Dios todavía tiene algo para ti en este mundo

A mi hija Gabriela

Esa mañana al terminar mi café un fuertísimo dolor abdominal me hizo doblarme hasta que caí de rodillas, no podía pararme. Estaba solo en casa, no trabajaba ese día. Mi esposa y mi hijo estaban trabajando y mi hija recién habría terminado su turno de madrugada como enfermera y se iría a su casa.

El dolor fue tan fuerte que caí al suelo y unas ganas de vomitar me embargaron, apelando a todas mis fuerzas llegué al baño y no vomité más que bilis. El celular, pensé, y ya no podía pararme, tuve que ir arrastrándome a buscarlo. Había estado escribiendo y no recordaba bien donde estaba el celular. No se puede pensar bien en momentos como ese, el dolor era ya continuo y en aumento y me hacía doblar como en posición fetal. Trataba de acordarme donde estaba el celular, las casas de los vecinos estaban cerca, pero sabía que estaban trabajando y gritar por ayuda no era una opción.

Ya no solo era el dolor, sino la desazón de saber que quizás no conseguiría ayuda a tiempo, apelé a todas mis fuerzas para tratar de recordar donde había dejado el celular, cuando sentí que se abría la puerta y mi hija entraba a despedirse antes de ir a su casa. Vi en su carita el reflejo de mi sufrimiento y solo atiné a decirle: emergencia. Y apoyado en ella llegué a su auto y me llevó al hospital local a solo cinco minutos que parecieron muchos más. En el hospital les rogué que me pusieran algo para el dolor, pero tenía que esperar los tramites de registración y chequeo previo antes de entrar a la sala. Cuando comencé a gritar ya sin la cohibición, tan propia en mí, empecé a marearme como si me fuera a desmayar, fue cuando recién me dieron morfina que no trabajó sino hasta la segunda ampolla.

Luego de la placa el diagnostico primario fue torsión intestinal, perforación y peritonitis, lo escuché claro y por mis conocimientos médicos sabía que estaba muy mal. Cuando de la nada apareció mi cirujano, el doctor Flaherty, que me había operado siete años atrás de un tumor canceroso, lo que se tradujo en la total remoción de mi estómago y gracias Dios y a él había sobrevivido, teniendo desde esa vez una serie colonoscopias anuales.

−Pablo aguanta, me parece que no hay perforación puede ser una torsión severa, de todas maneras, te operamos ahora mismo, firma este consentimiento.

− ¿Cómo está aquí doctor, este no es su hospital?

− Hoy estaba operando aqui y ya me iba, me llamó el doctor de turno al ver mi nombre en tu ficha, estaba aqui disponible y vine.

−Gracias doctor− le estreché la mano mientras una enfermera inyectaba algo en la línea de mi suero y una vez más caía en la profunda inconciencia de la anestesia.

En los últimos años ya perdí la cuenta de las veces que he sido anestesiado totalmente y cuantas otras he salido de ese periodo que no se puede decir que es como un sueño, pues no hay recuerdos de él, ni placenteros, ni pesadillas, nada, es el vacío total, como si apagáramos un interruptor de luz y luego después de un tiempo, que no se puede determinar, se encendiera abruptamente.

Como en las películas, comienzan a aparecer imágenes entrecortadas, la lucidez lucha por regresar a mi mente. Veo borrosamente dos figuras a ambos lados de mi cama que tratan de confortarme, escucho claramente que me dicen que todo va a salir bien, tranquilo y otra vez caigo en la inconciencia y se siguen repitiendo estos momentos, hasta que al final de no sé cuánto tiempo puedo distinguir los ojos cansados de mi hija tras una noche en vela.

Tengo una gran opresión en el pecho y al fin puedo reconocer que he sido intubado, al igual que los pacientes con Covid. Trato de alcanzar el tubo que sobresale de mi boca y recién caigo en cuenta que mis manos están amarradas a ambos lados de la cama y unas correas circundan mi cintura. No puedo hablar y me dicen que estoy en cuidados intensivos.

Al segundo día me suben a un cuarto y aparece el doctor Flaherty.

−Pablo se te ve bien, o si claro ese tubo espera, aguanta la respiración− y sin mediar más me extrae el tubo ¡que alivio por Dios! todavía me queda dos sondas nasales una para alimentarme y otra para extraer los exudados. Además, tengo dos sondas más una en la cavidad toráxica y otra en la cavidad abdominal.

−No tuviste perforación, pero si una seria torción intestinal, gracias a Dios se te ve bien y esperemos que salgas pronto−. Al día siguiente me saca las sondas nasales y me da mas ánimos. No puede haber muchas visitas por el Covid, pero mi hija que es enfermera se las ingenia para visitarme y animarme. Pienso que no fue en vano todas las horas que me desvele por ella. Mi esposa y mi hijo pueden visitarme, pero restringidamente.

Estoy en cuarto doble y me voy quedando más días, veo desfilar tres pacientes tambien operados pero que se van a los dos días y recién caigo en cuenta de la seriedad de mi operación, que no sentía mucho por la excelente y vocacional atención de esos ángeles de los hospitales que son las enfermeras.

Las primeras noches no puedo dormir más que esporádicamente por minutos, los exudados de la intubación de dos días siguen y seguirán por más de un mes. Me imagino el sufrimiento de las personas intubadas por Covid por un mes o más. Para el dolor no acepto los opioides, me dan analgésicos no esteroides y acetaminofén y con eso resuelvo.

No puedo comer y no lo podré hacer completamente por casi dos meses pierdo quince libras más sumadas a las cuarenta que ya había perdido el 2013 con la remoción del estómago. Me miro al espejo y no me reconozco. Intento rezar con más fuerza sin embargo un desanimo general me abate. Pero veo a mi hija y escucho sus palabras de aliento reprimiendo el llanto cuando me ayuda a asearme, y digo para mi ¡no, basta, animo! y poco a poco, grano a grano de comida voy comiendo algo más. Regreso a mi casa a los ocho días y no tengo las fuerzas para hacer casi nada, lo mínimo ir al baño caminar un poco cada día. Y poco a poco ir comiendo alguito más y no subo de peso

−Todo lo que comes será primero para sanar tus heridas sobre todo esa incisión de ocho pulgadas en el abdomen, ten paciencia ya subirás de peso− me dice la nutricionista y ya a los tres meses de la operación he recuperado diez libras cuesta arriba, pero mejorando ya caminé un poco más allá de la vuelta a la manzana y en plena nevada y he vuelto a manejar.

Mi doctor y varios amigos me repiten lo mismo, Pablo, Dios todavía tiene algo para ti en este mundo, ve que es.

Y me levanto a diario rezando y viendo la vida con otra perspectiva, vuelvo al teclado, limpio y arreglo mi escritorio. Lo único que había escrito hasta ahora es comentarios en las redes sociales en esta cruenta Guerra Cultural desatada en los medios entre el Progresismo y las personas de buena voluntad.  Hay mucha gente que le gusta los cuentos que escribo, pues manos al teclado y adelante.

Nota del escritor: Inicié este blog en agosto del 2020 donde publiqué los 70 cuentos que he escrito desde el 2009. Y prometí de allí en adelante escribir por lo menos un cuento al mes. De octubre a diciembre estuve física y anímicamente mal. Ya más recuperado escribí uno en enero y este de febrero que es un híbrido entre el cuento y la crónica en el que se explica mi ausencia de tres meses. Lo publico ahora, ya mucho mejor del cuerpo y del alma.

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