Decisiones (primera parte)

El hombre empujó con violencia a la mujer y al caer ésta al suelo la comenzó a patear mientras la seguía insultando soezmente.
– ¡Puta… que te has creído, las órdenes las doy yo carajo!–. Estaba bien borracho y un hilo de saliva le colgaba hasta su casaca azul manchada de grasa. La gente que se encontraba en el paradero de Santa Rosa los miraba sin entrometerse. Eran las once de la noche y faltaba una hora para el toque de queda. Solo unas vendedoras de caramelos, que tenían las narices negras debido al hollín del tráfico, le gritaban de lejos: “¡No le pegues, desgraciado!”
– ¡Cállense mierdas! – vociferó el hombre, que vestía overol de mecánico, tendría treinta años, era alto y de complexión robusta. Al notar que la mujer, más joven que él, se quería incorporar reanudó las patadas. Dos niños abrazados lloraban a gritos.
Daniel que cargaba libros, cuadernos y un mandil blanquísimo fue el único que se acercó diciendo: “¡Déjela la va a matar, déjela!
– ¡¿Y tú quién chucha eres para hablarme?! ¡Ah! ¡Vas a ver carajo!–. Y se abalanzó sobre el joven que sólo atinó a dejar sus cosas en el suelo para poder defenderse. El borracho, ciego de ira, tropezó con los libros y se fue de bruces aparatosamente dándose un terrible golpe en la frente. Se movió un poco y luego se quedó tirado hablando incoherencias. La mujer se incorporó y seguida por los niños corrió hacia el borracho clamando: “¡Raúl, Raúl… háblame, háblame!”.

– ¡Callao-Lima! ¡Callao-Lima! – gritó el boletero del microbús que llegaba raudo al paradero.
– ¡Suba rápido! – le sugería la gente a Daniel, mientras le pasaban sus libros y el mandil que se había ensuciado. 
– ¡Pero está herido! –decía Daniel, aturdido. 
–Suba le van a echar el pato, usted no hizo nada, el bruto se cayó de lo ebrio que estaba– le dijo un hombre que también parecía mecánico.
– ¡Callao-Lima! ¡Callao-Lima! ¡Último carro! ¡Último carro! ¡No viene nadie atrás, si se quedan los cargan los cachacos!
El joven observó la escena una vez más, la mujer trataba de reanimar al hombre, los dos niños abrazados a ellos lloraban sin control. Abordó el microbús cuando éste ya arrancaba.
Todos los que subieron encontraron espacio en la parte trasera.
–No eres de por acá ¿eh flaquito? – le preguntó el mecánico a Daniel que se veía demacrado.
–No, soy del Cercado.
–Ya lo sabía, los blanquiñosos como tú no están acostumbrados a ver estos casos.
–No soy blanquiñoso, soy mestizo, como ustedes–. El mecánico se rió al igual que la mayoría de los que escuchaban.
–Ahora me vas a decir que eres provinciano también.
–No, nací aquí, pero mis padres son de Lambayeque y de Huánuco y vengo de visitar a mi novia que vive aquí en Santa Rosa y es de Iquitos.
– ¡Te manejas novia charapita! – dijo el mecánico abriendo bien los ojos.
–Toda la zona “C” de Santa Rosa es una colonia de la amazonía– terció uno de los acompañantes del mecánico.
–De todas maneras, digas lo que digas, lo blanquiñoso se te ve en la piel, en la manera de hablar y moverte. Hasta tienes un mandil, ¿eres médico? – insistió el mecánico.
–Soy estudiante de Medicina Veterinaria.
– ¿Tengo o no tengo razón? Es un blanquiñoso. 
– ¡Sí!– dijeron sus compañeros y traspasaron con la mirada a Daniel.
– ¿Por qué hablan así, con ese rencor? 
–Los blanquitos son responsables de todas las desgracias de este país – sentenció el mecánico.
–Hablas como si hubiera dos países dentro del Perú, todos somos peruanos.
–En teoría, amigo, en teoría, en la práctica si hay dos países, los de arriba y los de abajo, sino por qué crees que los terrucos han encontrado tanto apoyo. Los de abajo, que somos la mayoría, apenas conseguimos para sobrevivir y los de arriba que son unos cuantos, los blanquitos, viven como reyes.
– ¿Eres terrorista? – dijo Daniel sin pensar.
–Ya no se sabe quién es quién, blanquito.
La conversación cesó por completo, sólo se oía el rugir del escape roto del microbús y su constante bamboleo cada vez que pasaba un bache. También la música de la radio, que escuchaba bajita el chofer, se filtró ahora hasta la parte trasera, cantaba Roberto Carlos… “el gato que está triste y azul, no va a volver a casa sino estás tú”…
A través de las ventanas Daniel observaba las tenues luces de la Avenida Vipol. Las casas asimétricas desfilaban interminables ante sus ojos, veía pasar también a las tanquetas y camiones llenos de soldados con sus fusiles que iban a apostarse en los lugares estratégicos de la ciudad. Promediaba la década de los ochenta la más cruenta de que se tenga noticia.
Los que subieron en Santa Rosa bajaron en el Parque Universitario, a excepción de Daniel que vivía en la parte del Cercado que colindaba con Bellavista. Antes de bajar el mecánico le dijo a Daniel: “Quizás después de todo no seas un blanquiñoso completo. Al menos tuviste los huevos de pararte enfrente de ese energúmeno que te doblaba en fuerza y la osadía de preguntarme si era terruco. Te la jugaste a cara o sello, las dos veces”. Daniel no respondió lo observaba fijamente sin bajarle la mirada.
–Un blanquiñoso valiente ¡carajo! En verdad ya no se sabe quién es quién en estos días -dijo el mecánico y bajó cuando el microbús arrancaba.

Daniel bajó en el restaurante de pollos a la brasa El Paso en la avenida Colonial y corrió por las calles desiertas. Ya casi era el toque de queda y nadie quería ser interceptado y detenido por los soldados. Cuando estaba por el quinto piso de su edificio, observó a lo lejos el centro de la ciudad con su cerro tutelar, San Cristóbal, que estaba coronado por una inmensa cruz iluminada. 
De pronto escuchó unas explosiones lejanas y vio como las luces de la ciudad se iban apagando por sectores, progresivamente como los bombillos de un árbol de navidad gigantesco, hasta quedar la ciudad en completa tinieblas. Casi inmediatamente se escucho el tableteo de fusiles que resaltaban increíblemente en el silencio de la ciudad. Luego incrementaron el desconcierto el ulular de sirenas de policías, ambulancias y bomberos. En la oscuridad buscaba su llave, cuando se abrió la puerta. 
– ¡Hijo! menos mal que estás… 
No hubo tiempo de hablar más. Vieron una luz, como de un enorme flash y casi instantáneamente escucharon la detonación. El edificio se remeció y algunos cristales volaron hechos pedazos. Conmocionados y con los oídos zumbándoles fueron hacia la sala y a través de la ventana vieron al Banco de Crédito, al otro lado de la calle, que escupía humo y llamas por sus puertas y ventanas.
Afortunadamente las ventanas de Daniel estaban intactas. Las cerraron, Daniel buscó una vela en la oscuridad. Con la mortecina luz producida se sentaron en el sofá, hablaban bajito, aún conmovidos, calmándose, dándose ánimo.
–Hijo, esto ya es demasiado, voy a aceptar la visa de residente en los Estados Unidos que nos han conseguido tu madre y tus hermanos. Tú también la tienes, no la dejes perder, vendamos todo, ¡vámonos!
–Viejo ya sabes mi respuesta, me quedo, no podemos salir todos corriendo, ya se han ido demasiados. El Perú es ahora un país de emigrantes, alguien tiene que quedarse, se debe reconstruir el país.
– ¡Con estos hijos de perra que matan y destruyen todos los días! No seas iluso hijo, ya no hay salida, todo se jodió.
– ¡Hay salida viejo! ¡El Perú es más grande que todas sus miserias!
El padre no respondió, conocía la terquedad de su hijo, se quedó mirando la llama de la vela que chisporroteaba y la cera que comenzaba a resbalar hacia el platillo de metal. A lo lejos se escuchaban algunos disparos y más sirenas. Daniel se paró a preparar un té y encendió la cocina de queroseno mientras pensaba: “No es eléctrica ni de gas, blanquiñoso rico, ¡ja!, mecánico necio, si supiera que vivimos al día y que hago un esfuerzo sobrehumano para terminar mis estudios”.

Bebieron en silencio, Daniel se despidió de su padre y se fue a acostar, antes de echarse en su cama vio a la luz difusa de la vela la fotografía de su familia que tenía en su mesa de noche, cuando él era pequeño. En su niñez y adolescencia no existió el terror y los días trascurrían en armonía en su familia, en su barrio, en su ciudad, en su país. Su temprana juventud la vivió paralela con los convulsivos cambios que fueron deteriorando al país. Idealista desde niño pensaba que el Perú y su ciudad, Lima, saldrían adelante venciendo al terror. Incluso le puso un apodo optimista a su ciudad, “Lima la Indestructible”, para darle la contra a tantos apodos despectivos que ya tenía.
Salió temprano al día siguiente, el ómnibus demoraba una hora hasta su facultad en Salamanca. Mientras esperaba en el paradero ojeó los periódicos. Además de los consabidos reportes de bombas, daños, muertos, heridos y detenidos de la noche pasada, le llamó la atención un titular en la Última Hora: “Buitre entibia Gil”. En la foto del artículo pudo ver asombrado a la mujer que había defendido la noche anterior abrazada a sus dos pequeños, mientras observaba en la cama del hospital al abusador que tenía la cabeza llena de vendajes.
Leyó ávido la noticia: “…según pudo averiguar nuestro reportero, por fuentes fidedignas, el malhechor es el violador en serie que merodea en la zona. Éste atacó a mansalva a la joven madre de familia que estaba en compañía de sus dos pequeños hijos. El compañero de ésta, que llegaba providencialmente repelió la agresión, pero fue golpeado salvajemente en la cabeza por el criminal que se dio a la fuga… La policía ya tiene la descripción del maleante: Un sujeto azambado, alto y fornido”. 
-Pucha –pensó Daniel– si me quedaba de verdad que iba a pagar el pato. 
También vio otra nota y una foto de unos terroristas capturados en un fallido intento de colocar bombas en el Ministerio de Economía. Reconoció al mecánico de la noche anterior. “Mecánico necio –reflexionó – inteligente pero necio, se fregó”.

Subió al micro y consiguió asiento, llegó dormitando a la Universidad. Desde que vio la bandera a media asta comprendió que algo grave pasaba. Apuró el paso y se asombró de ver que nadie estaba en clases y toda la facultad deambulaba en grupos por el campus. Todos estaban serios, y veía que todas las chicas lloraban y los hombres estaban sombríos, algunos lloraban también.
(Continuara…)

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