Decisiones (segunda parte)

– ¿Qué pasó Carlos? –preguntó a un compañero que caminaba cabizbajo.
– ¡Una tragedia hermano! Los terrucos atacaron las estaciones Ivita en Puno y Huancayo. En Puno destruyeron la estación, mataron a las vicuñas y saquearon todo. 
– ¡Desgraciados, malditos!
–Eso no es lo peor Daniel, ¡degollaron a los empleados y empalaron al veterinario a cargo! ¡A Miguel Quijana, nuestro compañero que estaba haciendo su tesis! En Huancayo no pudieron destrozar mucho porque los soldados llegaron a tiempo.
Daniel no escucha ya las últimas palabras de Carlos. Miguel Quijana era uno de sus mejores amigos. Pertenecía a su grupo llamado los Siete del patíbulo, por lo de la conocida película. Se sentó en una banca cercana, consternado y sintiendo que una desolación profunda lo invadía.
– ¡Miguel, carajo! Un ícono de la facultad, emprendedor, tan humano con todo el mundo, conciliador en el centro federado, el eslabón de concordia entre los conservadores y los liberales, e incluso los revolucionarios -continuó Carlos.
Daniel obnubilado, pasaba por su mente escenas de Miguel en la Facultad, en las prácticas de provincias, los bares y billares y enamorando a cuanta niña ingresaba a la facultad. Cuando lo levantaba del suelo al querer abandonar por falta de recursos, prestándole notas, consiguiéndole trabajos. Se acordó cuando fueron a atender a un puma que se estrangulaba con una soga atada al cuello. Era de unas personas adineradas en Monterrico y arriesgando sus vidas lograron salvar al animal. Miguel con valentía se expuso distrayendo a la fiera para que Daniel la pudiera anestesiar y, luego de la curación, serio pero calmado exigió a los dueños que entregaran el puma al Parque de las Leyendas o llamaría a la Policía.

– ¡No es justo! Un muchacho que prometía tanto, iba a ser un líder de nuestro país, eso decían todos –continuaba Carlos.
– ¡Jijunagranputas! ¡Malditos carajo, malditos sean! –bramó Daniel.
–Eso, hermano, desfógate, o la pena nos va a joder la mente y el corazón.
Daniel se paró y se dirigió a la salida de la facultad como un autómata. Carlos trató de hablarle pero Daniel lo empujó y salió de la facultad. Cruzó la Vía de Evitamiento sin mirar a los lados. Afortunadamente la pasó y se perdió de vista rumbo al hipódromo de Monterrico. En el camino entró a un improvisado bar-restaurante de maderas y techo de esteras, entre las rutas al sur y a la Molina. Se sentó en una raquítica mesa cubierta por un mantel de plástico en el que a duras penas se distinguían dibujos de frutas y vegetales. Comenzó a pedir cerveza tras cerveza con la mirada pérdida, ajeno a los parroquianos que en las mesas contiguas se encontraban bebiendo cerveza o comiendo el menú. De vez en cuando pasaban a su lado niños descalzos persiguiendo a famélicos gatos y perros; ellos una multitud de moscas y los parroquianos parecían orbitar alrededor de la mujer que cocinaba y el hombre que hacía de mozo. A la cuarta botella de a litro se levantó, pagó y salió. Paró un taxi y regresó a la Facultad. Buscó a Carlos.
– ¡Carajo!–dijo éste –pensé que ibas hacer una locura.
–Vamos a tu casa, tú vives a la vuelta– dijo Daniel hablando desaforadamente bajo el efecto del alcohol. Necesito bañarme, préstame una ropa decente y si puedes habilítame unos soles tengo que comprar un anillo, me caso, acompáñame, vas a ser mi testigo.
Carlos abrumado por tantos pedidos no respondió, lo acompañó y satisfizo sus deseos. Al promediar la tarde iban en un taxi rumbo a Santa Rosa. 
Daniel arrodillado ofrecía el anillo a Beatriz ante la emocionada mirada de sus familiares. Se casaron por lo civil a los dos meses, en la municipalidad de Lima. Y luego en la iglesia de su barrio. La luna de miel en la cercana ciudad de Ica fue tan rápida como apasionada. De la que les quedó una anécdota, pues llegaron en medio de una convención de médicos y otra de abogados que habían ocupado todos los hoteles de la ciudad. Peregrinando de hotel en hotel escuchaban siempre la misma respuesta: no hay habitaciones. Hubieran tenido que pernoctar en la sala de recepción de alguno de ellos sino fuera por un chiquillo de unos trece años:

–Patroncito conozco de un cuarto en el hotel Jacaranda, si esta interesado.
Sin más trámite lo siguieron hasta la recepción donde dos empleados revisaban atareados las fichas de los huéspedes: “Solo me queda un cuarto señor y es de cinco camas, entiendo que es su luna de miel pero no hay otro, lo toma o lo deja”.
Se instalaron en el amplio cuarto. De allí salieron al día siguiente a visitar las famosas Líneas de Nazca.

El día que regresaban acostado y rodeado de las cuatro camas vacías, Daniel musitaba a los oídos de Beatriz: “Te repito amor, con la visa de residencia podré pedirte en dos años o menos, los abogados se la saben todas. Tenemos que irnos a comenzar en un nuevo sitio. Mi viejo tenía razón ya todo se jodió”. Ella lo abrazaba tiernamente, estaba segura, lo amaba y lo seguiría al fin del mundo si era preciso.
–Cuídate para mí –le dijo entonces, con una mirada en la que ya no podía caber más amor.
–Soy tuyo y tú eres mía, una sola carne, un solo espíritu. 
En cinco semanas más, arreglados los papeles en el consulado y tras haber dispuesto de su parco patrimonio, Daniel y su padre comenzaron a despedirse de todos. Una despedida larga y penosa. En especial para los recién casados que aprovecharon todo momento que pudieron para demostrarse su amor eterno. Los compañeros de Daniel se apenaron mucho, veían en él al heredero natural de Miguel. Él también era estudioso, jovial, representante estudiantil, claro hasta que se enamoró de Beatriz y todo su mundo fue para ella.
–Lo has pensado bien –le dijo Carlos a Daniel, un día que tomaban unas cervezas de despedida, los ahora llamados Seis del patíbulo.
–A lo mejor la visa para Beatriz no sale tan rápido como piensas –prosiguió Carlos – y te tiras cinco o más años esperándola, ¿de qué te va a valer el haberte casado?, si vas a estar lejos de ella los mejores años de tu vida.
–Saldrá, los abogados tienen salidas para todo y sino las inventan.
–También estás perdiendo todos estos años de estudio en los que has pasado con tanto sacrificio Anatomía, Histología, Fisiología, Patología, Operatoria y Diagnóstico. Estos no son tonteras, has dejado en esos cursos lo mejor de tu juventud, tan solo te falta la tesis.
–Estoy decidido, amigo–. Carlos calló y los demás cambiaron de tema y siguieron compartiendo como lo habían hecho a través de los casi siete años que se conocían.

El día de la partida fue muy triste. Beatriz lloraba y tardó en separarse de su esposo entre las salas de espera y la de embarque. Tras pasar unos controles, Daniel y su padre, llegaron a un mostrador donde dos policías de aduanas vestidos de terno y corbata sellaban circunspectos los documentos.
– ¿Profesión? –preguntó uno de los policías. 
–Bachiller en Medicina Veterinaria.
– ¡Doctor, se nos va con visa de residencia! Ahora, que más necesitamos de profesionales que recuperen al país. ¿No es cierto Eduardo? –le dijo a su colega que asintió con una venia triste. El padre de Daniel los fulminó con la mirada.
–Pero no me haga caso doctor, todo el mundo se esta yendo, no lo culpo. 
Daniel si le había hecho caso, la idea le rondaba la cabeza desde el momento en que decidió viajar. Pero, como siempre, por su terquedad se negaba a escucharse así mismo. Se había quedado inmóvil, deteniendo la fila de pasajeros.
–Bien doctor, ¿se va o se queda? –dijo el policía en son de broma. 
– ¡Me quedo! –dijo Daniel con una seriedad total que hizo suspirar a su padre.
–Pero, ¡qué carajo te pasa muchacho! ¡Ya esta todo listo, pagado, nos han despedido acá, nos esperan allá! ¡Si dejas perder la visa no te la darán nunca más!
–Padre, usted sabe que viajo por cobarde, sabe que no soy así. Mi destino está aquí. Voy a terminar mi tesis, a graduarme. Alguien me dijo hace poco que era valiente y arriesgado. ¡Me la juego padre, por mi esposa, por mi patria!–. Su padre lo miró resignado, sabía de la inquebrantable terquedad de su hijo. Buscó las palabras más adecuadas en medio de su malestar.
–Sea pues, seguirás la sombra de un quizás, en vez de un porvenir seguro. Ya no podrás lamentarte de lo que pudo ser y no fue. Ya que no puedo hacer más, toma mi bendición hijo mío: ¡Qué Dios te acompañe siempre!–. Se abrazaron fuertemente ante los ojos asombrados de los policías y el público que habían oído sus razones. Luego, su padre se volteó y caminó hacia su avión, hacia su destino. 
Daniel salió agitado y pasó los controles de regreso escoltado por el policía. 
– ¡Doctor, mire bien lo que va a hacer, la gente mata por la visa que va a dejar pasar! ¡Recapacite!–. Daniel ya no escuchaba al policía, corría a la sala de espera.
Al salir vio a Beatriz que aguardaba el despegue del avión. Al verlo, la muchacha corrió a su encuentro, se besaron apasionadamente antes de hablar.
– ¿Qué pasa? ¿Por qué no estas en el avión? –dijo la joven.
–Me quedo, quizás no sea tan fácil como pensamos y pasen demasiados años para reunirnos ¡Me quedo a pelear por ti, por mi tierra, que son lo más bendito que tengo aparte de Dios! Claro, si me aceptas como soy, un pobre estudiante que ya se va graduar y que tras remontar este tenebroso presente aspire un brillante futuro que alcanzar.
– ¡Tú sabes que te sigo a donde quiera que vayas, y tu hijo también!
– ¿¡Qué!?
–Tengo el periodo atrasado tres semanas, me hice análisis, positivo.
– ¿Por qué no me lo dijiste?
–Sabía que te habrías quedado al enterarte, nunca seré un obstáculo para ti.
–¡Vamos, vamos amor mío! Estos han sido días de muchas decisiones.
Daniel abrazó a Beatriz y seguidos por familiares y amigos comenzaron a salir del aeropuerto abriéndose paso en medio de la multitud que despedía a los “afortunados” emigrantes.

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