El terror como bandera. (Crónica)



Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar… 

Fragmento de “Masa” de César Vallejo

La calle Roberto Thorndike termina en la calle Saavedra Pinón, haciendo dos esquinas, en la Unidad Vecinal de Mirones donde viven más de mil quinientas familias. A la mano izquierda está el Banco de Crédito y frente a este un minicomplejo comercial. Y entre los dos está el paradero principal de ómnibus que transportan a los habitantes de esta agrupación habitacional a los distintos lugares de la capital limeña. En cada espacio libre de la calzada se aglomeran en desorden vendedores informales de alimentos, periódicos, artefactos diversos, frutas, verduras y muchos otros artículos. Comienza a caer la noche, es Julio de 1983. El paradero está atiborrado de pasajeros que van y vienen, escolares y público en general. Dos guardias civiles custodian el Banco desde el paradero en precaución de un ataque de auto bomba.
Los escolares son los más numerosos, tanto de primaria como secundaria. Visten su típico uniforme único color gris oscuro, usado tanto por el estudiante más humilde como el más adinerado. Dos de ellos se acercan a los dos policías por la espalda y les disparan simultáneamente un tiro en la nuca. Las detonaciones se funden en un solo eco seco, sonoro, ya tan conocido por todos. Unos se tiran al suelo, otros corren despavoridos, el terror ha sido sembrado en el paradero. 
Los atacantes se pierden en la multitud. Con una precisión cronométrica se escuchan lejanas detonaciones y la energía eléctrica desaparece de toda la ciudad capital. Un hombre de chompa marrón destroza con una barra de acero el gran ventanal del ya desguarnecido Banco. Otro hombre de chompa azul lanza un objeto al interior y al momento se escucha una potente detonación que termina de destrozar todos los cristales de las ventanas del Banco y de las viviendas aledañas. 
Todos huyen, el paradero queda desierto, decenas de perros ladran y aúllan lastimeramente. Un humo negro y espeso sale del Banco acompañado de esporádicas llamaradas de un color naranja encendido. Una inmensa bandada de palomas y otras aves, habitúes del mercado callejero, revoletean en círculos, aturdidas y sin saber a dónde dirigirse. Los guardias desde lejos parecen dos maniquíes tirados. Quizás estén agonizando, quizás muertos. Un estudiante de medicina observa el desolador paisaje desde la ventana de su sala en el cuarto piso. Esta dudoso como si quisiera bajar a ayudar a las víctimas, es su vocación. Pero es tan grande el terror impuesto por tan pocos que todos están aterrados. Él lo está también. Solo atina a regresar a su cocina, toma un vaso grande de agua, respira profundo. Los guardias quizás todavía están vivos, quizás esbozan un último pensamiento hacia sus esposas, a sus hijos que los esperaran en vano esta noche.
La oscuridad es completa ahora. Las explosiones, los disparos de fusiles y el ulular de las sirenas de ambulancias, bomberos y policías infestan la atmósfera. El estudiante regresa a su ventana y ve como otros policías recogen los cuerpos y en los patrulleros enrumban a toda velocidad buscando una esperanza, un milagro para sus colegas.
La oscuridad se rompe en la ciudad debido a millones de mortecinos reflejos de luz producidas por velas y mecheros que parpadean por todas las ventanas. El estudiante enciende una vela, prende su cocinilla de keroseno, calienta un té, mordisquea un pan. Se sienta en su sofá, acaricia la cabeza de su perro y llora en silencio. Mientras el sueño comienza a invadirlo y también la idea de lo que vio fue demasiado brutal para ser cierto. Reclina su cabeza se duerme al fin y su cerebro empieza el primer tramo de tratar de borrar lo que vio. Despierta y piensa que lo que pasó fue un sueño o algo que escuchó o imaginó. 
Sale a su ventana y no fue un sueño. una cuadrilla de hombres limpian los destrozos. El Banco es vigilado por una tanqueta del ejército. Los vendedores informales han desaparecido y algunas puertas del centro comercial se abren tímidamente. Desayuna frugalmente un poco de café y un par de panes con mantequilla. Se cambia. Baja raudo al puesto de diarios y junto a otros vecinos ávidamente lee los titulares. Un policía murió el otro sobrevivió, pero quedó paralizado. Los falsos estudiantes eran miembros del grupo terrorista marxista, leninista, maoista y mariategista Sendero Luminoso. Se dirige al Banco, nadie transita por esa acera. Los soldados fuertemente armados cubren cada esquina.
Pasan los días el Banco es restaurado, abre al público. Dos policías custodian el mismo, la espalda contra la pared de ladrillo, el revolver en la mano y la gente que evita pasar por la acera del Banco, solo los clientes entran explicando a que vienen. El estudiante de medicina observa desde la ventana de su casa, es ya de día el sol resplandece, ya no hay nubes.

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