Mensaje cifrado

Los cirios estaban prendidos en capilla ardiente, ya la gente había desfilado frente al ataúd y llenaban la casa tomando café o libando licor. Desde que llegué me había sentado en un rincón. Tenía el morboso deseo de ver y escuchar a las personas que venían a dar el último adiós a mi mejor amigo, Emilio, al que le había editado ya tres libros que habían sido un éxito en corto tiempo.
Desde hacía unos meses había dejado en suspenso la publicación de su cuarta novela, cuando esta ya estaba casi lista y solo bastaban unos cortos arreglos. Al principio no me extrañó pues todo escritor tiene sus excentricidades, es algo propio de ellos. Pero cuando se hizo notorio el retraso lo visité y me pareció estar viendo a una persona distinta. Había perdido mucho peso y parecía haber envejecido de golpe. No me dio una explicación clara y razonable, solo vi su sufrimiento enorme y desgarrador. Pero intuí que era un problema familiar fuerte. Como siempre que enfrento estos hechos recomendé conversación, una ayuda neutral, lo de siempre, y me fui, pues sé que si uno se mete de lleno puede ser que empeore el daño. Por eso cuando al poco tiempo me llamó con una alegría que desbordaba el auricular del teléfono me felicité por mi acertado pronóstico. Me adelantó que terminaría la novela y me la enviaría en dos semanas y me dijo que había escrito su odisea en forma de cuento corto, pues en forma de novela sería muy melodramático y remarcó la palabra odisea como el núcleo del cuento. Le propuse leerlo para darle mi opinión. 
Con el trabajo inclemente de la editorial ya me había olvidado de ese incidente, cuando llamó Marcela para comunicarme entre gritos de dolor que Emilio había fallecido de un ataque al corazón: Habíamos tenido muchos problemas –me dijo– pero lo superamos y se veía feliz… no sé… algo que se acumuló en su mente y espíritu… no sé… –seguía gimiendo, quizás con remordimiento-.
Y ahora me encontraba en el velatorio. No había querido ver todavía a mi amigo y sentado observaba la escena. Cuando Marcela estuvo sola le pedí permiso para revisar la computadora de Emilio. Encontré el cuento, al último de los documentos, fechado el mismo día de su muerte, lo leí con reverencia:

Mensaje cifrado

“¿Cuándo comencé a sentir que ya no podría regresar? ¿Cuándo? ¿Cuándo fue que me aferré a lo poco que aún me quedaba y me di cuenta que también ya no era mío? ¿Cuándo pasó? ¡Y ni siquiera me di cuenta!

No lo sé a ciencia cierta, solo sé que me invadió una desesperación sorda al caer definitivamente en el hecho de que ya estaba sucediendo. Y a sabiendas de que era inútil resistirse al torrente inexorable que arrasaba mi existir, luché con todo lo que tenía. A la desesperación siguió un necio intento de querer detener el tiempo, como si este me fuera a hacer caso, e intenté incluso ir más allá y tratar de revertirlo, como si fuera tan fácil borrar lo existido.
Los siguientes días los viví sin vivirlos, solo el que ha descendido a tan colosales infiernos sabe lo que se siente, de otra manera las tibias palabras de consuelo no sirven para nada.
Los entornos se fueron difuminando, lentamente se apagó la melodía existencial, el frío golpeó inmisericorde los recuerdos de la piel, el sabor de lo dulce se extinguió y no percibí ya la fragancia de la vida.
Salí a la calle en busca de amigos y descubrí que no eran mis calles, ¿cuándo fue la última vez que en la calma del atardecer encontraba todas las respuestas? ¿Cuánto había pasado desde que creí que fue un error el haber intentado la travesía, pero dejando el recelo me había aventurado mar adentro por tantos y tantos años?
No encontraba pues dónde ir. Entonces me dejé llevar por los dioses de Ulises, sin rumbo y en un mar hechizado, rodeado de ciclópeos monstruos, de bastardos traidores y de pruebas sin sentido que buscaban probar lo improbable. Hubiera bastado con solo decir, con solo escuchar: he ahí tu perdón. Pero no se escuchó ni el murmullo de la paz, quizás apagado por el estruendo de los tambores del odio, tan fácil es la guerra. Entonces, atribulado y atónito, generalicé mi experiencia y deduje que quizás habría más Penélopes en otras costas tejiendo y esperando, ya no a los héroes sino a sus sombras destrozadas, que errantes sin descanso llevan el lastre de sus desdichas. Hay pues Itacas que esperan silentes el retorno de tú largo navegar o serán solo tierras de sirenas llevándote con su falso cantar a estrellar de nuevo tu navío en rocosos acantilados de desdichas plenas.
¡Qué sé yo, no soy adivino!, solo sufriente espectador y protagonista de esta Odisea falazmente adornada. Qué cosa más que probar ante el cielo y la tierra si todo ya lo di. 
Me borré del mundo. Quejumbroso mi espíritu socavaba los cuadrados espacios, todos ellos de lustrosos signos, tratando de ordenar su monocorde sentido y buscar que al menos me ayudaran a descifrar el misterio. Pues ellos son libres de expresar todo, ningún sentimiento les es desconocido, ninguna ciencia les limita, representan uno de los tres pilares de la semejanza humana a la divina, los otros dos estaban anulados y en cadenas para mí. Solo este pilar me quedaba, y a el me aferraba, mi última tabla de salvación; la oscuridad, la vorágine me cercaban y el raudo toque de los espacios cuadrados me reconfortaba, mi espíritu era libre.
El dolor de la ausencia golpeó al fin mi último bastión. Los espacios cuadrados dieron bravía lucha, héroes esforzados de tiempos modernos tratando de emular fieles argonautas, fueron cayendo uno a uno hasta que el último me empujó fuera del peligro antes de caer exánime. Estoy vivo, y me hubiera gustado sucumbir con ellos a estar ahora en esta soledad en medio del tumulto de millones de desconocidos. Sé que si me esfuerzo hallaré todavía colegas de mi espíritu con los cuales poder disparar nuestros anacrónicos arcos y sino salvar el pasado al menos sobrevivir al futuro, pero ya no quedan fuerzas. Mi navío llega al fin del mundo donde las aguas caen al infinito, donde naufragaron todos los anteriores marinos. Ya no sujeto el timón, se aproxima la cascada, el bramido de su caída universal me asombra, aderezó mis cabellos como los soldados de Leonidas para demostrar al menos valor ante la última jornada.
Pero el final es lento, como si la inmensa corriente se quedara suspendida un instante eterno, dándole tiempo a los desgraciados a saber que su fin es inminente y obligándolos a pensar todo lo que pudo ser y no fue. La peor lucha que se conoce es la que se realiza contra uno mismo. Y la tortura de esos momentos es insufrible, máxime si ya no se puede hacer nada. La conciencia se tritura igual al trigo en un molino de viento y es porque semejantes a hidalgo caballero manchego, estos hombres tienen conciencia de que han luchado por una meta inalcanzable, ¡y aun así siguieron!, sabedores del triste fin que les esperaba. Su destino no les pertenecía, pertenecía a otros. Esperaban inocentemente poder llegar al instante supremo y sobrevivir. Pero ahora, ante la realidad que sin piedad les abofetea el rostro, solo les queda el recuerdo de las batallas ganadas, y la visión de la cascada que se acerca lenta, impostergable y sádicamente.
Aún hay tiempo para divisar en la bruma del recuerdo la entrega, el coraje, la lealtad de uno mismo al dejar huella en este mundo, ¡carajo –se dice uno entonces– no todo fue en vano!
Pero de repente también observo rostros presentes y futuros que me llaman desde un pasado cierto, limpio y diáfano. Quédate Emilio hay mucho por hacer todavía –me dicen-. Anhelante mi corazón los observa. Desengancho un bote y abandono el navío que ya herido de muerte empieza a caer al abismo y remando con todo furor escapo de la fatal cascada. Regreso a la Isla de la Certidumbre, camino los caminos del recuerdo que llevan al futuro halagüeño. Abro una puerta y estoy en mi estudio.
Entonces me di cuenta que no estaba solo, nunca lo estaría, me persigné, abrí la ventana y todo un soleado mundo me recibió exultante. Escucho la voz de Marcela, continuare después…”. 

No soy de llorar, pero al terminar el último párrafo tenía los ojos húmedos, por lo que veo fueron solo instantes después de terminar de corregir este relato que Emilio cayó fulminado por el ataque masivo al corazón. Pensé que tanto daño puede crear la tribulación, su cuento era el grito de un incorregible romántico, desesperado ante una desgracia quizás irreparable. Releí el cuento un par de veces, conmoviéndome al encontrar cada vez más mensajes que descifraba a la luz de los hechos que sabía. Imprimí el relato y bajé al cuarto del velorio. Me dirigí de frente al ataúd, el cristal un poco empañado no fue obstáculo para reconocer al instante su inconfundible sonrisa, la muerte no pudo arrebatarle en el instante final la alegría que logró tras su odisea.

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