Algo definitivo

No supo precisar si se decidió antes o después del beso. Lo cierto es que no pudo evitar atraerla hacia él con desesperada pasión, que se había ido acumulando a través de tantas conversaciones dispersas, aparentemente triviales y que habían ido forjando ese idilio tan imposible, y sin embargo ahí estaba, al alcance de la mano. Esteban hizo un esfuerzo supremo de la voluntad para no seguir adelante. Le temblaba la quijada al ver los ojos cerrados de Marlene, su pelo suelto exultante, su cuerpo hecho para el abrazo desaforado. Dio un paso atrás tratando de apartar con la mano ese visible fantasma que los separaba, esa conspicua conciencia que se materializaba más fuerte que el deseo, que lo frenaba al borde de la lujuria.

Ella comprendió y regresó a la oficina, había forzado la situación al máximo y sabía que él vendría, ya mismo, quizás ese día o a la semana siguiente, ella sabría esperar. Esteban bajó los diez pisos desde su oficina hasta la calle. El portero le preguntó si quería un taxi, el pasó casi sin mirarlo, sin hablarle, solo hizo un simple gesto, como si quisiera abrirse paso, escapar como si el edificio estuviera lleno de humo, necesitaba llegar a la calle, necesitaba aire.

Corrió hacia el parque de la plaza y se perdió en el laberinto de sus pasajes y jardines, el verdor de los arboles y lo soleado del día lo recuperó un poco. Llamó desde su teléfono celular a la oficina, que tuvo que salir a una negociación importante, que prosiguieran sin él. Ya lo había hecho antes, ellos comprenderían.

Para algo era su mejor agente publicitario, de él habían salido las ideas que produjeron varias decenas de miles de dólares y que habían catapultado a la pequeña agencia al estatus de mediana empresa. Los dueños orgullosos lo mostraban a sus empleados como modelo. Esto generó una ola de admiración y otra de envidia que lo llenaba de luces y sombras. En su casa, antes, mucho antes, su esposa Giuliana y sus tres hijos lo esperaban siempre entrañablemente. 

Cabe aquí resaltar que la vida estresante de su trabajo le fue guillotinando paulatinamente el tiempo que compartía con su esposa y sus tres pequeños hijos. También cabe decir que los comentarios, indiscretamente infundados, de las supuestas amistades habían ido resquebrajando silenciosamente la feliz unión. 

Hacía mucho que habían comenzado el día del primer grito, el primer portazo, la primera salida intempestiva de Esteban a la calle al sentirse herido en su confianza. Los niños lo veían todo y absorbían como esponjas, el veneno mortal que comenzaba a destilar el hogar. Hasta que la primera reconciliación puso los paliativos, pero no la cura y así siguieron subsiguientemente la segunda, la tercera, la cuarta… la octava reconciliación…y así.

Ernesto comenzó a comentar a Marlene, agente de ventas de la empresa, poco a poco, como quien no quiere la cosa, el motivo de su cara cansada, de sus hondos suspiros, hasta que ésta alcanzó la posición de confidente. Llegó a saber toda su vida, sus manías, deseos y frustraciones. El resto lo agregaron las circunstancias. Ese día la pelea hogareña tomó gigantescas proporciones y los gritos remecieron hasta sus cimientos el otrora dulce hogar.

Y ahora Esteban deambulaba por su distrito sin entender por qué no cogía lo que naturalmente se le brindaba. Era lo lógico, el hogar casi desecho y ese bálsamo de Marlene, tan al alcance de la garganta sedienta de algo de amor, de paz. Regresó a su oficina, pero no regresó a su casa. 

Pasó el tiempo, Esteban trataba de pensar, de creer que se estaba reconstruyendo un camino que reemplazaba al que había dejado abandonado, destruido. Si bien todo apuntaba a eso, la desolación en el rostro de Giuliana y de sus tres hijos que enfrentaba cada dos semanas, fue minando toda su seguridad, el aparente aplomo con que desafiaba al mundo.

Los principios, esos teóricos consejos con los que fue criado y que creía ya superados, sumados a un sentimiento más fuerte que él, lo llevaron de la mano a los remordimientos. Y estos a la desolación.

No pudo precisar cuándo, pero un día durmió solo unas tres horas, al siguiente una y en los siguientes no pudo conciliar el sueño por más que lo intentase. Paralelamente dejó de comer, él, tan afecto a la buena mesa, perdía peso y la ecuanimidad a pasos agigantados.

Inevitablemente dejó de producir para su empresa, que trató de hacer lo mejor por él enviándolo a un especialista. El médico le diagnosticó una depresión galopante y un largo periodo de recuperación.

La Compañía y Marlene comenzaron a apartarlo lentamente. Sus exagerados gestos excéntricos y el solo poder dormir con narcóticos lo dejaron en la soledad. El tiempo pasaba y no mejoraba.

Cambió de médico, gastando poco a poco sus ahorros. Este lo evaluó y le recetó una pastilla que no bien ingerida hizo que se fuera de cara contra la mesa, en la que trataba de comer un frugal desayuno. Y allí quedó solo, por algunas horas, pero no desmayado, durante todo ese tiempo él tuvo conciencia de su cara aplastando un sándwich y con la aterradora sensación de no poder mover un solo músculo.

Cuando recobró el uso de sus movimientos lo primero que hizo fue botar a la basura todas las medicinas que le habían dado.

Tirado en su cama sin poder descansar, recordó su niñez cuando sus padres aún vivían, sus años de colegio, sus visitas a la iglesia. Trató de rezar, pero hacía tanto tiempo de eso, que no pudo recordar una sola oración completa. Solo pudo articular un “¡Dios mío, ayúdame!”, antes de tomar su pastilla, la única que conservaba para poder dormir, y que lo noqueaba al instante.

Desde que dejó de dormir naturalmente, también dejó de soñar. El último sueño que registraba su memoria era el de unos niños que desfilaban tocando unos tambores ¿qué significaría?

Pero esta vez si soñó, se vio en su colegio, pequeño, angustiado y llorando. Acababa de perder todos sus libros, que pertenecían al colegio, apostándolos en un juego, estaba sentado solo y en el suelo. Vio que se le acercaba su mejor amigo, le daba la mano, lo levantaba y lo llevaba al aula diciéndole: “Tienes que enfrentar lo que has hecho, es lo mejor”. Despertó sobresaltado fue un sueño corto, pero revelador.

Venciendo toda reticencia fue a visitar a Carlos, un amigo de la infancia, que ahora era un prestigioso doctor. Esteban se había borrado del mundo y trataba de que el menor número de personas se enteraran de su mal. Hacía tiempo que había dejado de ver a su esposa e hijos, ésta lo atribuía a la poderosa atracción de Marlene, no sabía de la gravedad del mal que estaba destruyendo a su esposo.

–¡Esteban, qué sorpresa, después de tantos años! ¡Pero qué cara traes!, con las justas te he reconocido.

–Hermano ayúdame estoy fregado y me estoy acabando.

Esteban contó todo a su amigo, que lo escuchó sobándose esporádicamente el mentón y con una mirada atenta y compasiva tras sus delgados espejuelos. Trataba de interpretar a su amigo que hablaba desaforadamente como si le hubieran abierto una válvula de escape y todo el dolor acumulado en su espíritu salía a un instante.

–Mira hermano, cuando botaste las medicinas a la basura hiciste algo bueno, no necesitabas muchas de ellas, pero entre estas se fue la que te va a curar.

–¿Cuál?

El fármaco…, es el nombre comercial de un neurotransmisor químico, la serotonina, que todos tenemos naturalmente en nuestro organismo, pero que por alguna razón desaparece en las personas con depresión. Estaba bien indicado para tu enfermedad, pero en lo que se equivocaron fue en la dosis, muy baja para tu condición. Toma esta nueva receta y dentro de un tiempo, cuando ya te normalices, tu cuerpo mismo te indicará que dejes de tomarla.

Al mismo tiempo le consiguió cita con una terapista que lo ayudó a reencontrase consigo mismo y con la humanidad. Pues, por mucho tiempo vivió como escapando, teniendo un gran miedo para desenvolverse en público.

Carlos hizo algo más por Esteban. Sin que este lo supiera visitó a Giuliana y le contó los pormenores del infierno que atravesaba su amigo.

–Gracias doctor, pero la herida que él me causó es definitiva, no se puede volver en el tiempo. Ahora si me permite…

–Carlos se levantó y antes de salir agregó: “Señora Giuliana lo único definitivo es el amor, muchos dicen que es la muerte, pero es el amor, piénselo”– y salió sin esperar respuesta.

Esteban que ya podía dormir sin la pastilla que lo noqueaba, se había levantado ese jueves con un optimismo naciente, cuando escuchó que llamaban a la puerta. Abrió sin preguntar y anonadado vio a sus tres hijos y a Giuliana que lo miraban apremiadamente. Pasaron unos segundos eternos y luego sin mediar palabra los cinco se estrecharon en un abrazo incondicional.

Al día siguiente Esteban fue a agradecer a Carlos por su gesto de doctor y amigo.

–Tuviste suerte de salir de esta, Esteban, generalmente en casos como el tuyo no se dan todas las condiciones para sanar completamente. No deberían ocurrir estas situaciones.

–Si amigo no deberían ocurrir, estuve caminando por hondos y oscuros valles, creo que ya veo luz al final del túnel.

–Afortunadamente, y ¿qué vas a hacer este fin de semana?

–¿Sabes? tengo que saldar una cuenta muy antigua…– y esbozando una sonrisa en su convaleciente rostro añadió –… voy a ir a misa este domingo.

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *