El desquite

Amanecía en Morropón, ciudad de la provincia del mismo nombre, perteneciente al departamento de Piura en el territorio norte del Perú. El sol diáfano que ya había acariciado con sus rayos de vida el Atlántico y luego la inmensa amazonía, ahora deslizaba su luz y calor hacía las laderas de la cordillera andina. La adormilada ciudad recibía agradecida la bendición del cielo. En su casa de las afueras de Morropón, Luís, se despertaba siempre al alba, le gustaba ver al sol elevarse tras las magnificas montañas, también se levantaba a dar de comer a las aves de su granja. 

Los bosquecillos de algarrobos y sapotes enmarcaban el lugar. Es el piedemonte andino, se ven los algodoneros a distancia y la familia siempre dispone de mangos y limones que proliferan en el lugar. El río Piura corre cercano con los afluentes que lo alimentan que van casi secos en invierno y en verano incrementan su caudal debido a las lluvias, llegando a causar serias inundaciones. Estas inundaciones se tornan devastadoras sobre todo si coinciden con el fenómeno del Niño, que es causado por el ingreso de corrientes marinas más cálidas en el cercano Mar de Grau, en el Océano Pacifico.
– Luis ¿ya diste de comer a las aves?
–Sí, papá
–Seguro que comenzaste con tus engreídos.
–Sí, señor.
–Desde que perdone la vida a esos dos patos, por tu favor, les has agarrado mucho cariño ¿no? y hasta le has puesto nombre como si fueran vacas.
–Sí, señor.
–Creo que son los patos más viejos del mundo, un pato que ya acabo su ciclo de padrillo y una pata que ya dejo de poner y para enfermiza.
–Usted me prometió que no los mataría, padre.
–Ya, pero tú también me prometiste que los cuidarías y alimentarías con tus propinas. 
–Sí señor, y los seguiré manteniendo.
–Bueno, pero apúrate que tienes que desayunar y al colegio, rápido muchacho.
–Sí señor.
La granja albergaba ganado caprino y vacuno principalmente y en menor cuantía el porcino y ovino. Luis estaba a cargo de las aves de corral entre las que estaban sus engreídos, un par de patos pequineses, huéspedes inusuales, ya que todo animal de granja debe dar el más rápido beneficio sea en carne, leche, huevos, lana o piel con la mínima inversión. 

Los trabajadores repartían pasturas secas, pasta de algodón, maíz partido, otros subproductos de agricultura y por supuesto la vital agua a todos los animales. Luís verificaba que los comederos y bebederos de las aves estuvieran en buen funcionamiento y surtidos. Luego entraba a su casa, se bañaba tomaba un desayuno al paso, agarraba sus útiles de colegio y daba una última revisada de que los animales hubieran quedado bien seguros. Las aves estaban expuestas a los zorros que merodeaban en las cercanías.
El sol que ya había recorrido un buen trecho en la bóveda celestial y comenzaba a pedir tributo a Morropón. Esto por su cercanía a la línea ecuatorial, que si bien es imaginaria no lo es así el calor abrumador que puede rebasar los 40 grados centígrados. Luís al igual que sus hermanos menores Mario y Miguel iban a la escuela en burros que esa región reciben el nombre de pieajenos, usaban sombreros de paja de ala ancha para defenderse del intenso calor y en sus alforjas llevaban un ligero refrigerio además de sus útiles escolares. 


Luis veía pasar a Juan, socio de su padre que llevaba a vender la leche en un camión, hasta La Matanza y si hay mucha producción hasta Chulucanas, capital de la provincia. Salieron temprano de la escuela ese día y pudieron ver una actividad cívico–patriótica donde destacó el famoso baile del Tondero. Este baile se remonta a la época de la colonia española lo cual le da a la provincia de Morropón el reconocimiento de ser la capital de dicho baile. Éste representa a una pareja durante su enamoramiento y es interpretado con saltos, coqueteo, paseos y demás insinuaciones naturales de los enamorados. Este baile forma parte de la cultura popular de Morropón, que cada domingo con guitarra y cajón rinde culto al ritmo, sin importar lo caliente de las arenas, la gente jaranera se lanza al ruedo elevando sus pañuelos y ensayando requiebros.

Al regresar a su casa Luis revisaba el cuidado de las aves dándoles un momento especial a sus patos. Se divertía cuando el pato le picoteaba los pies demostrando que estaba en su territorio y defendía a su hembra, a la que pisaba todos los días, renunciando con tenacidad al paso del tiempo. Luego pasaba a la cocina, hambriento, donde su madre le tenia preparado un seco de chabelo, plato preparado a base plátanos verdes fritos, machacados con aderezo de carne seca y de refresco chicha de jora dulce, un maíz medio molido que se hierve en agua y se añade azúcar. Ese día se había preparado también el copus, comida parecida a la pachamanca que se cocina directamente dentro de la tierra, pero a diferencia de esta, el copus se hace una tinaja de barro cocida que luego se entierra y en el cual se añaden diferentes tipos de carnes, habas, papas, yucas, camote, plátanos, maíz y hierbas aromáticas, todo en capas separadas por piedras calentadas al rojo vivo.
Tras haber dado cuenta de tan rico manjar, Luis hacia sus tareas escolares y se juntaba con Ricardo, Beto y Chachi, la cuadrilla inseparable, y se iban a jugar fulbito, soñando ser famosos como los jugadores de los equipos profesionales, esperando que algún día alguien viera sus magistrales jugadas y los llevara al estrellato. Al terminar el juego corrían a la cercana laguna donde se refrescaban y luego se tumbaban en la orilla para hablar de la jornada. Pero sobre todo de chicas y de las recientes conquistas, cada cual más espectacular que la del otro. Bueno dejémoslos fanfarronear en ese atardecer glorioso, no los necesitamos por ahora.

Por las estribaciones de la cordillera bajaba diminuto un zorro, pequeño de tamaño, pero gigante en sagacidad. Bajaba buscando su alimento nocturno, no podríamos decir alimento del día, pues los zorros, como animales de presa, buscan y consiguen su alimento en la oscuridad. El viento que ahora ascendía de los valles le traía el aroma de gallinas, pavos y patos. El hambre de tantas noches de estomago vacío, le agudizaba los sentidos y la astucia. 
Se deslizó confundiéndose con las sombras bordeando la granja de Luís. Su olfato 800 veces más poderoso que el del ser humano lo llevó directo al gallinero, buscó y buscó un orificio, pero la buena construcción no le dejó un resquicio para ingresar. Se iba a retirar cuando divisó a los dos patos a fuera, en la acequia. Luís, niño, al fin y al cabo, con doce años a cuestas, había cometido un descuido garrafal, cansado por el juego no cerró bien la jaula de sus patos.

El zorro atacó, el pato macho le cerró el paso y el zorro le dio zarpazos que lo tumbaban, pero el pato regresaba en medio de un remolino de plumas que se formaban en cada ataque. El rapaz empezó a sentir el efecto de los picotazos y del espolón con que el pato se defendía y defendía a su hembra. Tras la última embestida el pato cayó a la acequia herido y agotado, demoró en salir, el zorro atacó a la hembra que débil por la edad y la enfermedad antigua, sucumbió al primer ataque, el zorro tras asfixiarla, le desgarró el abdomen y la arrastró hasta un rosal. 


La presa pesaba y trató de comer en el lugar, cuando el pato herido regresaba y llegaban Luis y su padre, que habían oído el último grito agónico de la pata. El zorro escapó como una centella. El padre que no había traído su carabina, lo vio perderse en las tinieblas, mientras Luís, desolado observaba el cuadro con el pato macho rodeando y defendiendo, hasta después de muerta, a su pareja.
–Deberían poner trampas, Luis–decía Beto
–No mejor carne envenenada–dijo Chachi
–Un buen balazo en la panza seria lo correcto –tercio Ricardo
–Papá dice que las trampas y el veneno pueden ser malos para nuestros animales y que no me da la carabina hasta que cumpla los catorce. Él insiste en la seguridad de los galpones, fue mi culpa, debí cerrar bien la puerta.
–Si, pero ese zorro regresará, ya esta cebado de sangre, lo intentará otra vez –dijo Ricardo y añadió– el pato macho quedo mal y se morirá rápido de sus heridas y de pena. Deberías ponerlo afuera de cebo y esperar con la carabina y cuando venga el zorro, tomarían merecido desquite, tú y el pato.
Esa noche, Luís, se fue a dormir con las palabras de Ricardo dándole vueltas en la cabeza. Soñó con sus patos vivos y alegres. Se despertó a la una y siguiendo el impulso ancestral de la venganza, se desplazó en la oscuridad por la casa, tomó la carabina y sacó sigilosamente al pato, que casi ya no se movía. Lo dejó afuera y se apostó tras la leñera, con el arma bien cargada y lista. Nada pasó esa noche, ni la siguiente, solo ganó un tremendo cansancio por la velada y no podía concentrarse en la escuela.

La tercera noche estaba por desistir cuando escuchó que el pato dio un graznido y tambaleándose se incorporó. Luis tensó sus músculos y apuntó al lugar donde el pato rompía la oscuridad con su poderosa visión. El zorro apareció en la claridad de la luna llena, el pato tambaleándose se le fue encima, el zorro sabedor de la debilidad de su adversario le dio un zarpazo que lo arrojó al suelo. Al mismo tiempo sonó el disparo, el zorro se contorsionó, la bala le había dado, huyó cojeando y al tratar de pasar la acequia le faltaron las fuerzas, la herida se lo impedía. Luís llegó rápido, el zorro lo miró desde el fondo de la acequia gruñendo con furia. Sintió compasión, después de todo siempre había sido un muchacho noble que no le gustaba la pendencia. Un aleteo lo distrajo, el pato agonizaba, Luís, volteó hacia el zorro, levantó la carabina, apuntó, al zorro le faltaba unos centímetros para alcanzar la ribera y escapar la herida no era grave, bajó y levantó el arma dos veces y gritó: “¡vete ya, no fue tu culpa”!

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