con sus sabios, y estos les dijeron que al personaje lo encontrarían en Bethlehem. Reanudaron pues la jornada e Ibaner se encontraba cada vez más agitado al saber de la posibilidad que encontraría la cura a su inmenso dolor.

Llegaron al pueblo indicado. Ibaner no podía ocultar su decepción al observar que el poblado era muy pequeño y no se veía ningún palacio ni edificación que mereciera albergar a un niño Rey. Los señores persas, tras unas cuantas consultas a los pobladores, se dirigieron a un modesto establo. Ibaner pensó que era para dar albergue y alimento a los camellos y caballos. Pero cual no sería su asombro cuando observó que los Sabios Persas desmontaban y tomando unos cofres se dirigieron al interior. Exaltado los siguió y allí vio a una humilde pareja que en medio de los animales del establo enseñaban a su pequeño hijo, este parecía esperar a los Sabios. Estos se arrodillaron ante el niño y dejaron a sus pies los presentes más valiosos que se podían encontrar en la Tierra: Oro, incienso y mirra. Luego inclinaron sus cabezas hasta tocar el suelo. El niño parecía bendecirlos al tocar sus cabezas y grandes lágrimas brotaban de los ojos de los Sabios. Notó que alrededor muchos pastores y gente de campo traían obsequios en la medida de sus posibilidades.

Cuando los sabios terminaron de rendir pleitesía al niño, pasaron junto a él y le dijeron: “Ve y explícale tu petición, saluda también a tu madre”. Ibaner pensó que los Sabios deliraban ¿cómo iba a hablar con un niño tan pequeño? ¿qué sabiduría podría tener? y su madre ¿acaso no la había enterrado recientemente?

Sin embargo, atraído por una fuerza inexplicable se acercó a la familia, que parecía esperarlo también.

– ¿Cuál es tu presente hijo mío? – dijo la Señora. Ibaner se sintió mal, no tenía nada que ofrecer y dijo: “Madre mía, no tengo nada que ofrecer más que mi persona, seré vuestro siervo de ahora en adelante”.

La Señora sonrió muy amable y añadió: “¿Y no tenías una petición que hacerle a mi hijo?”.

Ibaner asombrado se dio cuenta que el Rey de Reyes, era el pequeño niño que lo miraba con ojos de infinita misericordia. Ibaner se postró ante el niño embargado por el llanto. Sintió que las lágrimas lavaban sus penas y cuando el niño le tocó la frente una luz viva y permanente se instaló en él y comprendió que nunca más lo abandonaría.

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