El tiempo de la soledad

El hombre caminaba lento, demasiado cansado, la piel surcada de arrugas, la mirada vacía detenida quizás en vivencias de un tiempo mejor. Se dirigía a su banca en el parque del vecindario, las palomas se apartaban dóciles a su paso. Tenía el pelo totalmente blanco y de ese color hubiera querido tener su mente como muchos de sus compañeros que ya no recordaban muchas cosas y otros que habían olvidado todo.
Pero él lo recordaba todo, su memoria fotográfica recordaba cosas que habían pasado hacía más de tres cuartos de siglo como si hubieran pasado ayer. Pocos quedaban ya de su generación para comprobar los hechos y si estaban no se acordaban.
Todos pensaban que inventaba, que fantaseaba con hechos y lugares. Si es cierto que durante su vida hubo etapas que se dedicó a escribir, a realizar ficciones, pero también tenía recuerdos reales. Hubiera querido compartirlos con todo el mundo, pero postergó demasiado el escribirlos y ahora solo era escuchado por sus “colegas de banca”. En secreto se lamentaba de no haber podido trasmitir ese cúmulo inmenso de experiencias, de datos, que podrían haber ayudado de una forma u otra. Cuanto hubiera querido colaborar, pero ya no podía hacer todo lo que él quisiera. Tenía que aceptar también que necesitaba ayuda como en su temprana niñez.
Su rutina era simple levantarse a las cinco de la mañana pues estaba despierto desde las cuatro, pese a que se había acostado a las once de la noche. Durante todo el día disponía de más caudal de horas, de ese oro que es el tiempo, pero no disponía de alguien con quien gastarlo. Su esposa había muerto de un ataque cardiaco hacia casi diez años. Sus tres hijos estaban casados y vivían a muchos kilómetros de distancia. Y lo visitaban casi exclusivamente para las fiestas grandes, ellos tenían sus vidas, sus prioridades, sus metas, inclusos hijos; sus nietos, a los que no veía crecer.
Él no figuraba en sus planes primarios, más bien era como una decoración, con quien pasar las fiestas grandes. Pensaban que el teléfono y algunas cartas suplían su presencia física. Pero él al menos sabía que alguien pensaría en él, aunque sea efímeramente. Y cuando su último aliento escapase presuroso de sus pulmones, vendrían a enterrarlo, a llorarlo, aunque solo fuese con lágrimas de cocodrilo. 
No podría decir lo mismo de muchos otros ancianos que veía a diario. Algunos sin un familiar o con familiares que los habían abandonado por completo. Otros aceleraban su salida con alcohol y drogas. Y los que ya no podían valerse por si mismos eran enviados por las autoridades a ver extinguir sus últimos días mirando un techo y rostros de extraños.
Todos tenían en común esa triste mirada que da el abandono y la soledad. Mendigos de cariño, conversación y comprensión. Vagaban por la ciudad con esa mirada perdida, melancólica, mirando quizás hacia adentro, en sus conciencias, el tiempo cuando eran tomados en serio. Con que cariño respondían ahora los “buenos días” o el “lo puedo ayudar en algo” que alguna alma caritativa les daba de vez en cuando.
Las autoridades le daban a él, y a todos los ancianos, lo mínimo para sobrevivir, en pago por los servicios que dieron a la sociedad con su trabajo cuando eran productivos, cuando se partieron el alma por el país, por sus familias. Y ni hablar del cuidado de su salud, siempre que había que hacer un recorte en la economía de los gobiernos ellos y los niños, otra vez igualados en la injusticia, eran los primeros en ser afectados. Quizás a esta edad, sí, la riqueza ahuyenta la soledad, pero difícilmente a la insinceridad.
Se alegraba cuando veía a algunos de sus contemporáneos eran tratatados bien como el nieto jugueteaba con éste o como la hija acariciaba las canas de aquél. Como compartían el tiempo con sus viejitos sin sentir esa sensación de estar desperdiciando el tiempo. Ellos iban juntos a los paseos, a las escuelas, eran necesarios, indispensables para la formación de las familias. No pasaba esto con él y sus “colegas de banca”.
–Que sería de nosotros si no nos tuviéramos los unos a los otros para conversar aunque sea solo del clima o de política, de seguro nos volveríamos locos.
–Así es Filiberto y más en esta lejanía, sin siquiera tener el consuelo de poder morir en la tierra que nos vio crecer y en la que pese a todo pasamos los años más hermosos de nuestra vida.
–Pero Rodolfo, al menos tenemos a este Eduardo que nos cuenta cada historia. No me importa saber si fueron ciertas o no, la pasamos muy bien escuchándolo.
–¡Pero si yo les hago la salvedad de si son ciertas o no!
–¿Estás seguro, Eduardo?
–La verdad, la verdad, a veces creo que se mezclan, no sé ya él límite donde acaba lo real y comienza la fantasía. Pero vale igual, pues nos levanta el ánimo, esa es la función de la ficción crear un mundo paralelo donde vivimos lo que hubiéramos querido ser.
–Amigos como que me llamo Feliciano, soy feliz también cuando Eduardo nos cuenta que en algunas latitudes del globo, existen poblaciones donde los ancianos son todavía reverenciados y su opinión es tomada como base para hacer las decisiones importantes de esas comunidades.
–Así es Feliciano y antiguamente así era en todo el mundo.
–¿Entonces por qué pasa esto, Eduardo?
–Es el precio de la industrialización y la tecnología. No has escuchado que los asilos de ancianos fueron creados por los niños que fueron dejados en guarderías y crecieron sin recibir el amor de sus padres a tan tierna edad. De que nos quejamos de ellos ahora si nosotros los dejábamos de niños por conseguir cada vez más.
–Si es verdad muchos lo hacíamos por necesidad en este mundo tan competitivo. Pero otros porque no queríamos tener responsabilidad hacia ellos y nos contentábamos con hacerlos dormir y pasar los fines de semana al guerrazo–acotó Rodolfo.
–La tecnología nos ha dado mucho, pero nos ha quitado más–dijo Feliciano.
–Hay algo más profundo, más grave–añadió Eduardo–y es que los gobiernos paulatinamente durante el último siglo han ido destruyendo a la unidad básica de la sociedad, la familia. Me explico, antes la familia se regulaba así misma, las autoridades no podían ejercer sobre ellas más que un rol vigilante, pasivo. Hoy en día, tras mucho quitarle, los gobiernos prácticamente la han disuelto y la familia como era concebida antes, padre madre e hijos, está en vías de extinción. Los padres auspiciados por el gobierno tienen la vil oportunidad de matar al niño antes de que nazca. Y cuando nacen los padres no pueden ejercer completamente su autoridad sobre ellos, hasta un regaño es motivo para que el gobierno se los quite.
–¡Qué hipocresía cuando está en el vientre materno se los puede matar y cuando ya han nacido ni se les puede reprender!– exclamó Rodolfo.
– Eduardo, pero aún quedan muchas familias integras como las de antes–intervino Filiberto.
–Si amigo y ellas son las columnas que han evitado que esta sociedad no colapse del todo, a ellas le debemos que no hallamos regresado ya a los tiempos de la barbarie.
– Eduardo tiene razón–dijo Feliciano– el afán desmedido de poseer riqueza también han trastornado a familia y a la sociedad. Antes del sufrimiento se sacaba lecciones se aprendía, se toleraba. Hoy el sufrimiento es mirado con espanto. ¡Imagínate a nosotros los viejitos se nos quiere dar la oportunidad de darnos un jeringazo de veneno! ¡Y zás se acabó, se sacan un peso de encima con el pretexto de evitar el sufrimiento del anciano! La verdad es que no quieren hacerse cargo de nosotros.
–Sí amigos– retomó la conversación Eduardo – se abusa contra los que no tenemos fuerzas suficientes para defendernos, los no natos y los que ya estamos en espera de irnos de este mundo.
–Amigos míos–tomó ahora la palabra Filiberto –escuchando todo esto me hubiera gustado nacer en una de esas culturas que saben reverenciar a sus ancianos y sus consejos eran los que dirigían sus sociedades.
–Pero estamos aquí–sentenció Rodolfo– y hay que sobrevivir este día ¿quién trajo algo de comer? Yo conseguí este vino añejísimo, como nosotros, para asentar.
Feliciano sacó un pan francés, Eduardo un paquete de queso y Filiberto un poco de jamón y unas hojas de lechuga. Prepararon unos emparedados. Comieron despacio, mirando como el cielo se tornasolaba de matices naranja y purpura al atardecer. Las palomas se arremolinaban esperando un mendrugo de los ancianos y estos sonreían felices, al menos ellas dependían, en parte, de ellos. Al oscurecer el grupo se disolvió previo abrazo y con la esperanza de un nuevo amanecer.
Eduardo se levantó con buen ánimo, había soñado algo muy original y lo iba a contar a sus colegas. Se dirigió al parque de su vecindario, trató de cruzar la pista, le pareció que el auto que venía a la distancia le daría tiempo, pero este llegó muy rápido, cargado de muchachos que escuchaban música estridente. La frenada fue espectacular… el anciano se había salvado por centímetros.
¡Viejo de… apúrese! ¡Qué cree que tengo todo el tiempo del mundo! –vociferó el joven chofer.
El anciano volteó a mirarlo con infinita compasión y le dijo: “Cuando llegues a mi edad, si llegas, lo tendrás y ruega que no te acuerdes de lo que dijiste hoy, sería muy triste.”
Terminó de pasar la pista, caminaba lento, demasiado cansado, la piel surcada de arrugas, las palomas se apartaban dóciles a su paso.

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