A su imagen y semejanza

Cuando despertó notó través de las cortinas que el día ya estaba avanzado, el despertador no había sonado. Vio el reloj, solo tenía treinta minutos. Se incorporó como un resorte, se dio el duchazo más rápido de su vida, se afeitó y se cortó dos veces, se vistió como pudo. Cogió su portafolio y salió a la carrera. No bien llegó a su auto vio que le habían puesto el cepo a uno de sus neumáticos. La noche anterior rendido por el cansancio se había olvidado de poner el letrero que le permitía estacionarse en esa parte de la calle.

Tenía que estar en veinte minutos en la Universidad de Arizona para dar una conferencia sobre Historia Universal. Ya no podía avisar a nadie para que lo llevara, divisó un autobús. Sin pensar lo tomó, lo dejaría a tres cuadras de la Universidad y aunque no iría a la velocidad que él hubiera deseado, era mejor moverse que no hacer nada.

Bajó del bus, le quedaban cinco minutos, corrió rápido todavía podría hacer una entrada decorosa. Cuando le faltaban una cuadra salieron tres hombres corriendo de una calle pequeña y lo pasaron, él siguió corriendo no tenía tiempo de averiguar que estaba sucediendo. 

No se dio cuenta del grupo de agentes que perseguían a los tres hombres hasta que sintió que le abrazaban de los pies y se iba de bruces contra el pavimento. Cuando recobró sus dispersa facultades se vio registrado por los agentes: “Tus documentos, rápido”. Alarmado reviso sus bolsillos, no los portaba, en la prisa que tuvo al salir los había olvidado.

–Los olvidé en casa, soy profesor de la Universidad de Arizona, ¿qué pasa, ustedes son policías de inmigración? ¿eh?¡yo soy ciudadano norteamericano de segunda generación!

– ¿Sí? entonces yo soy el tercer enanito de Blanca Nieves ¡Al auto ilegal, muévete!

–Ustedes no pueden hacer esto es contra la Constitución, déjenme, tengo una conferencia, trató de alejarse y dos robustos agentes lo tiraron al suelo, él intentó forcejear y sintió una bota en su cuello.

Mientras trataba de no perder la respiración recordó en esos momentos las clases de Historia Universal que dictaba acerca de los regímenes totalitarios. Recordó cuando hablaba acerca de las botas de los dictadores, de las botas de Stalin, Franco, Hitler, Pinochet, Mao Zedong, Videla, Pol Pot, Trujillo y otros. Angustiado no podía creer que la bota que lo apretaba inmisericorde era la bota de una nación democrática, ¡de su país!, del que él tanto se ufanaba. Incapaz de defenderse empezaba a desvanecerse cuando sintió que lo levantaban y a rastras lo llevaban a un vehículo, donde lo metieron en vilo.

Estaba esposado y de cara al suelo, de reojo observó que llevaban otro detenido, uno de los tres hombres que habían pasado corriendo junto a él. El vehículo arrancó rápido y el se sumergió en una cólera sorda y un rencor cálido. No podía y no querría creer lo que estaba pasando. Pensaba que eso nunca le iba a pasar a él y allí estaba observando al otro prisionero. Se fijo en que los dos tenían el mismo color de piel solo que la del otro estaba más curtida por el sol, las manos mas encallecidas por el trabajo recio, fuera de eso eran iguales. Lo único que los diferenciaba era su ropa quizás un poco más suntuosa que la del otro detenido, que tenía la cara herida de varios rasguños y golpes provenientes de su detención.

Los bajaron e introdujeron a un edificio cercado, los despojaron de sus ropas y les suministraron unos uniformes anaranjados, les esposaron también los pies. Todo el tiempo, el profesor trato de hacer valer sus derechos, pero no lo tomaban en cuenta y fue introducido con violencia a una celda junto con el otro detenido. 

–Soy el profesor Juan Rodríguez de la Universidad de Arizona aquí en Tucson ¿y usted señor?

No obtuvo respuesta, el hombre de unos treinta años se había sentado en una esquina de la pequeña celda y lo miraba desconfiado. El profesor notó que un ligero tremor le recorría todo el cuerpo. Habrían pasado una hora cuando los sacaron y les tomaron las huellas dactilares y los fotografiaron para luego devolverlos a la celda que no tenía ninguna ventana. Una luz fluorescente mortecina los envolvía. El profesor se dio cuenta que los observaban siempre por una cámara ubicada en el techo.

Estuvieron un largo rato sin hablar y luego el profesor trató otra vez de romper el hielo, pero sin resultados. Rápidamente dedujo que el hombre pensaba que él era un agente infiltrado que buscaba sonsacarle información.

–Amigo no soy un espía, sépalo bien, estoy detenido injustamente y si usted no quiere conversar conmigo, hablaré de todas maneras, así al menos me desfogo de este inmenso vejamen al que he sido sometido. Lo único que sé es que estaba corriendo a una conferencia cuando usted y sus acompañantes me pasaron a la carrera y luego me vi tumbado en el suelo y pese a mis protestas de que me había olvidado mis documentos en mi casa no me creyeron y aquí estoy.

El hombre lo miró y el profesor sintió por primera vez que lo observaba ya sin tanta desconfianza.

–Esta es una total anulación del estado de derecho –prosiguió el profesor–. En mis clases enseñaba los derechos constitucionales de mi país y me sentía orgulloso de su funcionamiento sobre todo al compararlo con la falta de libertades en muchas otras latitudes. ¡Y ahora estoy aquí preso y sin poder demostrar mi inocencia! ¿y ni siquiera sé de qué se me acusa? ¿de no portar documentos en mi país, en mi estado?¡detenido a una cuadra de mi facultad! Humillado he sido sin compasión. Seguro que piensan que soy ilegal, y disculpe si lo es usted, pero aun así usted tiene derechos, no tuvieron por qué dejarlo tan golpeado. La Constitución pone ante todo el derecho al respeto de la dignidad humana, y yo lo enseñaba ¿sabe? Este golpe ha remecido todos los cimientos de mi fe en la democracia ¡Y yo apoyaba la nueva ley de la Gobernadora! Pues juzgaba que era conveniente para el estado ya que el gobierno federal no legislaba la inmigración. Y ahora heme aquí privado de mi libertad, por la ley que yo favorecía, qué ironía ¡eh! yo que enseñaba acerca los derechos constitucionales democráticos de nuestra nación; los derechos humanos universales; la igualdad de todas las personas. ¡Eufemismos en papel son ahora para mí!, ya sé en carne propia lo que deben sentir los miles de ilegales detenidos…

–…que venimos –rompió el silencio el detenido– en una inmensa mayoría a trabajar por nuestras familias. En este país lo intentamos, al no poder obtener el sustento en el nuestro. Sé que hay malos elementos que cruzan la frontera, pero son la minoría y no caen tan fácil porque tienen el poder de corromper a las autoridades locales de allá y de aquí. Sé que es ilegal cruzar la frontera, pero la necesidad es más fuerte que el miedo. Todos los que nos atacan, incluso hermanos de raza harían lo mismo si vieran a sus hijos diezmarse de hambre y enfermedad, no profesor, no hay otra salida, es mejor intentar esto a ver sufrir a los tuyos. Hay que cruzar y tratar de enviar dinero, aunque se juegue en el intento, la vida misma. Me llamo José Pérez, para servirlo a Usted.

–Sí José –acotó el profesor– es la xenofobia, el temor al extranjero. Ha existido en todas las culturas al verse rebasadas por una raza que llegaba a sus territorios y que crece y prospera.

–Usted profesor ha hablado muy bonito de hechos históricos, de constituciones, de dictadores y de derechos humanos. Pero yo he aprendido de mis padres y ellos de los suyos y así por generaciones de una frase grande, que ha existido en la historia de la humanidad desde sus orígenes: “…los hizo hombre y mujer, a su imagen y semejanza, para que pueblen este mundo y vivan como hermanos…”.

El profesor asombrado no respondió y se quedó mirando el piso. Luego de unos minutos José notó que una lágrima resbalaba imprudente por la mejilla del catedrático.

Les dieron una manta y un refrigerio que parecía que habían sido fideos. No les dieron más explicaciones y así pasaron la noche o al menos lo supusieron pues no tenían manera de ver el cielo.

Cuando sería el amanecer sintieron un inmenso barullo. Un hombre vestido con un fino traje, camisa blanquísima, corbata y que portaba un portafolio llegaba acompañado del jefe de la Cátedra de Historia de la Universidad. Se les notaba altamente enfadados. 

– Soy el abogado Smith y represento al Profesor Rodríguez. ¡Exijo que se lo ponga en libertad inmediatamente! ¡Varios alumnos han denunciado que lo detuvieron injustamente! ¡Se ha cometido un inmenso ultraje! ¡Acá tienen la orden judicial!

Los guardas soltaron a Juan que de inmediato regresó y a través de los barrotes estrechó la mano de José.

– ¡Esté seguro de que regresaré por usted José! ¡Hallaré la manera de ayudarlo!

−Lo más seguro es que ya no me encuentre aquí, profesor, más bien utilice la lección que ha aprendido en la clase de hoy. Aún quedan más de doce millones de hermanos como yo que vivimos en la marginalidad, usted ya sabe del miedo que sentimos, ¡ayúdenos! Los guardas los separaron y Juan siguió a la comitiva. Antes de cruzar la puerta del recinto volteó y vio a José que aferrado a los barrotes se despedía de él.

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