El fujitivo

Corría, corría a todo lo que daban sus once años. La gente lo esquivaba asustada. El niño se metía entre los jardines y placitas de la Unidad Vecinal de Mirones ubicada en los suburbios de Lima, la indestructible. Pero por más que Daniel corría, la jauría de muchachos que lo perseguía le iba alcanzando. Eran una veintena de chicos de su edad.

Prácticamente habían dado una vuelta en círculo a la Unidad que contaba con más de 70 edificaciones de 6 pisos y que estaba alternada por chalés también multifamiliares. En este gran enjambre humano residían alrededor de 1500 familias. Su construcción era reciente con departamentos amplios y modernos. Los pinos, arces, eucaliptos e incluso bambúes lo adornaban sus espacios. Numerosos jardines embellecían la Unidad, cercados de matas de granadas llenas de sus suculentos frutos. Al centro de los jardines alternaban las rosas, los jazmines, los girasoles y toda una gama de exótica botánica que daban al lugar una vista muy agradable.

Los edificios eran idénticos y de cuatro colores que se alternaban rojo, gris, rosa y amarillo. La única manera de diferenciarlos era por su ubicación y el número de un metro de altura encerrado en un círculo en lo más alto de la edificación. Pese a esto los que recién la visitaban se perdían fácilmente en sus laberintos. Daniel volteó mientras corría y vio a sus perseguidores que con furiosas miradas ya lo alcanzaban. Realizando un esfuerzo supremo subió dos pisos de un edificio y se descolgó por un pino que rozaba uno de los balcones que conectaban las viviendas. Inmediatamente se metió debajo de uno de los túneles que separaban los edificios. Lugar frío, húmedo y oscuro, pero afortunadamente seguro para él.

Los muchachos pasaron de largo y al verse frustrados se desperdigaron tratando cual perros sabuesos de reencontrar el rastro. Daniel acezando y con el corazón que se le quería salir del pecho permaneció echado en el frío piso en la mas completa inmovilidad, mientras que sus cazadores merodeaban en las cercanías. Mientras esperaba el milagro de que se cansaran y se fueran, cerró los ojos y recordó los funestos acontecimientos que lo habían llevado a tan peligrosa situación. Se acababan de mudar a la Unidad Vecinal debido a que su distrito de la Victoria, el lugar donde se habían criado él y sus tres hermanos pequeños se estaba convirtiendo en un lugar muy peligroso. Un robo a su domicilio donde se llevaron todo, fue lo que decidió a su padre a mudarse.

–Eres nuevo en el barrio ¿eh? me llamo Timoteo -dijo el muchacho de unos catorce años.

–Hola soy Daniel. 

–De donde vienes.

–De la Victoria.

–La rica Viky, es un lugar bravo.

–Por eso nos mudamos.

–Acá es tranquilo ¿sabes jugar fútbol?

–Me defiendo bien.

–Ya lo veremos, el sábado hay una practica en el salón comunal ¿podrás ir?

–Allí nos vemos.

Había sido una introducción prometedora al nuevo barrio y sobre todo con su deporte favorito, el deporte de todos. La jornada semanal de Daniel había cambiado también. Antes tomaba el tranvía desde la Victoria hasta su colegio. Ahora lo hacía en los hace poco aparecidos microbuses que rápidamente se imponían sobre el noble transporte sobre rieles y amenazaban con liquidarlo pronto.

Estaba pues Daniel esperando el micro cuando un muchacho de su edad le buscó la conversación. Hablaban de todo un poco, de buena manera. Hasta que Daniel tuvo la desafortunada idea de decirle “tus zapatos lucen como botines de los militares”. Estaba aún observando su calzado cuando levantó la vista y sintió como si el sol entrara por los ojos. Cuando recobro el uso de sus facultades se vio en el suelo. El puñetazo le había caído en medio de la cara y un hilo de sangre le corría desde la nariz. Reinaldo, ese era el nombre del muchacho, se le iba encima a rematarlo. Daniel se incorporó y se defendió muy bien. Su tío Lucho le había enseñado en la Victoria un poco de boxeo combinado con pelea callejera. Reinaldo sorprendido pasó de atacar a defenderse de los diferentes golpes, patadas y cabezazos que le estaba propinando Daniel. Se le comenzó a ver sangrar también y llenarse de moretones y la hubiera pasado peor si no sacaba una navaja automática y comenzara a dar navajazos al aire. Daniel, lo fue rondando como un león a su presa, mientras Reinaldo tenía la navaja extendida hacia él.

–¡Llamen a la policía se están matando! –gritó una señora.

Reinaldo guardó la navaja y salió corriendo. Daniel también prefirió evitar problemas con la autoridad y regresó a su casa para curarse y cambiarse de camisa que había quedado ensangrentada. Su hermana mayor lo atendió y trató de sonsacarle quien lo había herido, pero Daniel dijo desconocerlo por completo. Se cambió y llegó tarde al colegio.

Lo que no sabía era que Reinaldo era hermano de Timoteo y que le había contado a éste que Daniel lo había atacado cobardemente sin ningún motivo y lo había ridiculizado por sus zapatos. La ira de Timoteo no tuvo límites juntó a toda la collera del barrio y se dispuso a darle su merecido a ese intruso que había abusado de su hermano dejándole la cara hinchada. Está de más hay que decir que Reinaldo se calló que el pleito comenzó por su culpa y calló también el uso de su navaja.

Desde ese día Daniel solo bajó de su apartamento del quinto piso en compañía de un adulto de su casa. Los muchachos de la collera se turnaban para vigilarlo esperando el momento para fulminarlo. La suerte cambió para Daniel cuando tuvo que salir solo. Su abuelita que vivía cerca y se encontraba mal le pidió que viniera a verlo, no había adultos ese día. Daniel bajó escondido las escaleras de su edificio y saltó a la calle raudo y cuando fue descubierto ya saltaba una tapia donde terminaba la vecindad y se encaminó donde su abuelita.

Al regreso cayó en una emboscada de más de veinte muchachos que lo esperaban distribuidos por todos los accesos posibles a su casa. Cuando ya casi lo habían rodeado se soltó y corrió como un gamo, seguido muy de cerca, hasta que pudo tenderse en ese túnel oscuro y perderlos.

Estuvo escondido por más de dos horas hasta que comenzó a oscurecer y amparado por las sombras salió de su escondite para tratar de llegar a un lugar seguro. No había nadie, caminó pegado a las paredes y los jardines tratando de ser invisible. Un alarido le cortó el alma “¡aquí está, aquí está!” gritó un muchacho azambado, que se abalanzó sobre él. Daniel se paró firme y de un potente derechazo lo hizo caer de rodillas para luego escapar. El grupo se reactivó y lo siguieron una vez más.

Daniel sentía el cuerpo entumecido, pero corría como un galgo. Volteó y vio que sus perseguidores también se habían enfriado por la espera, ya no lo seguían en tropel sino uno detrás del otro. Daniel volteó otra vez y vio a un muchacho alto blanco y con el pelo bien peinado por la gomina y que ya casi lo agarraba del cuello. Daniel se detuvo en seco y le dio un potente cabezazo en la cara que lo derribó. Los que venían atrás se enardecieron al ver el caído y lo perseguían con más ahínco.

– ¡Me lo dejan a mi, me lo dejan es mío! –gritaba Timoteo furioso y acezando.

Daniel se acordó de las palabras de su padre que le decía que nunca había que rendirse, se acordó de su profesor de Educación Física que le había enseñado a respirar para correr y se acordó de Hemingway que decía que un hombre puede ser destruido, pero no derrotado. Alentado por estos pensamientos sacó ventaja a sus perseguidores. Pero ya no podía mas, sintió las piernas acalambradas. Lo comenzaron a alcanzar se fue desprendiendo de los que podía con fuertes golpes, sabedor de que lo iban moler. Se liberó de uno, de otro, pero fueron llegando más que lo inmovilizaron y lo tiraron al suelo. Trataba de incorporarse y era abatido al instante. “¡Es mío, es mío!” gritaba Timoteo, llegando a la vez que Daniel caía por tercera vez y era pateado por veinte muchachos llenos de odio, muchos con el dolor reciente de los golpes recibidos de él. 

Ya no se levantó estaba en un jardín que acababan de regar. Su sangre y su sudor se confundían con el barro. Comenzó a rezar por sus padres, para que no sufrieran cuando lo encontraran en tan mal estado. Rezó a su patrona Santa Rosa, ya que eran paisanos y del mismo mes.

Habían dejado de patearlo. Un silencio mortal se cernía sobre él. Sentía su cuerpo como si tuviera una gravísima fiebre… “¡Carajo! -pensó- si me van a partir lo harán con un hombre de pie”, reunió las menguadas fuerzas que le quedaban y se incorporó con los puños desafiantes y la cara llena de barro y sangre, estaba dispuesto a lo que venga. Lo que vio lo dejó paralizado: Timoteo con las manos extendidas, conteniendo a sus huestes, lo miraba con admiración.

– ¡Corres como una centella, carajo! ¡Y no te rindes ante nada! Tu hermana me había contado que no fuiste el que comenzó la pelea, ahora le creo.

Daniel lo miraba y escuchaba sin salir de su asombro.

–El campeonato de fútbol esta cerca -añadió Timoteo – nos falta un delantero veloz ¿qué dices?

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